Hay una circunstancia política paradójica: las desventuras inmobiliarias y turísticas del jefe de gabinete encharcan al oficialismo mientras las encuestas testimonian una persistente caída de las expectativas públicas sobre el rumbo del gobierno y el crecimiento de la opinión desfavorable al Presidente; sin embargo, paralelamente, se manifiesta un rotundo éxito de Javier Milei. Ha conseguido que el conjunto del sistema político (la excepción la constituyen las expresiones marxistas y trotskistas) se deslice hacia el centro y la derecha.
Así como a principios de la década de 1970 el paisaje político argentino parecía superpoblado de pensamiento y utopías de izquierda (las palabras “revolucionario” o “intransigente” brillaban en los nombres de partidos y organizaciones juveniles) y nadie osaba definirse “de derecha”, hoy se observa un corrimiento generalizado hacia propuestas más apegadas al realismo. Se empieza a configurar un consenso sobre la necesidad de equilibrio fiscal, de integración económica al mundo, de consideración a las políticas de mercado.
En ese desplazamiento sería injusto no reconocer un mérito especial a la prédica presidencial. Más allá de sus rasgos hiperbólicos, la defensa sostenida de aquellos criterios por parte de Milei abrió una brecha para que pudieran expresarse tendencias que estaban retenidas y promovió expectativas e iniciativas de sectores empresarios que sintieron que se iniciaba un cambio y se abrían horizontes antes clausurados u obstruidos.
GRAN POLITICA Y RIESGO FACCIOSO
Tras más de dos años de gestión, Millei podría exhibir aquel consenso incipiente como un logro libertario. En los hechos, es lo que le ha dado gobernabilidad (junto con el salvador cheque de Trump y Scott Bessent en vísperas de la elección de medio término de octubre pasado). No obstante, lo que el mileísmo sospecha es que ese amuchamiento sobre el centroderecha del espectro representa una amenaza para la hegemonía partidaria que persigue. Hasta ahora se ha beneficiado por la polarización imaginaria contra el riesgo kuka, sólo competía en el espacio de centroderecha con vestigios anémicos del Pro que se mostraban predispuestos a cambiar de casaca.
Ahora, en cambio, la figura de Mauricio Macri se muestra con renacido vigor en los estudios demoscópicos, reestructura a sus fieles y figuras emblemáticas del círculo rojo como Paolo Rocca le sugieren que su fuerza compita en las presidenciales de 2027.
Lo que Rocca y otras figuras que han venido respaldando el rumbo general de Milei (pero tomando distancia de muchas de sus medidas económicas así como de su estilo enragé) probablemente ven es que la preocupación del Presidente y de su hermana Karina por priorizar el hegemonismo de la facción libertaria conspira contra la creación de una fuerza amplia de centroderecha, con capacidad de gestión, que podría mantener la línea de navegación iniciada por el gobierno pero dotándola de un mayor espíritu de convivencia y de sustentabilidad en el tiempo. Temen que el espíritu de facción libertario conduzca a vía muerta el sorprendente cambio de rumbo que se empezó a experimentar a partir del balotaje de 2023 y procuran que haya otras manos preparadas para enderezar el timón y estabilizar la marcha.
Se podría imaginar, en rigor, que la coalición del balotage de 2023 empieza a desagregarse y que al menos un sector que hubiera preferido que Patricia Bullrich y no Milei fuera el desafiante de Massa y terminó decantando su voto hacia el libertario, hoy se siente desapegado de aquella decisión y añora el balotaje que no fue. No carece de significado que en la cena que organizó el lunes 27 la Fundación Libertad, un encuentro anual del círculo rojo, Patricia Bullrich se acercara a Mauricio Macri para abrazarlo afectuosamente, un gesto diferenciado de la lejanía y reticencia que mostró el Presidente ante su antecesor en el cargo. La senadora conoce su público. Y trata de mostrarse como el fruto mejor destilado de aquel balotage (aunque ese esfuerzo por singularizarse despierte desconfianza en el aparato político del oficialismo).
LOS OTROS HUESPEDES
Por cierto, el ahora poblado hemisferio del centroderecha no se agota en los fragmentos descendientes del partido del balotaje de 2023; se incorporan corrientes parcial o plenamente ajenas a ese antecedente. Eso sí: la mayoría de ellas están apenas insinuando sus tejidos para 2027. Lo interesante es que la mayoría de ellas, sin descuidar sus propios armados, balconean y hasta dialogan y participan colaborativamente en los reagrupamientos vecinos, como si estuvieran edificando por separado lo que prevén pueda convertirse en una casa común.
En el centro de esa formación puede ubicarse la línea federal que orientan Miguel Pichetto, Emilio Monzó y Nicolás Massot: sus avanzadillas exploran la idea de construir una amplia coalición “de centro nacional”, abierta a distintas corrientes y candidatos que diriman fuerzas en el ámbito de las PASO, capaz de presentar una alternativa electoral a La Libertad Avanza que garantice continuidad a las líneas de integración al mundo, equilibrio fiscal y estabilidad monetaria, pero rectifique desequilibrios y encarrile la transición garantizando reglas de juego parejas a todas las regiones y sectores productivos.
En esa arquitectura, Pichetto parece ocupado principalmente por asociarse a sectores del peronismo (sin excluir a la detenida en San José 1111) para facilitar en su momento la mayor participación en una coalición posmileísta. En una perspectiva de polarización, que es la que los federales prevén, se impone el que más contenga.
Monzó trabaja la misma idea particularmente en los sectores de centro e imagina candidaturas atractivas que puedan sintetizar con su figura un programa capitalista de renovación y dimensiones federales. Que el nombre del banquero Jorge Brito haya empezado a circular como posible candidato (algo que el propio interesado declara desechar) no parece casual.
Del mismo modo, la producción virtual de candidatos ha circulado el nombre del pastor evangélico Dante Guebel (que, a diferencia de Brito, no ha dicho que no, sino “todavía no”). El predicador cuenta con un comité de promoción en el que participan disidentes del oficialismo y hasta dirigentes gremiales justicialistas. Si bien no se observan aún fuerzas significativas que estén detrás de la postulación (no se nota, por ejemplo, mayor compromiso por parte del influyente sector evangélico) el hecho de que Guebel sea recibido especialmente por dirigentes en provincias y que dos líderes de la CGT lo entrevisten, muestra que la elección de 2027 impulsa esfuerzos de caastin en diferentes direcciones.
EL DILEMA PERONISTA
En verdad el único candidato que por el momento parecería perfilarse de verdad como rival de Milei en 2027 es el gobernador bonaerense, Axel Kicillof. Él ha sido, si se quiere, el primero en postular un cambio de repertorio ideológico, cuando instó a ir por “nuevas canciones”más allá de “las canciones que sabemos todos”. Y algún significado tiene que recientemente haya publicado –en Clarín- un elogio de Adam Smith, el gurú del liberalismo clásico. Ha empezado a hacer los deberes, pero incluso él mismo, que hace un tiempo parecía apurado por mostrarse en el rol de candidato, hoy prefiere, sin dejar de trabajar con ese objetivo, tomarse tiempo antes de tirarse oficialmente a la pileta. Lógico: él también comprende que una candidatura sólida necesita el pedestal firme de una coalición. Que necesariamente tiene que ser más amplia que el peronismo pero que, en su caso, debe retener el apoyo de lo más relevante de su propia fuerza. No es un tejido simple: abarca desde las estructuras de la provincia que gobierna hasta –nada menos- Cristina Kirchner. Para que sus intenciones avancen necesitará ayuda.
En los hechos, la presencia peronista en el cuadrante del realismo de mercado no se agota con el intento de Kicillof. Desde el interior crece el nombre del sanjuanino Sergio Uñac. Joven, ex gobernador y figura de una de las provincias que –por sus reservas de cobre- atrae más inversión extranjera y aparece como uno de los polos de desarrollo del nuevo modelo (minería, energía, agroindustria). Uñac puede ser una figura pujante del interior en una interna justicialista en la que podría medirse con Kicilof, candidato del área metropolitana bonaerense. “Lo que está haciendo falta una nueva tonada”, bromeño Uñac sobre la frase de Kicilof referida a las nuevas canciones.
Para agregar a la lista de nuevos pobladores del centroderecha del espectro político hay que mencionar el encuentro que el primero de mayo congregó en Parque Norte a peronistas de distintos puntos del país impulsado por el jefe del PJ porteño, Juan Manuel Olmos bajo el lema ““El peronismo debate para una alternativa nacional”. Un armador de primera categoría, Olmos avisó a los principales cuadros de su fuerza (desde Cristina Kirchner a Sergio Massa, pasando por Kicillof, Uñac y otros gobernadores), pero no invitó a ninguno a esa reunión de un millar de dirigentes intermedios de distntas provincias.
Olmos quería poner el acento en el mensaje: se debatió sobre “el “orden macroeconómico” y sobre “la generación de riqueza como condición necesaria para el desarrollo”. Realismo de mercado. La nueva religión de la política. ¿Mérito de Milei?
