El canto de las sirenas

 

“Al volver Ulises a su Italia natal le fue advertido que el canto de las sirenas atraería a sus hombres hacia las rocas y el naufragio. Hizo tapar los oídos a los remeros y él mismo se ató al mástil de su nave para escuchar la melodía subyugante sin caer en sus trampas. Así Ulises pudo continuar el viaje hacia su hogar sin sucumbir a la tentación…”.

Desde tiempos inmemoriales, los navegantes aseguran que seres mitad mujer, mitad pez acechan sus naves, tentando a los marinos con sus encantos visibles. Llegados a buen puerto, desperdigaron sus historias, hipertrofiadas por el alcohol.
No fueron solo borrachines y mitómanos los que describieron a estas criaturas. Colón, Drake, Vespucio, Hudson y muchísimos distinguidos viajeros anotaron en sus bitácoras encuentros con sirenas.
Según los griegos, moraban cerca de la isla de Capri. Cuando sufrieron el desaire de Ulises, tres de ellas se suicidaron, convirtiéndose en piedra, la isla Tre Pizzi, en la costa amalfitana. La cuarta, Parténope, fue encontrada cerca de la ciudad a la que dio su nombre, Nápoles.
Hacia 1531, dicen que una sirena fue capturada en el mar Báltico y presentada al rey Segismundo de Polonia. En 1560, otra fue apresada junto a siete tritones en Ceilán. En 1718, la sirena de Amboina se mantuvo viva por cuatro días. Su retrato fue enviado al rey Jorge III de Inglaterra y al zar Pedro el Grande de Rusia.
El célebre anatomista Bartholin tuvo oportunidad de disecar una sirena que posteriormente pasó a manos del rey de Dinamarca. Otra fue capturada hacia 1749, también en Dinamarca. No es de extrañar, entonces, el cuento de Hans Christian Andersen.
A diferencia de las opulentas sirenas de subyugante belleza descriptas por los marinos —quizá por sus mentes obnubiladas por la abstinencia—, las criaturas capturadas eran feas, casi espantosas. Dickens utilizaba la palabra sirena como un insulto. ¿A qué se debe esta apreciación? En 1822, Dickens tuvo oportunidad de ver una en la cafetería “Turf”. Se trató de la sirena más conocida de las que se tenga registro: la sirena de Fidji.
Navegando por los mares de las Indias Orientales, el capitán Samuel Barrett Eades rescató a toda la tripulación de un barco holandés que había naufragado. Conducidos sanos y salvos a Batavia, el capitán aspiraba a algún tipo de reconocimiento más tangible que unas palmaditas en el hombro. Durante la infructuosa espera de algún resarcimiento por parte de las autoridades holandesas, tuvo oportunidad de encontrar una maravilla que cambiaría su vida: una sirena de casi un metro de largo, en perfecto estado de conservación. Los holandeses se la habían comprado a unos pescadores japoneses, aparentemente —y digo solo aparentemente— desconocedores de la importancia de lo que estaban vendiendo. Pero los holandeses sí le pusieron un valor, alto por cierto: mil doscientas libras esterlinas, una pequeña fortuna para la época.
El capitán Earles, quizás un tanto reblandecido su cerebro por el sol del trópico u obnubilada su razón por la ginebra holandesa, decidió vender el barco —que no era suyo— y comprar la sirena para retornar triunfal a Londres, con uno de los mayores misterios de la naturaleza: la evidencia evolutiva entre el pez y el ser humano.
En su largo camino de retorno, el capitán tuvo oportunidad de exhibir su sirena en todas las escalas, difundiéndose la noticia más rápidamente que los vientos que empujaban su nave.
Por eso, al llegar a Londres, ya todos sabían de su existencia.
Con lo que no contaba el aventurado capitán es con que la aduana inglesa considerase a la sirena como ¡contrabando! Mientras su sirena sufría esta burocrática retención, el capitán convino con la cafetería “Turf”, en Saint James Street (donde la viera Charles Dickens, llevándose una no muy grata impresión), rentar un amplio salón de exposición para que los londinenses pudiesen admirar esta maravilla.
A su vez, el capitán solicitó los servicios del anatomista más conocido de Inglaterra, Sir Everard Home. Él tendría el honor de examinar a la señora de los mares, no sin antes firmar un contrato de confidencialidad en cuanto a las conclusiones de sus observaciones. Como Sir Home aparentemente estaba muy ocupado, envió a su dilecto colaborador, el Dr. Clift, experto anatomista y más que competente zoólogo.
Examinada la sirena en su obligado reposo aduanero, Clift descubrió que esta era la habilísima conjunción de un orangután hembra con la cola de un salmón. La unión era casi invisible y, a su vez, la mandíbula original había sido reemplazada por la de un babuino. En fin, una completa superchería. El capitán se mostró, por un lado, algo decepcionado, diríase casi tomado por un tonto, pero contento por el hábil contrato que le permitía seguir con esta farsa.
Liberada de su cautiverio aduanero, la sirena se convirtió en el furor científico de Londres y fuente de ingresos suculentos para su dueño.
Pero, si el pez por la boca muere, otro tanto debió pasarle al dueño de la sirena. El exultante capitán cometió el desatino de asegurar que el Dr. Home había certificado su autenticidad. Esto fue demasiado para el científico. Furioso por el mal uso de su nombre, decidió comunicar la verdad a los medios, revelando el fraude.
A todo esto, se agregó otro contratiempo para el capitán Earles. El dueño de la nave malvendida comenzó las acciones legales para recuperar el importe de su barco, ya que toda amistosa componenda hasta el momento había sido vana. El Sr. Ellery, legítimo poseedor del barco, sospechando que el capitán podía huir de Inglaterra con su ninfa marina, pidió al presidente de la Corte Suprema retenerla hasta que se dilucidase el caso.
El público, defraudado, perdió interés en la señora de los mares.
No se supo más de esta sirena —ya que otras hicieron su esporádica aparición en ferias y exposiciones— hasta que en 1842 un viejo marinero se la vendió a un empresario circense en Boston (USA). Aparentemente era el hijo del capitán Earles, que le dejó como toda herencia a la sirenita, única sobreviviente del naufragio de sus bienes en la tormenta legal.
Por veinte años, el capitán Earles debió trabajar para recompensar la pérdida del barco mal vendido. Al heredarla, su hijo se deshizo de la ninfa que tantos males le había ocasionado a su familia por unos pocos dólares.
Pronto fue a parar a las manos de Phineas T. Barnum, el rey de los shows itinerantes, promotor de los freaks, emperador sobre los escenarios americanos. Sociólogo intuitivo, su frase “No importa lo que digan los periódicos de mí, siempre y cuando escriban bien mi nombre” es un compendio del espíritu del empresario circense.
Para promocionar su reciente adquisición, envió a distintos periódicos cartas que anunciaban la llegada de un famoso naturalista británico, el Dr. Griffin, que era el feliz poseedor de una sirena, supuestamente atrapada cerca de las exóticas islas Fidji, conocidas por el público norteamericano por un episodio de antropofagia donde unos marinos de esa nacionalidad habían terminado siendo el almuerzo de los aborígenes.
El Dr. Griffin (en realidad, un abogado socio de Barnum, llamado Lypman) era renuente a mostrar semejante portento de la naturaleza, cosa que excitaba la imaginación de los reporteros, ocupando más columnas en la prensa.
Hasta que finalmente, cuando todos pensaban que ya no podrían ver con sus ojos a una verdadera sirena, Barnum largó la gran noticia: el Dr. Griffin, convencido por su insistencia, permitiría su exposición. Este amenizaba la exposición con charlas en las que ilustraba a la gentil audiencia con sus curiosas teorías neodarwinianas sobre el origen de las especies híbridas. Los peces voladores, los caballos de mar, los elefantes y leones marinos eran todos eslabones entre nuestros antecesores emanados de las aguas y sus descendientes terrestres.
Después del éxito inicial, la sirena permaneció en el museo que Barnum tenía en Nueva York, con periódicas giras por los Estados de la Unión, donde no siempre era recibida con beneplácito por el público, que a veces —y solo a veces— se sentía tomado por idiota.
Otras sirenas embalsamadas aparecieron en diversas partes. Una -erróneamente llamada de Fidji- se guarda en el museo Peabody de Harvard. Otra se mantiene en el Hunter Museum del colegio médico de Londres. Sir Alister Hardy expuso una en el Museo Británico y otra pertenece al Horniman Museum de Londres. Todas tienen un mismo origen: Made in Japan.
Allí eran construidas por expertos taxidermistas que unían la parte superior de un primate hembra (aunque en Alemania existe una sirena hecha con un feto humano) y su porción inferior con la cola de un pez de gran tamaño —generalmente un salmón—. Obedece esta costumbre a algún uso religioso, como el origen de los dragones y otros animales mitológicos.
Cuando la cerrada comunidad nipona tomó contacto con la occidental, la elaboración de estas falsas sirenas tomó auge, dada la credulidad de los occidentales que se ufanaban de haber adquirido por precio vil una maravilla de la naturaleza, de la que los impávidos orientales se desprendían entre eternas sonrisas e interminables reverencias.