EL RINCON DEL HISTORIADOR
El campo de pato de Campo de Mayo llevará el nombre de don Alberto del Castillo Posse
Si el clima lo permite, después de postergarse una semana por las lluvias, la Federación Argentina de Pato impondrá hoy a las 15.00 el nombre de Don Alberto del Castillo Posse a la cancha que la entidad tiene en Campo de Mayo.
Feliz iniciativa del Consejo Directivo que preside el señor Miguel Di Pasquali, para recordar a quien en la década del treinta rescató y transformó este juego, con largas reminiscencias históricas que se remontan documentalmente al año 1610, y que estaba prohibido por las distintas administraciones e incluso por la Iglesia Católica, porque en esas corridas las rodadas no solo dejaban algunos contusos, sino también lisiados en grado extremo o muertes.
No fue poco lo que don Alberto debió trabajar; contó para ello con el apoyo de un historiador y mecenas, don Enrique Udaondo, fundador del Museo Histórico de Luján, para cuya construcción vendió una estancia y que ofreció realizar allí una primera demostración, en recuerdo de la célebre corrida de 1806 entre un grupo de oficiales británicos presos en el Cabildo local después de la invasión a Buenos Aires y un grupo de paisanos de un escuadrón de los Húsares que había reclutado Juan Martín de Pueyrredón por las estancias vecinas.
Otro apoyo lo tuvo en el gobernador de la provincia de Buenos Aires, doctor Manuel Fresco, reconocido cultor de la tradición, amigo de Udaondo e impulsor, a instancias de este, del Parque Criollo Ricardo Güiraldes en San Antonio de Areco, del Museo Pampeano de Chascomús y del de Los Libres del Sur en Dolores.

EL ESTATUTO
La tarea normativa impulsada por del Castillo hizo posible convertir la práctica de nuestros hombres de campo en una disciplina deportiva reglamentada, de acuerdo con un estatuto que él mismo elaboró.
Así se formaron equipos de cuatro integrantes y se establecieron pautas muy serias para preservar la integridad física de los participantes, que era justamente la causa por la que se lo había prohibido en reiteradas oportunidades. Aquel pato envuelto en un cuero fue transformado por don Alberto en una pelota de cuero de tiento con cuatro asas para realizar la famosa cinchada, que posteriormente pasaron a ser seis, y es lo que se utiliza hasta el presente.
También le cupo diseñar, en base al recado criollo, la silla, adaptándola a las necesidades del deporte con el conocido botón. Diseñó también las medidas de la cancha, y en absoluto secreto aplicó el reglamento en encuentros privados, hasta que el 31 de marzo de 1938 le hizo llegar al ministro de Gobierno de la Provincia de Buenos Aires, doctor Roberto Noble, que también era un hombre de campo, el pedido para derogar un artículo de un Reglamento de la Policía de la Provincia del año 1889, que entre otras actividades prohibía el juego del pato.
Para probar que el deporte había perdido la peligrosidad de antaño, el 26 de abril en Luján volvió a jugarse después de más de un siglo. Intervinieron dos equipos, azul y verde: integraban el primero Loreto Reyes (c), Ramón Ascenso, Carlos Tocalino y Teófilo Lavega; los verdes formaron con Oscar Isola (c), Enrique Coria, Ramón Rodríguez y Ubaldo Romero.
Lo interesante es que ese fue un examen, porque presenciaron la demostración el gobernador, funcionarios del gobierno, oficiales del arma de caballería y el presidente de la Asociación Argentina de Polo, don Juan D. Nelson. Para abonar el terreno, don Alberto del Castillo logró que unos días antes la revista deportiva El Gráfico publicara una nota al respecto y que ese día enviara un reportero gráfico y un periodista a cubrir el encuentro.
SANO Y VIGOROSO
El gobernador, doctor Manuel Fresco, dos días después, el 28 de abril, accedió al pedido de del Castillo Posse, entendiendo que “en la actualidad los deportes están sujetos a las disciplinas que imponen sus reglamentaciones y dicho juego, en la forma en que se practica en la actualidad, es deporte sano y vigoroso”. Y así, después de la prohibición de junio de 1822 por el gobernador Martín Rodríguez, volvía el pato a ser autorizado, y más adelante se fundó la Federación y se convirtió después en nuestro deporte nacional.
Del Castillo Posse siguió participando en el tema del pato, pero cuando la provincia de Buenos Aires fue intervenida pasó a la vida privada, con gran discreción; según me contaron, estuvo algunos años administrando un establecimiento agropecuario en el centro de la provincia de Santa Fe, en el departamento de Las Colonias, donde supo granjearse la simpatía de los lugareños por sus calidades personales.
El predio que se le otorgara en Campo de Mayo en 1964, y cuya cancha recibirá como merecido reconocimiento el nombre de don Alberto del Castillo, recibió visitas ilustres. En septiembre de 1966, el príncipe Felipe de Edimburgo, esposo de la reina Isabel II, llegó a nuestro país, no en visita oficial sino como presidente de la Federación Ecuestre Internacional, con motivo del Campeonato Mundial de Saltos Ecuestres e Hipismo, en adhesión al sesquicentenario de la Independencia. En esa oportunidad presenció con interés un partido llevado a cabo en la cancha de Campo de Mayo, interesándose por nuestro deporte nacional.
LA VISITA DE SABIN
En julio de 1967 llegó a nuestro país el doctor Albert Sabin, creador de la famosa vacuna que lleva su nombre.
Nuestro país había sufrido once años antes una terrible epidemia de poliomielitis que afectó a miles de niños, por lo que su presencia despertó múltiples simpatías en todos los círculos del país. ALPI, destacada entidad dedicada a la lucha contra el mal, que hoy preside la Lic. Teresa González Fernández, tenía en ese momento como presidenta a la señora Zulema Legorburu de Alsogaray, esposa del general Julio Rodolfo Alsogaray, comandante en jefe del Ejército.
Este, el domingo 23 de julio, ofreció un almuerzo criollo al doctor Sabin y su esposa, al que asistieron el presidente de la Nación, teniente general Juan Carlos Onganía, y su esposa; los ministros de Relaciones Exteriores y Culto, Defensa, Economía, Interior y Bienestar Social, Nicanor Costa Méndez, Emilio Van Peborgh, Adalbert Krieger Vasena, Guillermo Borda y Julio Álvarez, con sus esposas; el arzobispo de Buenos Aires, cardenal Antonio Caggiano; el gran rabino Guillermo Schlesinger; el cuerpo diplomático, autoridades civiles y militares, y directivos y profesionales de ALPI. La comida consistió en un asado criollo, donde no faltaron las empanadas, y la música criolla estuvo a cargo del conjunto Las Voces Blancas.
Al finalizar, el doctor Sabin, que usaba un bastón para caminar a raíz de las mordeduras en un pie que le había hecho su perro, brindó en breves palabras por ese agasajo: “Esto es algo que no podíamos imaginar”.
El niño Darío Alonso, hijo de uno de los suboficiales encargados de la quinta, que había sido afectado por el mal que el doctor Sabin consiguió vencer, entregó un ramo de flores a la esposa del médico; mientras que el niño Marcelo Llorens hizo lo propio con la imagen de un granadero y la niña Beatriz Legorburu, con un álbum con obras pictóricas de artistas locales.
Finalizado esto, los presentes se trasladaron a la cancha de pato, situada a corta distancia, donde se efectuó una demostración del deporte nacional, oportunidad en la que le obsequiaron una pelota de pato, y se lo ve muy interesado y distendido en la tribuna en un breve spot televisivo.
Bueno sería que en el futuro la Federación imponga a las tribunas los nombres de figuras como Udaondo y otros referentes de la historia del deporte; como también que en un sector del predio, en ocasión de una visita relevante, se plante un árbol para recordar en el futuro sus nombres a través de ese ejemplar.
