Claves de la literatura

El buen lector según Clive Staples Lewis

Por Fernando Adrián Bermúdez *

Clive Stapes Lewis no solo escribió notables obras de ficción como “Las Crónicas de Narnia” y “La trilogía Cósmica”, sino una infinidad de ensayos, producto de su vida académica en la Universidad de Oxford.

El escritor irlandés vivió hasta su muerte en el año 1963 en la ciudad de Oxford y fue durante más de treinta años profesor de literatura medieval y renacentista en la Universidad de Cambridge. De su producción científica se pueden extraer una infinidad de textos filosóficos, teológicos y literarios, como poéticos, como son “Los cuatro amores”, “El problema del dolor”, “Cartas del diablo a su sobrino”, “El gran divorcio” y su “Alegoría del Amor”, que contiene muchos de sus ensayos literarios.

En la presente nota, quisiéramos reflexionar sobre lo que entiende Lewis respecto a ser un buen lector. Además de identificar lo que sería un mal y un buen lector, el profesor de Oxford da recomendaciones muy interesantes sobre esta condición de lectores que nos debería llenar de orgullo y de la cual convendría reflexionar siempre. Justamente, el autor nos interpela en la necesidad de la literatura y la ficción como estructurales y necesarias para nuestra formación integral.

 

LIBROS SIN FIN

Su vida estuvo signada por los libros, la lectura, la conversación y la amistad literaria. Es por todos conocida su amistad con Tolkien, que junto a otros profesores y escritores fundaron ese grupo denominado Inklings, donde discutían, dialogaban y leían muchas de sus obras.

En un pasaje de su libro Cautivado por la alegría afirma esa vida de “libros sin fin”. “Había libros en el despacho, libros en el comedor, libros en el cuarto de baño, libros en la gran estantería del rellano, libros en un dormitorio, libros apilados en columnas que llegaban a la altura de mi hombro…. Siempre tuve la certeza de encontrar un libro que fuera nuevo para mí, al igual que un hombre que camina por el campo sabe que va a encontrar una nueva brizna de hierba”.

En la antología de ensayos titulada Una vida como lector se reúne un conjunto de estudios referidos a sus reflexiones como lector. En uno de ellos se interroga: ¿Por qué leemos? A lo que responde que leemos para ampliar nuestro ser, porque queremos ser más de lo que somos. En este sentido, nos dice: “Queremos ver también por otros ojos, imaginar con otras imaginaciones, sentir con otros corazones. No nos conformamos con ser mónadas leibnizianas. Queremos ventanas. La literatura, en su aspecto de logos, es una serie de ventanas e, incluso, de puertas. Una de las cosas que sentimos después de haber leído una gran obra es que hemos ‘salido’; o, desde otro punto de vista, ‘entrado’, porque hemos atravesado el caparazón de alguna otra mónada y hemos descubierto cómo es por dentro”.

Ahora bien, ¿por qué queremos ser más de lo que somos? Porque justamente, al leer ampliamos nuestro ser y ensanchamos nuestra mirada y comprensión de las cosas y situaciones en que nos vemos sumergidos día a día. Al ver con otros ojos, al imaginar con otras imaginaciones y al sentir con otros corazones, se nos permite lograr una visión, proyección y apreciación más abarcativa, donde la inteligencia, la voluntad y los sentimientos se ponen en sintonía, logrando una interpretación polifónica de la realidad visible e invisible. De esta manera, logramos conjugar los elementos racionales de las ciencias con los irracionales de la literatura.

Por esto, el autor considera la lectura como una actividad sentimental, moral e intelectual. Efectivamente, Lewis nos dice: “En el amor, salimos de nosotros para entrar en otra persona. En el ámbito moral, todo acto de justicia o de caridad exige que nos coloquemos en el lugar de otra persona y, por tanto, que hagamos a un lado nuestros intereses particulares. Cuando comprendemos algo, descartamos los hechos tal como son. El primer impulso de cada persona consiste en afirmarse y desarrollarse. El segundo, en salir de sí misma, corregir su provincialismo y curar su soledad. Esto es lo que hacemos cuando amamos a alguien, cuando realizamos un acto moral o cognoscitivo y cuando recibimos una obra de arte”.

 

EL MAL LECTOR

Lo primero que nos advierte el autor irlandés es que toda obra de arte puede ser “recibida” o “usada”. En el primer caso, nuestro comportamiento como lectores está determinado por la forma creada por el artista; en el segundo, la forma del artista es totalmente secundaria, porque lo que importa es nuestra propia actividad. Usando una imagen, nos dice: “Podríamos decir que lo primero es como hacer una excursión en bicicleta guiados por alguien que conoce caminos que nosotros aún no hemos explorado. Lo segundo, en cambio, es como añadir un pequeño motor a nuestra propia bicicleta para después recorrer uno de nuestros trayectos conocidos”.

Ahora bien, usar una obra es inferior a recibirla, porque al usarla la experiencia estética a través del arte no añade nada a nuestra vida; lo estamos cosificando o manipulando, buscándonos a nosotros mismos y no a la obra y su esplendor. En cambio, el que la recibe no la manipula, sino que quiere detenerse, cobijarse, contemplar ese contenido, porque “lo considera un fin en sí mismo”, por lo menos durante ese tiempo que participa de la experiencia artística de la obra.

El mal lector reúne un par de características. Entre ellas, resalta que no tiene oídos: “Sólo leen con los ojos. Son incapaces de distinguir entre las más horribles cacofonías y los más perfectos ejemplos de ritmo y melodía vocálica. Esta falta de discernimiento es la que nos permite descubrir la ausencia de sensibilidad literaria”. Esta característica es muy importante porque en la lectura debemos prestar atención no solo al sentido del texto, sino también al sonido, a la melodía que nos seduce. Por esto, este lector adolece de imaginación atenta, obediente y también fecunda. Solo pide una descripción y análisis narrativo sin poder imaginar lo que no ve, pero que podría llegar a ser.

 

EL BUEN LECTOR

Ante la pregunta de ¿cómo saber si eres un verdadero lector? Lewis da cuatro pistas o signos orientativos que representarían al buen lector según su criterio. Está claro que no es una clasificación taxativa, sino meramente enunciativa. En primer lugar, les encanta releer los libros: “…quienes gustan de las grandes obras leen un mismo libro diez, veinte o treinta veces a lo largo de su vida”. En segundo lugar, valoran en gran medida la lectura como actividad, no como último recurso: “…las personas con sensibilidad literaria siempre están buscando tiempo y silencio para entregarse a la lectura y concentrarse en ella toda su atención”. En tercer lugar, clasifican la lectura de determinados libros como una experiencia transformadora, tanto que las comparan con sus propias experiencias de amor, religión o muerte.

Por último, lo que ha leído y atesorado a lo largo de sus días es objeto de reflexión y recuerdo permanente. A esto dice: “…les gusta repetir, cuando están solos, sus versos y estrofas preferidos. Los episodios y personajes de los libros les proporcionan una especie de iconografía de la que se valen para interpretar o resumir sus propias experiencias”. De esta manera, se crea una especie de amistad literaria, un encuentro sostenido en el tiempo, o, mejor dicho, como suspendido en el tiempo, con aquellos personajes entrañables que nos han hecho vivir otras vidas y ver, contemplar y sufrir con ellos. Ya no somos los mismos; se crea una situación visceral y cordial que nos mantiene tensos y atentos. El solo recuerdo nos traslada, por medio de la memoria y la imaginación, a ese lugar.

El buen lector, en definitiva, es el que puede disfrutar del logos, de la palabra, sabiendo que no solo son índices o indicadores, sino que nos terminan coaccionando en el buen sentido de la palabra, sometiéndonos a una fina exigencia, evocando un cierto sabor, una textura y una fragancia con aroma; por eso, leer bien no es un mero placer para Lewis, sino un aspecto del poder que las palabras ejercen sobre nosotros y nuestras circunstancias. Emprendamos esta magnífica vida de buenos lectores y dejemos que la palabra y la narrativa nos permitan ver y contemplar ese esplendor de las cosas.

 

 

* Docente Universitario UM – UNCuyo.