Buena Data en La Prensa
El asombro, la confianza y la esperanza (Reflexiones de un papá joven)
Querido Benedicto:
En agosto terminó el último tramo de mi licencia de paternidad, que ocupó todo el mes. En general, me considero una persona feliz. Durante mis casi tres décadas, tuve la bendición de tener muchos y muy lindos momentos. Pero, sin duda, este fue de los meses más bellos de mi vida.
Hay un recuerdo que sintetiza este tiempo, una imagen que se repitió unas cuantas veces y que lo seguirá haciendo en mi corazón: era el final del día, estábamos a oscuras, apenas iluminados por una luz tenue. Te tenía recostado en mis brazos y te susurraba alguna canción inventada. Estábamos cara a cara. Vos, con tus ojos como dos lunas menguantes y una sonrisa desinhibida, que se entregaba a la alegría, estirabas tu bracito y me tocabas la barba, escarbabas como si quisieras encontrar algo en ella. O como si ya lo hubieras hecho. Había sido un día largo y tu sueño era notorio, pero, en ese momento, tocar mi barba era mejor que dormir.
EL ASOMBRO
Durante estos días pude descubrir que tu mirada se aguzó. Estás más despierto y atento a lo que sucede a tu alrededor y, cuando algo te sorprende, se nota en la transparencia de tu expresión. Querés ver, oír y tocar. El mundo te maravilla. Hay una palabra precisa y filosóficamente potente para definir ese espíritu: asombro. El asombro supone el detenimiento y la sorpresa, pero, bien conducido, termina en la admiración, que implica una actitud inquisitiva y amorosa hacia la realidad. El asombro surge a partir de la contemplación que, a su vez, tiene un lugar privilegiado en el ocio. El verdadero tiempo de ocio es tiempo dado al asombro.
Cuando era chico e íbamos camino a la escuela había un juego que solíamos jugar con tu abuela Myriam. Y nunca dejamos de jugarlo. Le decíamos “el juego del por qué”. Consistía en afirmar algo, lo que sea, y luego preguntar por qué eso era así. Una vez que se respondía, a esa nueva afirmación se le devolvía la misma pregunta. Y así continuábamos indefinidamente. Siempre concluía con una respuesta como “porque Dios así lo quiso”. Después de un par de años, esa contestación me comenzó a parecer más un buen comodín o un mal atajo, antes que una solución a la pregunta. Pero hoy, cuando pienso en esa respuesta quedo asombrado de la profundidad de su sencillez. Es verdad que, así como no tiene sentido tomar un atajo si lo que se quiere es pasear, esa respuesta, sin dejar de ser verdadera, puede dejarse esperar y ceder momentáneamente su lugar a otras que la precedan y le allanen el territorio. Más aún, cuando uno anda por un largo camino y, por más arduo que sea, sabe que al final se encontrará con el amor, el recorrido se ve más bello.
Cuando explicamos el mundo sabiendo que en el fondo todo encuentra su respuesta en el amor de Dios, la realidad se vuelve hermosa. Dios quiso que este mundo existiera. Aun pudiendo no hacerlo, decidió crearlo. ¡Qué bueno es Dios! ¡Y qué maravilloso es el mundo!
Chesterton cuenta una historia que me parece simpática. Es la de un navegante que salió de su hogar en busca de tierras inexploradas y que, sin darse cuenta, su ruta lo llevó de vuelta al lugar de su partida. Así, el viajero se encontró con un mundo ya por él conocido, pero con la maravilla de estar descubriendo uno nuevo. Este es el desafío de quien pretende vivir atentamente: dejarse asombrar por el mundo, pero, a su vez, sentirse en él como en su hogar. En el fondo, esto se traduce en lograr ver lo cotidiano con una mirada trascendente.
LO QUE ASOMBRA
Quien te observe se dará cuenta rápidamente de cuáles son las cosas que despiertan tu asombro: por un lado, lo inédito, lo nuevo, como el paseo por un parque o la primera degustación de una banana; y, por otro, lo recurrente, aquello que se repite, que aparece, desaparece y vuelve a aparecer. Esa fascinación por la repetición se ve claramente en el juego, que consiste en la constante repetición de una fórmula que despierta una hermosa carcajada, en un gesto iterativo o un movimiento que se reedita una y otra vez.
Hay algo que me llama la atención del relato de la creación: Dios, al crear los días, también crea la semana, es decir, un bloque limitado destinado a repetirse. Ahí se combinan lo nuevo y lo repetitivo.
Cada domingo es un domingo, pero es uno nuevo, así como cada otoño es un otoño, pero nunca se dan dos iguales. Así, con la creación se crean múltiples inicios. Es como si la pedagogía divina nos quisiera decir que siempre hay una nueva oportunidad para volver a comenzar.
La repetición ocupa un lugar fundamental en nuestra vida. Por medio de ella incorporamos nuestras virtudes y vicios. Buscamos la repetición. Incluso cuando nos encontramos frente a lo irrepetible, como el nacimiento o la muerte, lo ritualizamos, hacemos memoria de ello, celebramos cumpleaños y aniversarios. Esto es algo que me enseñó papá: tanto la fiesta como el memorial son realmente importantes. Nos mancomunan, nos ayudan a vivir juntos.
Lo asombroso del mundo es que es siempre el mismo y siempre nuevo. La repetición nos despierta confianza, hace del mundo algo conocido, un lugar habitable, un hogar. Esta repetición no muestra monotonía, habla de orden. Y la presencia de lo nuevo nos da esperanza. Por eso, cuando muere la esperanza, se engendra el tedio: la sensación de la constante repetición de lo mismo que no conduce a nada más que sí. Si hay esperanza es porque hay confianza. Hay estructura, pero también movimiento. Del asombro surge la comprensión del orden de la realidad. De la conciencia del orden nace la confianza y, así, aparece la esperanza.
Yo no sé qué te tocará vivir, ni qué será inédito o recurrente en tu vida. Eso te tocará explorarlo a vos. Pero lo que sí te puedo asegurar es que podés confiar en que lo que sea que suceda guarda su sentido en el amor de Dios.
Con amor, tu papá.
