El adiós de Messi dejó un vacío en el corazón del pueblo futbolero argentino
“Me vacíe, ya no tengo más para dar y aparte vienen chicos muy grandes atrás que merecen estar”. Las palabras retumbaron en el silencio de un mediodía desprovisto de sorpresas en el país. “Después de este tiempo que pasó desde la final, pensándolo mucho, quiero comunicarles a todos que me retiro de la Selección”, anunció Lionel Messi a través de una carta a corazón abierto. Con ese mismo corazón que puso al servicio de Argentina en el último Mundial. ¡Se vació! ¡Leo se vació! Quizás no lo sepa todavía, pero junto con él quedó vacío un pueblo futbolero que no entiende cómo la camiseta celeste y blanca con el número 10 en la espalda ya no será suya.
¿Cómo pensar que la próxima vez que la Selección salga a la cancha no estará La Pulga? ¿Cómo reponerse al hecho de que tras esa ausencia llegará otra y luego otra más? ¡Qué difícil será ver al equipo albiceleste -¿seguirá siendo La Scaloneta?- sin su capitán, sin su emblema! Mentira: no será difícil. Será un castigo. Si hace más de 20 años que el público argentino solo entiende al conjunto nacional con Messi como líder, como genio único e irrepetible, como eterno acaparador de récords que se burlan de la razón y crean universos fabulosos en los que lo posible pierde por goleada con lo maravilloso.
Cuando se fue Diego Armando Maradona -no, cuando lo echaron de Estados Unidos 1994 por culpa de la maldita efedrina- pasó un tiempo largo hasta que se tomó real dimensión de lo que había ocurrido. Pesaba mucho la decepción por la prematura eliminación de ese Seleccionado construido por El Coco Alfio Basile que parecía destinado a devolverles la alegría a los hinchas. No se tenía conciencia de cuánto representaba el adiós de Diego. Nadie estaba preparado para ese luto eterno. Tardó en comprenderse que no resultaba sencillo hallar a un jugador digno de vestir la camiseta número 10. Sí, hubo un momento en el que al Burrito Ariel Ortega le quedó bien, pero no era lo mismo. Nada es lo mismo cuando se apaga la estrella de un genio.
Un simple y rápido ejercicio de memoria invita a recordar que hasta se pensó en retirar la emblemática casaca. Si no estaba Diego, nadie debía llevarla. ¡Qué terrible habría sido que Messi no hubiese podido vestirla! Por suerte, esa loca idea naufragó y se perdió en la inmensidad del mar como todas las malas ideas y poco más de una década después apareció en escena un heredero que le hacía honor a los colores, al número, a Maradona, al fútbol argentino.
Messi hizo precisamente eso: honrar a la pelota. Solo los elegidos quedan en la historia por rendir tamaño tributo al juguete más hermoso que cualquier niño puede recibir. Leo fue el rostro perfecto de una nueva era triunfal. Quizás de la más exitosa porque incluyó una Copa del Mundo -la tercera y tan deseada tercera estrella-, dos Copas América y una Finalissima que iluminaron los días de una Selección que, a medida que las penas se acumulaban, se cubrían de una dolorosa oscuridad.
La Pulga no solo fue el mejor jugador de este tiempo -no vale la pena comparar épocas ni armar rankings por el simple hecho de alimentar la polémica-, sino que, junto con un técnico inteligente como Lionel Scaloni y un grupo de jugadores hambrientos de gloria, le devolvió al país el orgullo por salir a la calle con la camiseta hecha bandera. Por eso duele saber que Messi se vació y que habrá que acometer la titánica tarea de soñar un futuro sin él. Y duele tanto porque con su adiós dejó un vacío enorme en el corazón del pueblo futbolero.
