El Síndrome de Funes-Borges: de la ficción borgiana a la parálisis social

Jorge Luis Borges, para muchos el mayor exponente de la literatura argentina, nace un 24 de agosto de 1899. Habitualmente lo asociamos a laberintos, espejos y bibliotecas infinitas, pero hay un aspecto cada vez más evidente y es el del observador de los laberintos de la mente humana, con observaciones, develadas décadas después, desde diversas áreas del conocimiento. Este es el caso de un cuento breve y muy famoso “Funes el memorioso”, publicado el 7 de junio de 1942, en el suplemento "Artes y Letras" del diario La Nación, y luego ya definitivamente en Ficciones. Borges no solo creó una pequeña obra maestra; sino quizás sin imaginarlo, describió una patología social cardinal de nuestra época. 
Diversas estructuras comportamentales, han sido señaladas en muchos casos (quizás todas) desde la antigüedad. Un ejemplo es el concepto de Hubris de la Grecia antigua y que en 2009, el neurólogo y político británico David Owen, retoma y publica un ensayo sobre una estructura diagnostica de la clase dirigente moderna: que llamó el "Síndrome de Hubris": la enfermedad del poder. El relato de Borges sobre la tragedia de Ireneo Funes, también sigue ese camino hacia el diagnóstico de nuestra realidad actual. Recordemos brevemente, el personaje, Funes, cae de un caballo que le genera un golpe en su cráneo, a partir de eso queda “tullido”, es decir, con una parálisis motora, presumiblemente una paraplejía o una tetraplejía, y además el aspecto central una hipermnesia (“el memorioso”), una capacidad de recordar absolutamente todo. Borges nos recuerda que paradójicamente, le genera otra parálisis que hoy llamaríamos cognitiva: La incapacidad para pensar. Esto reproduce un estadio actual y frente a la parálisis cognitiva y social por la que atravesamos, quizás podamos hacer un ejercicio similar al de Owen y otros y pensar en hablar de lo que propongo llamar el Síndrome de Funes.
Si bien otros han usado esta denominación, ha sido bajo otros conceptos y contextos. Así Umberto Eco usó la expresión en Naciones Unidas para ilustrar cómo la Web se estaba convirtiendo en una memoria infinita que nos incapacita para actuar. También un teórico de la comunicación, Federico Rey Lennon, usa la metáfora para describir la sobreabundancia de datos en el mundo corporativo. Por último, desde las neurociencias, ha sido usado para explicar el funcionamiento del cerebro, como el caso del físico y neurocientífico Rodrigo Quian Quiroga en su libro “Borges y la memoria”. 
Los cuentos de Borges han generado resonancias desde múltiples áreas, estas descripciones señalan algún aspecto específico a modo de ejemplo, así veremos incluso que desde la neurología (Luria, Sacks, Quian Quiroga etc) se trata de descripciones sobre el individuo en la clínica. Sin embargo, tal como otras observaciones individuales se trasladan a lo colectivo, el abordaje de lo planteado por Borges es mucho más amplio en una esfera de lo social y cultural de nuestra época, que ha internalizado una modalidad patológica, si lo miramos desde lo individual hasta convertirla en un modo social. Es decir, ver a este Síndrome de Funes no como una metáfora de patología individual sobre el exceso de información, sino como una patología neurobiológica, psicosocial y estructural que afecta nuestra salud mental, y especialmente nuestra estructura cognitiva, comportamental y cultural.
METAFORA DEL INSOMNIO
Para fundar este paradigma, volvamos al disparador original y leer el cuento como la historia clínica de un paciente. Ireneo Funes era un joven que, tras ser derribado por un caballo, adquiere una hipermnesia mítica, ya que Borges la compara con personajes históricos (“Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos”). Neurológicamente, se trata de un severo Traumatismo Encéfalo Craneano (TEC) y sus consecuencias. El golpe, por el cuadro clínico que se supone en la descripción, habría dañado su corteza prefrontal, área clave de las funciones ejecutivas que justamente nos permiten hacer/ejecutar, entre otras filtrando estímulos y descartando lo irrelevante. Al perder este filtro inhibitorio, habría dejado a su cerebro a merced de una hiperactividad descontrolada en los centros de la memoria, como el hipocampo. 
La descripción literaria es de una precisión clínica asombrosa y se impone la duda: ¿Pudo Borges haber leído algún tratado médico para pergeñar este cuadro exacto? La respuesta, sin embargo, es más inmediata: en diciembre de 1938, Borges sufrió un accidente gravísimo al golpearse la cabeza contra una ventana, esto derivó en una septicemia que lo puso al borde de la muerte y a partir de allí comienza el tortuoso insomnio tantas veces referido por él mismo, de hecho decía que Funes, fue una larga metáfora de ese insomnio. Cuatro años más tarde, en 1942, publicaba este Funes que tampoco puede dormir. Años más tarde el célebre neurólogo Oliver Sacks, al enterarse del cuento, quedó maravillado ante la precisión clínica con la que la intuición de Borges se había anticipado a la ciencia por más de un cuarto de siglo. Recién en 1968, el padre de la neuropsicología moderna, Alexander Luria, publicó (Pequeño libro de una gran memoria), documentando el caso clínico de su paciente "S" (Solomon Shereshevsky). Luria demostró científicamente lo que Borges había cartografiado en la ficción: la hipermnesia absoluta destruye las funciones ejecutivas, volviendo al paciente incapaz de entender metáforas o generalizar patrones. Más tarde en 1989 luego de años de investigación el psiquiatra Darold Treffert, publica un libro (Extraordinary People: Understanding Savant Syndrome) sobre un cuadro al que llama Síndrome del Sabio Adquirido (Acquired Savant Syndrome), por oposición al Síndrome del Savant, “Sabio Idiota” tal como lo llamó, que describiera Down. Allí muestra cómo un TEC severo puede desatar una hipermnesia patológica. El mecanismo subyacente es conocido como "Facilitación Funcional Paradójica": al lesionarse las redes inhibitorias frontales, se liberan y descontrolan las áreas de retención de datos en crudo. Este mecanismo se fundó en el hallazgo de Hughlings Jackson, que retomara más tarde Henri Ey en su teoría organodinámica.
CODIFICACIÓN
Desde la neurocognición, sabemos que la memoria no es un simple archivo, sino un proceso dinámico de codificación, consolidación y recuperación. Para que una memoria a corto plazo se convierta en un aprendizaje significativo a largo plazo, el cerebro necesita desechar información. El olvido no es una falla del sistema; es una función evolutiva esencial. Borges lo describe con precisión clínica cuando relata que a Funes le costaba dormir porque "dormir es distraerse del mundo". Hoy sabemos que durante el sueño se produce la poda sináptica y el sistema glinfático "limpia" las toxinas, eliminando los recuerdos inútiles para hacer espacio a la abstracción. Funes, privado de este mecanismo, acumulaba los residuos cognitivos del día a día. Registraba cada hoja de cada árbol, pero, como sentenció el autor, no podía pensar, no había espacio de pensamiento.
Y aquí la traslación a nuestro Síndrome de Funes en lo colectivo, en lo cultural. El ciudadano moderno sufre hoy el mismo traumatismo que Ireneo Funes, pero sin caerse de un caballo. Padecemos una lesión no única y mayor sino por goteo y es por la hiperestimulación informativa, sensorial etc. Vivimos en una sociedad hipersaturada por las alertas constantes, donde el ciclo adictivo de la dopamina, el estrés oxidativo, producen un agotamiento crónico de nuestra corteza prefrontal. Al igual que Funes, registramos, participamos, opinamos, nos informamos de todo, la indignación del día, el dato irrelevante, el estímulo fugaz, y en consecuencia hemos atrofiado la función evolutiva del olvido selectivo. Hemos perdido la capacidad de inhibir el ruido del estímulo no pertinente: hay que estar en todo, sin ninguna clasificación, ni eliminación. La clave es la cantidad acumulada, la función de recupero selectivo es opuesta a simplemente la de depósito. 
Esta falla anatómica y funcional tiene consecuencias devastadoras en la arquitectura de nuestras estructuras colectivas, por ejemplo los medios de información, o las redes, donde se debe repetir sin cesar una misma información a ritmo caótico, sin posibilidad de pausa o espacio analítico. Lo vemos a diario en el sistema judicial y forense: expedientes kafkianos que acumulan decenas de miles de fojas e informes copy-paste, repetidos, e intrascendentes que alejan la posibilidad de siquiera saber de qué se trata, bajo la falsa creencia de que la hiper-acumulación de datos revelará la verdad. Pero el resultado es opuesto ya que la acumulación indiscriminada sin capacidad de síntesis construye un laberinto. Pero el laberinto no es un accidente; es una estructura diseñada para que se pierda a quien camina por él mirando solo los ladrillos que tiene enfrente. Como sociedad inmersa en este Síndrome de Funes institucional y cultural, miramos y analizamos sin cesar la textura del ladrillo del laberinto que tenemos delante, el dato aislado, la indignación del día, el detalle irrelevante, y perdemos la mirada del arquitecto, del navegante, cartógrafo, que es la única capaz de entender el plano estructural. y encontrar la salida, el camino.
“Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, es abstraer.” Un excelente sugerencia actual, pero es del mismo Borges en Funes y quizás allí reside el tratamiento para nuestra parálisis contemporánea. Recuperar nuestra agencia, autonomía y salir de este laberinto institucional y cognitivo no requiere procesar información más rápido, ni delegar nuestra mente en inteligencias artificiales. La cura exige rehabilitar nuestra neurobiología. Requiere recuperar el silencio, el descanso profundo que permita a nuestra mente podar lo irrelevante y, fundamentalmente, perder el miedo a olvidar, entender que olvidar no es el enemigo por definición, sino permite categorizar el olvido y así la memoria. 
Solo restaurando nuestra capacidad de abstracción seremos capaces de recuperar la brújula y el sentido común en un mundo intoxicado de memoria intrascendente. De lo contario seguiremos paralizados enceguecidos ante la multiplicidad de reflejos.
Tal como Funes.