El Rey Farouq, el ladrón del Cairo
Su Majestad Farouq I, por la gracia de Dios, Rey de Egipto y Sudán, soberano de Nubia, Kordofán y Darfur, era un ladrón o, mejor dicho, un cleptómano, porque no tenía necesidad de robar, ni comprar joyas que después no pagaba y menos aún de sustraer, ante los ojos de todo el mundo, un reloj de bolsillo a Sir Winston Churchill, cuando era primer ministro de Gran Bretaña.
Farouq era hijo del rey Fuad I. Había nacido en el Palacio de Abdeen y creció en Egipto hasta que, a los 15 años, lo enviaron a educarse en el Reino Unido. No tuvo mucho tiempo para formarse porque, un año más tarde, debió volver para hacerse cargo del reino por la muerte de su padre.
Joven, apuesto, de grandes ojos celestes, no tardó en convertirse en un rey muy popular al tomar una serie de medidas como la educación universal y gratuita. Durante unas vacaciones en Suiza, se enamoró de una joven aristócrata llamada Safinaz Hanım Zulfikar, más conocida como Farida. Ambos fueron la comidilla del jet set internacional por su extravagante forma de vida, que incluía banquetes, cacerías, viajes exóticos y regalos caros, muy caros.
La popularidad entre los suyos fue menguando a medida que ostentaba sus lujos y una existencia pródiga en despilfarros, que contrastaba con la pobreza de sus súbditos y los ingresos de la nación.
Egipto era un protectorado británico y, cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, el reino quedó bajo la política bélica de Gran Bretaña y no pudo mantener su neutralidad, a pesar de la ambigua posición de Farouq, que cultivaba vínculos con los Estados del Eje, circunstancia que le ganó fuertes críticas entre los Aliados.
Su despreocupación por los asuntos de la administración pública creaba un caos en las finanzas del país y un aumento de su impopularidad.
Las extravagancias de Farouq no se limitaban a su tren de vida: tenía prohibido a sus súbditos tener un automóvil rojo (él debía ser el dueño del único vehículo de ese color), coleccionaba revistas pornográficas y una vez mató a tiros a los leones del zoológico de El Cairo porque había soñado que uno lo atacaba.
A todos estos problemas había que agregarle su condición de cleptómano. A Farouq le encantaba robar por el solo hecho de robar. Cuentan que una vez perdonó a un punguista para que le enseñara nuevos trucos a fin de mejorar sus habilidades como amigo de lo ajeno.
En las recepciones oficiales les robaba a diplomáticos, invitados especiales, dignatarios... a cualquiera que se cruzara en su camino. Y les sustraía desde carteras y relojes hasta encendedores y cigarrillos.
Fue durante una visita de Churchill a Egipto, en plena Guerra Mundial, cuando le sacó un reloj de bolsillo al primer ministro. No era cualquier reloj, sino uno que la reina Ana le había obsequiado a su antepasado, el duque de Marlborough, más conocido como Mambrú, aquel que fue a la guerra.
Farouq lo lució varias veces en público y, al final, el reloj “reapareció” y Sir Winston volvió a Inglaterra algo desconcertado. Solo había sido un chascarrillo del rey...
Nada detenía a Farouq en su carrera por superarse como ladrón, ni aun los lazos familiares ni el hecho de que el dueño estuviese muerto.
El monarca de Irán, Reza Shah (padre del último sha, Reza Pahlavi), murió durante su exilio en Johannesburgo.
Su cuerpo fue trasladado a El Cairo.
Aprovechando un descuido de la guardia, Farouq accedió al ataúd y le robó la espada ceremonial, fuertemente enjoyada, un cinturón con incrustaciones de piedras preciosas y varias medallas de guerra de oro y plata.
Cuando las autoridades de Teherán se percataron del robo, hicieron un enérgico reclamo, a lo que Farouq, muy suelto de cuerpo, dijo que él era el monarca y, como tal, dueño de todo lo que había en su reino... ¿Se imaginan la cara de las autoridades iraníes?
El conflicto con Irán se prolongó por años y la espada solo fue recuperada cuando, en 1952, Farouq fue derrotado por un golpe militar encabezado por el Movimiento de Oficiales Libres, del que Gamal Abdel Nasser era uno de sus principales dirigentes.
Farouq pasó los últimos años en un exilio dorado en Capri y Mónaco. Por su bulimia llegó a pesar 140 kilos y murió de un infarto durante una opípara cena en un restaurante en Roma.
EL DÉSPOTA ORIENTAL
Farouq gobernó su país en forma caprichosa e inconstante. Se divinizó a sí mismo, proclamándose descendiente de Mahoma sin un sustrato genealógico que lo sostuviese.
Para demostrarlo, solía volar en una avioneta y arrojar sobre el campo pelotitas de ping-pong. El campesino que hallase alguna iba al Palacio Real y recibía un premio. Era una forma de sentirse Dios repartiendo bendiciones desde el cielo.
Mientras su pueblo pasaba hambre, Farouq derrochaba fortunas, paseaba a su esposa con un vestido cubierto por 120.000 diamantes y, aun así, robaba.
Esta falta de control de sus impulsos se desataba cuando deseaba adueñarse de bienes ajenos; de allí la necesidad de robar objetos que no necesariamente tenían valor económico ni eran necesarios, más allá de considerarlos trofeos que alimentaban un ciclo de adicción al hurto.
Al robar, en el cerebro de los cleptómanos se libera dopamina, un neurotransmisor relacionado con el sistema de recompensa y placer.
La sustracción de un objeto genera una sensación momentánea de alivio, algo semejante a lo que ocurre en las adicciones.
La cleptomanía se da asociada a otros trastornos, como el obsesivo-compulsivo (TOC) o la depresión, por la alteración de los niveles de serotonina.
Es frecuente que los cleptómanos abusen de sustancias adictivas o coman desesperadamente, como en el caso de Farouq, que comía y bebía en forma descontrolada, hasta el punto de pesar 140 kilos.
Generalmente, se establece un ciclo de tensión y ansiedad que lo va empujando hacia el acto sustractivo. Al hacerlo, siente placer o alivio, pero después aparecen sentimientos de vergüenza o remordimiento que, en el caso de Farouq, lo llevaban a autojustificarse por su posición encumbrada o a sentirse con derecho divino a adueñarse de lo que él creía propio, aunque íntimamente sabía que estaba mal. Pero, aun así, se pavoneaba por sus logros y hasta tomaba una actitud desafiante.
Pero esta angustia o ansiedad actuaba como disparador del próximo robo, iniciando este ciclo que de virtuoso no tiene nada, aunque autocrático lo haya sido en un rey egipcio.
