EN 1960 SE IMPIDIO LA ENTREGA DE UNA DE SUS OBRAS AL PRESIDENTE DE CUBA

El Padre Furlong y un libro en la tormenta de la guerra fría

Con motivo de cumplirse medio siglo del fallecimiento del Padre Guillermo Furlong, entre otros homenajes a su memoria, la Biblioteca y Archivo Histórico de la Universidad del Salvador le dedicó el número 16 de la revista Huellas en papel que lleva 11 años de publicación ininterrumpida. Además acaba de salir de la imprenta el libro de Mario Tesler, Guillermo Furlong, el jesuita amante de los libros. Y desde las páginas de La Prensa, el historiador y académico Roberto Elissalde escribió días pasados sendas notas en las que observó diversos y poco conocidos aspectos de la vida de Furlong, un estudioso fecundo que tanto rigor puso en el rastreo de los datos en sus andanzas por archivos y bibliotecas; a la vez que rescató algunos nombres de quienes fueron en diferentes etapas sus principales discípulos a los que reunió tan alto magisterio, independientemente de las generaciones a las que pertenecieron.

El presente artículo se refiere a un hecho del que nunca se enteró el sacerdote y que sin embargo tiene como uno de sus ejes principales cierto voluminoso libro suyo, del que inició la redacción en 1952. Este libro fue escrito con Abel Rodolfo Geoghegan, un licenciado en bibliotecología graduado en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, con estudios de postgrado en la Universidad de Columbia y colaborador del Padre Furlong desde ese mismo año 1952, según informa en su diccionario de historiadores argentinos y americanos Vicente Osvaldo Cutolo muy allegado a ambos.

EDICION ESPECIAL

La obra común en cuestión se titula Bibliografía de la Revolución de Mayo 1810-1928. Se dio a conocer en edición especial en 1960 con motivo del Sesquicentenario de la Revolución de Mayo, por la Biblioteca del Congreso de la Nación, cuya Comisión Administradora presidía el diputado por Corrientes Juan Alberto Solari e integraban los legisladores de ambas cámaras Victorio Manuel Gallo, Ángel Francisco Beiró, Enrique V. de Llamas, Pedro César Vera Barros y Simón Junín.

Valga anotar también que el Congreso Nacional había comenzado a editar en 1958 la famosa Biblioteca de Mayo, que consta de veinte tomos, igualmente con la mirada puesta en el inminente Sesquicentenario Patrio.

De esta Bibliografía de la Revolución de Mayo 1810-1928 se realizó una tirada limitada con encuadernación de lujo en cuero azulado. La tapa en letras de oro de cada ejemplar indicaba a cuál de los jefes de las delegaciones visitantes sería destinado ya que concurrieron también, entre otros, el presidente del Perú, Manuel Prado Ugarteche, el presidente del Consejo Nacional de Gobierno del Uruguay, Benito Nardone o el Príncipe Bernardo de los Países Bajos.

Así las cosas resultó ser que el lunes 23 de mayo de 1960 arribó a Ezeiza encabezando la delegación de Cuba, su presidente el doctor Osvaldo Dorticós Torrado, un jurista e intelectual de vieja militancia socialista del país antillano. Según el protocolo de rigor lo recibió en el aeropuerto el primer mandatario argentino, doctor Arturo Frondizi, quien llegó acompañado por su esposa, la señora Elena Faggionato, y por su edecán naval. Ambos gobernantes revistaron luego las tropas formadas y La Prensa destacó en la edición del día siguiente la gran cantidad de público que se había reunido para vivar al visitante portando carteles y leyendas favorables a la revolución cubana, al tiempo que se oyeron abucheos y silbidos para Frondizi “por parte de las personas que se encontraban situadas en la terraza, las que profirieron, asimismo, expresiones insultantes”, como relató el cronista.

La misma noche del 23, en el Palacio Errázuriz, se ofreció un banquete en honor de las delegaciones y se advierte en la foto de la edición del 24 de mayo del mismo periódico, que Dorticós Torrado se hallaba en la mesa muy próximo al doctor Frondizi. No había duda de que era un invitado oficial con todas las atenciones y prerrogativas que los usos diplomáticos imponen para esos casos. Incluso el 25 de mayo el pueblo reunido a lo largo de la Avenida del Libertador vio desfilar como broche final del paso de nuestras tropas de Aire, Mar y Tierra, junto a efectivos militares provenientes de España, Francia, Brasil, Uruguay, Chile, Bolivia, Perú y Ecuador, a 25 cadetes de la Escuela de Aviación de Cuba al mando del teniente primero Mario Fortuny.

EXTRALIMITACION

Todo parecía confraternidad en los fastos del Sesquicentenario y sin embargo, eludiendo la tradición argentina de no injerencia en los asuntos internos de otros países y con atribuciones ajenas al ámbito específico castrense, arriesgando con ello encender una chispa en nuestra política exterior, un grupo de altos jefes del Ejército, enemigos declarados del “peligro rojo” y sin duda seguidores de las instrucciones de los comandantes de inteligencia franceses, que desde 1957 instruían a nuestros oficiales en temas de contrainsurgencia, como que poco después el coronel –luego general- Carlos Rosas, desde su cargo de subdirector de la Escuela Superior de Guerra, promovió esa capacitación a través de la milicia francesa, por citar textualmente a Carlos Guerrero Velásquez en su ensayo El impacto ideológico de la Escuela Francesa sobre el Ejército Argentino (publicado por la Universidad Alberto Hurtado de Santiago de Chile), decidieron de espaldas al canciller Diógenes Taboada y al mismísimo presidente Frondizi, que el libro del padre Furlong nunca fuera entregado a Dorticós Torrado. Aunque en rigor faltaba más de un año para que el líder máximo de la Revolución, Fidel Castro, se declarara en diciembre de 1961, marxista leninista.

Por supuesto que extralimitaciones parecidas con las decisiones y atribuciones del Poder Ejecutivo eran habituales entonces; para entenderlo hay que retrotraerse a un tiempo de fronteras ideológicas, planteos políticos de los mandos militares y golpes de Estado.

Conocemos la historia hasta aquí sacada a la luz y la que siguió porque, por un albur del destino, el ejemplar con la inscripción “Señor Presidente de la República de Cuba Don Osvaldo Dorticós Torrado”, llegó poco tiempo después a poder de Carlos Gregorio Romero Sosa, quien hasta su muerte en diciembre de 2001 lo conservó en su biblioteca.

Los hechos sucedieron así. Poco antes del arribo del presidente de Cuba, un general salteño cuyo nombre me reservaré por el largo afecto personal entre él y los míos, se apersonó a visitar en el edificio del Congreso de la Nación a su amigo el licenciado Carlos Durand Cornejo, funcionario allí y años más tarde, en 1963 o 1964, designado por su primo el gobernador de Salta, doctor Ricardo Durand, director de la Casa de esa provincia en Buenos Aires.

En la entrevista le explicó el alto oficial que él y otros camaradas de armas consideraban una afrenta para la libertad -cuando en esas mismas jornadas la prensa nacional condenaba las incautaciones de diarios en la Isla caribeña asociándose a protestas de la SIP-, que se concediera a un dictador comunista un obsequio de tanta jerarquía intelectual y relevancia patriótica como lo era el volumen del Padre Furlong. De inmediato vino el pedido para que lo hiciera “desaparecer”, ese fue el término empleado de tan dramática connotación futura.

Durand Cornejo, un hombre culto y de criterio nacido en 1922 y fallecido en los inicios del siglo XXI, en el plano político próximo al nacionalismo católico y al rosismo, con trayectoria anterior en la diplomacia y en 1992 autor del libro Síntesis histórica de la Nación Argentina y sus símbolos, quedó absortó ante lo que consideró un juego infantil: el de “las escondidas”, realizado por gente con responsabilidades públicas que bien podría acarrear situaciones difíciles de imaginar entre ambas naciones. Pero ante la insistencia del uniformado se limitó a guardar en un cajón de su escritorio bajo llave la Bibliografía de la Revolución de Mayo. Y quedó allí hasta que un par de años después, al ser visitado en su despacho por su también amigo, emparentado y comprovinciano Carlos Gregorio Romero Sosa, precisamente uno de los discípulos del Padre Furlong, le obsequió el libro rogándole guardar reserva sobre las circunstancias que acabamos de relatar hasta considerarlo el destinatario oportuno.

BENEVOLENTE

El sabio Padre Furlong, era más allá de alguna súbita rabieta, benevolente con sus colegas historiadores de todas las tendencias. Lo fue con sus alumnos del Colegio del Salvador, y entre ellos se contó un juvenil Leonardo Castellani. Como también se brindó generoso a intelectuales que estaban en las antípodas de su pensamiento, por ejemplo el exiliado español y figura prócer del anarcosindicalismo mundial, el escritor e investigador Diego Abad de Santillán (1897-1983), quien durante la Guerra Civil actuó como consejero (ministro) de seguridad y de economía en el gobierno catalán de Luis Companys.

En los años cincuenta, ya en la Argentina, el anarquista “con revolver al cinto” como lo retrató en sus Memorias Políticas y de Guerra don Manuel Azaña, trabó vínculo afectuoso con el jesuita al ritmo de las informaciones que aquél le proporcionaba para su Gran Enciclopedia Argentina y otros trabajos emprendidos por el incansable polígrafo leonés.

Incluso frente a críticos tan severos de Furlong como el filólogo de extrema derecha Carlos A. Disandro, el santafecino hijo de San Ignacio se auto exigía imponerse la divisa agustiniana: “En todo caridad”.

Por eso aunque murió ajeno a lo narrado, es de sospechar el desagrado que hubiera sentido quien parecía tener toda la Historia Argentina y Universal en la cabeza, de conocer las idas y vueltas de su libro, protagonista silencioso de esta absurda “petite histoire”, por fortuna sin consecuencias.