Mirador político

El Adorni de nunca acabar

Las denuncias periodísticas continuas sobre supuestos actos de corrupción del jefe de Gabinete Manuel Adorni exponen fallas crónicas en el funcionamiento institucional y novedades en la comunicación política. También cambios en los factores de poder.

El miércoles pasado Adorni dio en Diputados el informe sobre la marcha del gobierno y enfrentó las denuncias sobre supuesto enriquecimiento ilícito por la compra de dos propiedades y gastos de vacaciones familiares. Pasó la prueba sin sobresaltos. Como las denuncias eran de origen periodístico y están siendo investigadas en los tribunales el funcionario se atuvo al recurso de responder ante el poder que corresponde: el judicial.

La oposición de Diputados no pudo causarle el daño político que los medios esperaban, pero la periodística volvió a la carga a los pocos días revelando el objetivo político de su cruzada supuestamente moralizadora. Difundió pagos por la refacción de una casa que al parecer casi duplican el valor de la casa.

Ante la noticia un diputado opositor volvió a la carga y pidió una nueva interpelación del funcionario y su remoción. Fue el mismo que deambulaba por el recinto durante el informe de Adorni con una máquina de hacer pochoclo.

Conclusión: el Congreso funciona a la rastra de los medios, se atiene a simples denuncias y cuando puede usar su poder institucional se limita a montar un circo. Hay antecedentes de esa actitud que profundizan su desprestigio. Por ejemplo, el de la comisión investigadora del caso Libra que terminó su función tristemente y sin más resultado que el del circo.

Hay también conclusiones de interés sobre el desempeño de la mayoría de los grupos mediáticos en la embestida contra el jefe de Gabinete. La primera, que no tienen el monopolio de la comunicación política. Los diarios y la televisión han perdido terreno y las redes lo han ganado. El famoso derecho de réplica que el establishment periodístico concedía graciosamente a los usuarios, ya no hace falta. Se enteran de lo que opinan sus lectores y su audiencia con solo navegar por internet.

Internet a horizontalizado la comunicación y relativizado el poder de los medios tradicionales. Medios que suelen ser el apéndice “lobbístico” de grupos económicos. Esto los lleva a contradecir reglas elementales de la tarea de informar: neutralidad, chequeo de la información, desestimación de versiones dudosas o de clara intención política. En pocas palabras su sujeción a los intereses económicos y políticos que los financian ha dañado su credibilidad.

Este proceso se aceleró en los últimos años, asociado con la baja calidad de sus productos. Como los medios tradicionales han perdido rentabilidad, las inversiones en el sector escasean, los salarios cayeron verticalmente y el nivel profesional es comparable con el de los viejos órganos partidarios. Por eso las campañas contra un gobierno o un funcionario se han naturalizado, por eso el Adorni de nunca acabar, aunque parezca grotesco, ya no sorprende a nadie.