Opinión
¿Educación o progresismo?
Al parecer, el Gobierno Nacional habría elaborado, por medio de la Secretaría de Educación, un proyecto de Ley Educativa bajo el ampuloso título:Ley de Libertad Educativa. No está claro si es así. Todo está por verse. Solo hay trascendidos. Sin embargo y por las dudas el progresismo ha salido con los puños en alto para enfrentar el embate reaccionario, según lo denominan.
Lo difundido ha servido para que aparezcan nuevamente las voces que contribuyeron al desastre educativo. De esos ecos nos ocuparemos en la presente nota.
En principio diremos que los distintos gobiernos, a lo largo de la historia argentina, siempre han tenido una palabra, una norma o una ley que orienta la educación en dirección de sus ideas. En la oportunidad no abordaremos la historia argentina. Solo los últimos cuarenta años.
LA LLEGADA DE LA DEMOCRACIA
El gobierno del doctor Alfonsín consideró necesario convocar a un debate educativo. Estaba convencido que la escuela y la educación en general guardaban una cuota de responsabilidad por los malditos años de plomo y muerte. Se trataba de alcanzar un nuevo paradigma que contemplara el renacer democrático. Llamó, entonces, a un Congreso Pedagógico en consonancia con el primer debate serio sobre el tema, acaecido cien años antes, bajo el gobierno del general Roca.
El entusiasmo en el mundo educativo fue general y la participación masiva y generosa. Jornadas intensas, de debate acalorado, concluyeron, en apretada síntesis, en descentralizar y regionalizar la educación para adaptarlas a las necesidades históricas y geográficas de las provincias. Se trataba, según clima de época, de abandonar el enciclopedismo, que de lo general se acercaba a lo particular, para invertir la formula: de lo nuestro al mundo.
Una idea muy generalizada ilustraba la desazón pedagógica. Por aquellos años un célebre pensador afirmaba: “El pueblo en que nací, en el oeste de Buenos Aires, era treinta años antes territorio ranquelino, pero la escuela a la que concurrí ignoraba oficialmente a los ranqueles. Conocíamos el Yan-tse-kiang, el Nilo y el Danubio pero la escuela ignoraba el Salado de Buenos Aires” (Jauretche) Muchos docentes no conocían ni habían leído a don Arturo sin embargo entendían que la escuela sin raíces se encontraba en el aire.
Otra conclusión del Congreso Pedagógico fue la necesidad de ampliar la obligatoriedad, mejorar la calidad educativa e incorporar a la sociedad civil y a las familias para ampliar la base democrática del sistema escolar, por aquello de que la educación es algo tan serio que no puede quedar en manos de los docentes.
EN LOS 90
Hubo en ésta década tres impulsos en dirección a lo discutido y aprobado en el Congreso Pedagógico. Ley de transferencia de servicios educativos (1991) Ley Federal de Educación (1993) y la Constitución de 1994. Por la primera se traspasaron a las provincias los servicios educativos secundarios y terciarios. Las escuelas primarias ya habían sido entregadas en 1978. La regionalización no era solo un asunto de currícula, al decir de Jauretche, era fundamentalmente de gestión.
Las provincias debían hacerse cargo de sus escuelas como lo indicaba la Constitución de 1853 que en su artículo 67 apuntaba que corresponde a las provincias proveer educación primaria a sus habitantes.
La Ley 1420 de obligatoriedad y gratuidad de la educación primaria fue solo para la Capital y los Territorios Nacionales, las provincias que ya habían fundado escuelas adhirieron a los fundamentos de la Ley, por voluntad y acción soberana.
Este esquema de gestión federal fue alterado por la Ley Lainez (4878) centralista y unitaria que ocasionó disparates como el siguiente: “Cuando se estudiaba el griego, llegó al Colegio Nacional de una pequeña capital de provincia el inspector Larsen del Castaño, que dominaba la lengua de Homero. Fue a la clase de griego, y su asombro llegó al infinito cuando un alumno comenzó a recitar la lección. ¿Qué estará enseñando el profesor? Preguntábase Larsen, que no abría los ojos por no humillarle. Pero acabada la clase lo hizo llamar. El hombre que se acercaba encogido, al hallarse frente a quien con media palabra podía hacerle echar a la calle, dijo:
-Discúlpeme señor inspector. Soy padre de familia, con doce hijos. Pedí una cátedra y me dieron la de griego. Le ruego por mis criaturas.
-Bien, lo haré trasladar ¿pero que enseña usted como griego?
-Quichua, señor.” (Manuel Gálvez. En el Mundo de los seres ficticios).
ABRIR LAS PUERTAS
El traspaso puso la realidad sobre los pies. De modo que los pedidos de Roca Techint, que en estos días sugirió volver todo para atrás, al centralismo asfixiante, nos hace correr el riesgo de volver al inspector Larsen.
La Ley Federal de 1993 alentaba el fortalecimiento de la identidad nacional atendiendo la idiosincrasia local, provincial y regional.
Estimulaba los regímenes alternativos de educación, particularmente los sistemas abiertos y a distancia. La participación de la familia, la comunidad, las asociaciones docentes y las organizaciones sociales y el derecho de los padres como integrantes de la comunidad educativa a asociarse y a participar en organizaciones de apoyo a la gestión educativa.
En una palabra la escuela abría sus puertas a la sociedad civil y a los padres. La Constitución de 1994 en su artículo 75 inciso 19 consolidaba lo dicho hasta aquí.
EL KIRCHNERISMO
El mismo personaje que en los 90 participó de la redacción de la Ley Federal, en el kirchnerismo, borró lo escrito diez años antes. Es que Filmus, de él hablamos, da tanto para un barrido como para un fregado. En la Ley de Educación del 2005 desaparecen los padres, la comunidad y las organizaciones de apoyo a la gestión educativa. Es que Flacso se torna tornadizo.
LEY DE LIBERTAD EDUCATIVA
Como se dijo al comienzo de la nota no se la conoce oficialmente pero el progresismo ya ha hablado. El periodismo progre y la Ctera observan con horror la interferencia o centralidad de la familia en el hecho educativo.
“Lo rechazamos por tratarse de un proyecto conservador que impone la idea de la familia como la figura preferentemente responsable de la educación de sus hijos, obturando cualquier principio colectivo de socialización en las escuelas”. De ser cierto que la Ley centraliza en la familia la educación de los hijos es una profundización en la línea de la Ley Federal de 1993. Va en la dirección correcta pues nos aleja de pulsiones totalitarias. Por ejemplo: “Para los bolcheviques la familia era el mayor obstáculo para la socialización de los niños. Al amarlo, la familia convierte al niño en un ser egoísta, y lo alienta a creerse el centro del universo. Era necesario, entonces, reemplazar este amor egoísta por el amor racional de una familia social más amplia” (Figes, O. Los que susurran) El progresismo no es lo mismo, pero es parecido.
Lo difundido ha servido para que aparezcan nuevamente las voces que contribuyeron al desastre educativo. De esos ecos nos ocuparemos en la presente nota.
En principio diremos que los distintos gobiernos, a lo largo de la historia argentina, siempre han tenido una palabra, una norma o una ley que orienta la educación en dirección de sus ideas. En la oportunidad no abordaremos la historia argentina. Solo los últimos cuarenta años.
LA LLEGADA DE LA DEMOCRACIA
El gobierno del doctor Alfonsín consideró necesario convocar a un debate educativo. Estaba convencido que la escuela y la educación en general guardaban una cuota de responsabilidad por los malditos años de plomo y muerte. Se trataba de alcanzar un nuevo paradigma que contemplara el renacer democrático. Llamó, entonces, a un Congreso Pedagógico en consonancia con el primer debate serio sobre el tema, acaecido cien años antes, bajo el gobierno del general Roca.
El entusiasmo en el mundo educativo fue general y la participación masiva y generosa. Jornadas intensas, de debate acalorado, concluyeron, en apretada síntesis, en descentralizar y regionalizar la educación para adaptarlas a las necesidades históricas y geográficas de las provincias. Se trataba, según clima de época, de abandonar el enciclopedismo, que de lo general se acercaba a lo particular, para invertir la formula: de lo nuestro al mundo.
Una idea muy generalizada ilustraba la desazón pedagógica. Por aquellos años un célebre pensador afirmaba: “El pueblo en que nací, en el oeste de Buenos Aires, era treinta años antes territorio ranquelino, pero la escuela a la que concurrí ignoraba oficialmente a los ranqueles. Conocíamos el Yan-tse-kiang, el Nilo y el Danubio pero la escuela ignoraba el Salado de Buenos Aires” (Jauretche) Muchos docentes no conocían ni habían leído a don Arturo sin embargo entendían que la escuela sin raíces se encontraba en el aire.
Otra conclusión del Congreso Pedagógico fue la necesidad de ampliar la obligatoriedad, mejorar la calidad educativa e incorporar a la sociedad civil y a las familias para ampliar la base democrática del sistema escolar, por aquello de que la educación es algo tan serio que no puede quedar en manos de los docentes.
EN LOS 90
Hubo en ésta década tres impulsos en dirección a lo discutido y aprobado en el Congreso Pedagógico. Ley de transferencia de servicios educativos (1991) Ley Federal de Educación (1993) y la Constitución de 1994. Por la primera se traspasaron a las provincias los servicios educativos secundarios y terciarios. Las escuelas primarias ya habían sido entregadas en 1978. La regionalización no era solo un asunto de currícula, al decir de Jauretche, era fundamentalmente de gestión.
Las provincias debían hacerse cargo de sus escuelas como lo indicaba la Constitución de 1853 que en su artículo 67 apuntaba que corresponde a las provincias proveer educación primaria a sus habitantes.
La Ley 1420 de obligatoriedad y gratuidad de la educación primaria fue solo para la Capital y los Territorios Nacionales, las provincias que ya habían fundado escuelas adhirieron a los fundamentos de la Ley, por voluntad y acción soberana.
Este esquema de gestión federal fue alterado por la Ley Lainez (4878) centralista y unitaria que ocasionó disparates como el siguiente: “Cuando se estudiaba el griego, llegó al Colegio Nacional de una pequeña capital de provincia el inspector Larsen del Castaño, que dominaba la lengua de Homero. Fue a la clase de griego, y su asombro llegó al infinito cuando un alumno comenzó a recitar la lección. ¿Qué estará enseñando el profesor? Preguntábase Larsen, que no abría los ojos por no humillarle. Pero acabada la clase lo hizo llamar. El hombre que se acercaba encogido, al hallarse frente a quien con media palabra podía hacerle echar a la calle, dijo:
-Discúlpeme señor inspector. Soy padre de familia, con doce hijos. Pedí una cátedra y me dieron la de griego. Le ruego por mis criaturas.
-Bien, lo haré trasladar ¿pero que enseña usted como griego?
-Quichua, señor.” (Manuel Gálvez. En el Mundo de los seres ficticios).
ABRIR LAS PUERTAS
El traspaso puso la realidad sobre los pies. De modo que los pedidos de Roca Techint, que en estos días sugirió volver todo para atrás, al centralismo asfixiante, nos hace correr el riesgo de volver al inspector Larsen.
La Ley Federal de 1993 alentaba el fortalecimiento de la identidad nacional atendiendo la idiosincrasia local, provincial y regional.
Estimulaba los regímenes alternativos de educación, particularmente los sistemas abiertos y a distancia. La participación de la familia, la comunidad, las asociaciones docentes y las organizaciones sociales y el derecho de los padres como integrantes de la comunidad educativa a asociarse y a participar en organizaciones de apoyo a la gestión educativa.
En una palabra la escuela abría sus puertas a la sociedad civil y a los padres. La Constitución de 1994 en su artículo 75 inciso 19 consolidaba lo dicho hasta aquí.
EL KIRCHNERISMO
El mismo personaje que en los 90 participó de la redacción de la Ley Federal, en el kirchnerismo, borró lo escrito diez años antes. Es que Filmus, de él hablamos, da tanto para un barrido como para un fregado. En la Ley de Educación del 2005 desaparecen los padres, la comunidad y las organizaciones de apoyo a la gestión educativa. Es que Flacso se torna tornadizo.
LEY DE LIBERTAD EDUCATIVA
Como se dijo al comienzo de la nota no se la conoce oficialmente pero el progresismo ya ha hablado. El periodismo progre y la Ctera observan con horror la interferencia o centralidad de la familia en el hecho educativo.
“Lo rechazamos por tratarse de un proyecto conservador que impone la idea de la familia como la figura preferentemente responsable de la educación de sus hijos, obturando cualquier principio colectivo de socialización en las escuelas”. De ser cierto que la Ley centraliza en la familia la educación de los hijos es una profundización en la línea de la Ley Federal de 1993. Va en la dirección correcta pues nos aleja de pulsiones totalitarias. Por ejemplo: “Para los bolcheviques la familia era el mayor obstáculo para la socialización de los niños. Al amarlo, la familia convierte al niño en un ser egoísta, y lo alienta a creerse el centro del universo. Era necesario, entonces, reemplazar este amor egoísta por el amor racional de una familia social más amplia” (Figes, O. Los que susurran) El progresismo no es lo mismo, pero es parecido.
