Páginas de la historia

Eduardo Falú

Decía el periodista Diego Fischerman: “Las canciones de Eduardo Falú, que tantas veces hablaron del paisaje, se incorporaron al paisaje”.

Y me parece muy acertado, porque “Tonada del Viejo Amor” o “Zamba de la Candelaria”, por sólo nombrar dos, son tan absolutamente perfectas, tan naturales y al mismo tiempo sorprendentes, como muy pocas canciones de tradición popular.

Este artista logró crear un universo, y dejarlo en el recuerdo para siempre, en apenas tres minutos. Su manera de frasear en la guitarra, tenía una particular elegancia. Falú cantaba y tocaba sus canciones, ocultando la emoción. Aunque incursionó en algunas obras con orquesta, fue en la miniatura precisa, donde resultó único.

Para mi apreciación, es en esa vidalita tan sentida, que canta Mercedes Sosa, “Palomita del Valle”

, donde aparece la rara belleza, que hace de Eduardo Falú, un artista incomparable.

Su innegable talento, su digitación impecable y su valía como compositor, lo convierten en uno de los más grandes intérpretes folclóricos argentinos de guitarra.

Sin lugar a dudas, fue un gran maestro, que vistió de gala nuestra música.

Su nombre completo era Eduardo Yamil Falú. Había nacido el 7 de julio de 1923 en El Galpón, un pequeño pueblo de Salta, situado a unos 150 Km. de la capital de la provincia. Sus padres eran de origen sirio.

Al poco tiempo se fueron a vivir a Metán, en la misma provincia, donde su padre, administraba una finca y tenía un almacén de ramos generales. Allí se crió y fue a la escuela nuestro músico.

A los once años, empezó a tocar con la guitarra de su hermano mayor, Alfredo. Y así aprendió los primeros acordes. En 1937, tenía 14 años, la familia se trasladó a la capital Salteña, donde Eduardo Falú realizó sus estudios secundarios.

A los 17 años debutó en Radio LV-9 de Salta, con un programa diario integrando el conjunto “Los Troperos”.

Convocado por Buenaventura Luna, formó parte de “La Tropilla de Huachi Pampa”, integrado por Antonio Tormo, entre otros, conjunto folklórico, muy famoso en su tiempo. De ese entonces, datan las primeras grabaciones de sus composiciones.

Su interés por la guitarra, se transformó en una vocación, que comenzó a sentir la necesidad de pulirse, de profesionalizarse, desarrollando especialmente el gusto por la música andina.

En 1941, con 18 años, Eduardo Falú había formado un dúo con César Perdiguero, un compañero de la escuela secundaria, con el que actuaban en actos escolares.

Gente de Radio El Mundo los escuchó y en 1945 se radicaron en Buenos Aires, para debutar a los 22 años en dicha emisora.

Jaime Dávalos, aportó la profundidad de su poesía al folclore argentino, versos, que Eduardo Falú captó en su esencia, otorgándole, su equivalente musical.

La “Zamba de la Candelaria” de 1952, fue la primera, de una serie de composiciones de este binomio creativo, uno de los más importantes del folklore argentino.

Quien no recuerda: “Nació esta zamba en la tarde, cerrando ya la oración cuando la luna lloraba, astillas de plata, la muerte del sol”.

Siendo ya muy conocido, decidió estudiar armonía, con Carlos Guastavino, para perfeccionarse como intérprete y compositor.

A partir de entonces, inició una serie de ciclos radiales y televisivos; grabo discos y realizó giras, que le dieron prestigio internacional. Dio conciertos en EE.UU., en la Unión Soviética, y en París.

En 1963 -tenía 40 años- realizó más de cuarenta conciertos en Japón, con tanto éxito, que volvió a hacerlo 4 veces más.

También le puso música a grandes escritores, como Manuel J. Castrilla, León Benarós, Hamlet Lima Quintana, e incluso Jorge Luis Borges, con quien compuso “José Hernández”.  Con Ernesto Sábato, crearon “Romance para la muerte de Juan Lavalle”.

Y esta figura singular del folklore argentino, moría con 90 años, vividos intensamente en Córdoba, donde residió sus últimos años.

El aforismo final en homenaje a su figura y a su inimitable aptitud artística: “El gran músico nos regala, mucho más que su arte”.