UNA MIRADA DIFERENTE

Durmiendo con el enemigo (Remake).

Por muchos aspectos de la designación y la gestión y conductas de los funcionarios de todo nivel, pareciera que gobierna una coalición liberal-peronista.

Todo gobierno elegido en democracia no tiene otro camino político que negociar con la oposición. Salvo que tenga una mayoría absoluta en las cámaras en cuyo caso se corre el riesgo cierto de que se torne una dictadura democrática, valga el oxímoron. 

LLA estuvo en esa situación desde su inicio, y los intentos de saltearse ese axioma fueron repudiados por una parte de la sociedad, la Corte misma, el periodismo y aun el sector de los propios que no había todavía castrado su pensamiento crítico.

Eso es lo que muchos sostenían y creían que se haría ante el ofrecimiento y apoyo original del PRO: incorporar a su gestión los funcionarios que habían demostrado durante su propio gobierno capacidad e idoneidad para la difícil tarea que se avecinaba. Un ajuste de magnitud requiere, para ser percibido como justo, que las decisiones drásticas las tomen aquellos que conozcan de qué se trata y lo que ocurre en cada área del Estado, y que además sean capaces de explicar y comprender los efectos de cada medida, no a usar precisamente ni la motosierra ni la licuadora, en definitiva, mecanismos precarios y temporarios. 

Pero el nuevo oficialismo prefirió ir por otro camino. Más allá de las declaraciones y milanesas, dejó de lado a los funcionarios eficientes del partido amarillo, y buscó desintegrarlo chupándole algunos de sus puntales políticos, no los gestionadores.

Esa práctica debilitó al partido de Macri, pero también debilitó al Gobierno que se quedó sin el apoyo legislativo de una parte de esa fuerza. Eso se agravó por la decisión de presentar proyectos muy a menudo sin la base de conocimiento necesaria para hacerlo. Pudo haber recurrido a individuos independientes dentro y fuera de la política, de probada seriedad y capacidad. No sólo era difícil que el flamante partido aceptara semejante idea, sino que justamente esos sectores capaces, formados y con conocimientos del funcionamiento de cada área, no estuvieron ni están dispuestos a integrar un gobierno que está sometido a la auditoría y caprichos o conveniencias de la gran hermana presidencial ni al creciente ambiente de conventillo vaccareziano que juega a la política en su entorno de conducción.

También prefirió borrar con su indiferencia a la vicepresidente, con lo que perdió un posible mecanismo para una negociación ortodoxa, reemplazándola en cambio con diversos gestores oficiosos de dudosa calidad y antecedentes, en varios casos con lo que abrió la puerta a toda clase de acuerdos y concesiones o impunidades de todo tipo. 

Elegir siempre mal

Esa situación inicial, más el desmembramiento del Pro, más el advenimiento de legisladores que en demasiados casos rayan en la ignorancia y la irresponsabilidad y que saltan de un sector a otro como langostas, abrazando posiciones contrapuestas de un momento a otro, condenaron a Milei a elegir siempre mal a sus funcionarios, tanto por razones de probidad como de capacidad y conocimiento. 

Tampoco tiene un papel menor en todo ese proceso el concepto subyacente en muchísimos partidarios, seguidores, afiliados y bots del gobierno de que la formación profesional o técnica no es un requerimiento imprescindible. Una forma en muchos casos de ocultar o no querer aceptar su carencia de formación. Coherente con la impresionante cantidad de títulos y estudios que se arrogan muchos de esos personajes, para los que no les hubiera alcanzado el tiempo de vida transcurrido. 

Obligados a gobernar con leyes, el oficialismo se vio en la necesidad de pactar. Tuvo que hacerlo con gobernadores, con sectores no políticos y, después de las elecciones de medio término, incrementarlo con el peronismo. Algunas veces con conocimiento público, otras no. El haber licuado al PRO lo puso en manos del enemigo, al menos del enemigo de turno de la sociedad, cuando no lo mimetizó.

Siempre se sospechó de esas alianzas y acuerdos con el sector massista del justicialismo, y eso se fue ampliando en cantidad y en facciones. La propia división intestina que padece el mileísmo, entre los dos influencers máximos, la hermana y el comohermano presidencial, que también negocian y presionan a su manera como si fueran fuerzas políticas diferentes, obligó a que se incorporasen, por desconocimiento o con conocimiento de causa, una serie de personajes con dudosos prontuarios –usando este término mitad como una metáfora y mitad en su significado judicia – que casualmente ocupan las áreas de espionaje y otras actividades clave del Estado, a la vez que las cajas más importantes y ambicionadas por los arribistas de todo signo.  

Esos funcionarios también rotan, ascienden de la nada o desaparecen hacia la nada con una ligereza y misterio notables.(Y sospechosos). El espectáculo que se presencia a cada paso -como si se tratase de un comportamiento normalizado- de funcionarios no ya de primer nivel, ni de segundo, ni tercer nivel que hacen malabarismos con millones de dólares, propiedades, viajes y autos como si fueran caramelos o figuritas, (obtenido quién sabe a costa de qué gasto público) más las luchas intestinas dentro de las fuerzas que se proclaman libertarias, no son exactamente el mejor justificativo moral a la dureza y a veces irracionalidad e inequidad del ajuste. La sensación de avidez y angurria por el ascenso económico de los protagonistas es vergonzosa. 

Muchas de estas situaciones, en especial las más graves, no han salido a la luz aún, aunque, como dicen los bots de las fuerzas del cielo, los robos descubiertos no se comparan al nivel del robo en los gobiernos anteriores. Ese criterio dejaría en libertad y sin juicio ni castigo a todos los ladrones en moto, arrebatadores de celulares, ladrones de bancos y viviendas, siempre bajo el criterio de que no se compara el valor de su delito con todos los otros robos y estafas que se cometen en el país. La ley, la moral y la ética no tienen un nivel inferior por debajo del cual no rigen. 

¿Impunidad garantizada?

Algo peor se puede concluir si se percibe que casi todos los delitos que van apareciendo son los cometidos por niveles inferiores de la pirámide de poder, con lo que es sencillo proyectar hacia arriba exponencialmente los montos en juego. También la impunidad garantizada que implica para quienes sin prurito ni temor alguno exhiben y exponen el botín de sus andanzas. ¿Cuánto roban sus jefes, y los jefes de los jefes de los jefes?, es la pregunta que mete miedo hacerse, o peor, mete miedo hacer. 

La cantidad de personajes de toda laya que fueron militantes o protegidos del peronismo y que ahora están en la función pública, en el poder, o tienen poder, permite sostener que el gobierno actual no sólo no es una alianza con el PRO, que tiene ideas afines a las enunciadas originalmente por Milei, sino que es una coalición Libertaria-Peronista en la práctica. Algo que no se tiene en cuenta cuando se sostiene que el partido que liderara Cristina Kirchner está en retirada o ha perdido toda significación política. Tal vez el partido sí. Sus cuadros y generadores de caja, no. 

En ese supuesto, Milei corre el riesgo de ser un ajustador más del peronismo, como tantos que tuvo esa fuerza en todos sus disfraces a lo largo de la historia. 

No tener una mayoría legislativa obliga a cualquier gobierno de cualquier país democrático a formar una alianza que le permita gobernar. En su defecto tiene que irse. El desafío y la habilidad de ese gobierno consiste en a quién o quiénes seleccionar como aliados, cuáles son las concesiones que hace, qué es lo que negocia o entrega, con quién o quiénes no se puede aliar ni negociar ni traerlos a su seno, y cómo compatibilizar todo ello con sus promesas a la sociedad, sin terminar deformando sobremanera su identidad, como el proverbial cuento de Saint Exupery sobre la pitón que se traga un elefante y adquiere su forma. Sus formas en este caso. 

Quiénes responden cualquier crítica a la actual gestión con la frase “si no son ellos vuelve el kirchnerismo que es infinitamente peor”, podrían sentirse muy desilusionados y hasta engañados si descubriesen que una parte de ese sector está cogobernando, o al menos haciendo los mismos negocios que antes, ahora coparticipados.  

Quienes en algún momento demandaron del partido que gobierna que lo hiciera dentro de la Constitución y el Republicanismo, deben aceptar que éste o cualquier otro gobierno en minoría parlamentaria incursione en estas alianzas o intercambios. Y que en consecuencia sus resultados no sean cien por ciento acordes a su pensamiento e ideología como desearían. De eso se trata la democracia. 

Como contrapartida ineludible, cuando un gobierno hace esas alianzas, formales, informales, totales o parciales, institucionalizadas o no, tácitas o explícitas, contrae la obligación con la sociedad toda de asegurarse de que como consecuencia o como parte de ellas no fomentará ni tolerará ningún tipo de corrupción, abuso o injusticia al que lo obliguen esos acuerdos, ni que sus socios obligados caigan en ello. 

En el caso doméstico, tal cuidado se debe extender a quiénes en su propio riñón se comportan como una oposición a esos efectos. El problema es que el gobierno no parece estar dispuesto a  o en condiciones de- tener la voluntad de hacerlo, con lo que es fácil colegir que tampoco puede hacerlo con la oposición. Como el hurón que se aparea con la rata a la que supuestamente debía eliminar. 

Porque una cosa es negociar o aliarse en un mecanismo de gobernabilidad con el enemigo. Otra muy distinta es dormir con el enemigo. E infinitamente peor es acostarse con él.