Dos pasiones universales: Gardel y el Mundial de 1930

Por Walter Santoro*

Noventa y seis años después del primer Campeonato Mundial de Fútbol, resulta imposible no advertir un curioso paralelismo entre aquel acontecimiento fundacional y la historia de Carlos Gardel.

Mientras el fútbol daba sus primeros pasos como espectáculo global, Gardel se convertía en el primer artista popular latinoamericano capaz de conquistar el mundo. Ambos fenómenos nacían prácticamente al mismo tiempo y ambos terminarían transformándose en símbolos universales de identidad, pertenencia y emoción colectiva.

Gardel entendía perfectamente ese fenómeno. Nunca se consideró una figura aislada del pueblo. Por el contrario, repetía con frecuencia:

"Mi fama no es mía, es de mi país, de mi pueblo. A quien aplaude el público no es a Carlos Gardel: es al arte popular nuestro, al alma nuestra que, por una casualidad feliz, me ha tocado interpretar a mí."

Esa definición podría aplicarse tanto al tango como al fútbol, dos expresiones nacidas en los barrios que terminaron representando a millones de personas.

En 1930, Montevideo fue escenario del primer Mundial de Fútbol organizado por la FIFA. Trece selecciones participaron de un torneo que todavía estaba lejos de convertirse en la gigantesca industria que conocemos hoy. Los jugadores viajaban en barco, los entrenamientos eran rudimentarios y la pasión popular comenzaba recién a desbordar los estadios.

Pero para quienes vivían aquella época, el acontecimiento tenía una dimensión épica.

Y allí estaba Carlos Gardel; no como espectador ocasional, sino como una de las figuras más populares del Río de la Plata.

Para entonces, Gardel ya había comprendido que el fútbol representaba mucho más que un deporte. Años antes había descubierto esa pasión gracias a su amistad con grandes figuras del fútbol español, especialmente Josep Samitier, el legendario ídolo del Barcelona. El propio Gardel confesó que no se había interesado verdaderamente por el fútbol hasta ver jugar al Barcelona y comprender la entrega, la emoción y el sacrificio que existían detrás de cada partido.

En julio de 1930, Gardel se encontraba actuando en Buenos Aires cuando el Mundial comenzaba a desarrollarse.

Su presencia era tan importante que visitó tanto a la selección argentina como a la uruguaya durante las concentraciones previas a la final. Compartió charlas, cantó tangos, contó anécdotas y llevó algo que en aquellos días resultaba tan valioso como cualquier preparación física: optimismo y confianza.

Los futbolistas argentinos recordaron durante años aquellas visitas. Francisco Varallo relató que Gardel aparecía con frecuencia en la concentración de Santa Lucía, compartía largas sobremesas, tocaba la guitarra y cantaba hasta entrada la noche. Para aquellos jóvenes jugadores, encontrarse con la mayor estrella artística del momento era una motivación extraordinaria.

Nunca estuvo en la filosofía de Gardel fomentar divisiones innecesarias. Comprendía que las pasiones populares debían unir y no separar. Por eso, cuando le preguntaban por quién simpatizaba en aquella final histórica, respondía con una frase que resumía perfectamente su pensamiento: "Tengo mi corazoncito dividido." No era una evasiva; era la expresión sincera de quien entendía que argentinos y uruguayos compartían una misma cultura rioplatense, una misma forma de sentir la música, el barrio, el café y también el fútbol.

Y quizás allí radica uno de los aspectos más fascinantes de esta historia.

Cuando le preguntaban quién ganaría la final, evitaba tomar partido. Sabía que ambas selecciones representaban una misma cultura rioplatense. Comprendía que detrás de los colores existía algo más profundo: una identidad compartida.

Por eso dejó otra frase que quedó para la historia: "El fútbol es más difícil de acertar que las carreras."

La final del 30 de julio enfrentó a argentinos y uruguayos en uno de los partidos más importantes de todos los tiempos. Uruguay se consagró campeón del mundo al imponerse por 4 a 2.

Aquel día nacía oficialmente el Mundial.

Y curiosamente, también comenzaba a consolidarse otro fenómeno popular: el vínculo definitivo entre el tango y el fútbol.

Gardel ya había grabado canciones inspiradas en ese deporte. Temas como Patadura, ¡Sami! o posteriormente Mi primer gol demostraban que había comprendido algo que muchos intelectuales de la época todavía no veían: que el fútbol y el tango expresaban los mismos sentimientos populares. Ambos nacían en los barrios, ambos hablaban el lenguaje de la calle y ambos representaban los sueños de millones de inmigrantes y criollos que estaban construyendo una nueva identidad nacional.

Del mismo modo que comprendió el alma del tango, supo comprender el alma del fútbol. Porque para él ambas expresiones nacían del mismo lugar: el sentimiento popular. No por casualidad afirmaba: "No soy yo el que triunfa, es nuestro tango el que se impone."

Lo mismo podría decirse de aquellos futbolistas que en 1930 comenzaban a llevar los colores rioplatenses por el mundo.

Casi un siglo después, las similitudes siguen sorprendiendo.

Hoy los mundiales paralizan al planeta. Miles de millones de personas siguen cada partido. Los futbolistas son ídolos globales y las selecciones nacionales representan mucho más que un resultado deportivo.

Algo similar ocurre con Gardel.

Noventa años después de su muerte continúa siendo la voz más reconocida del tango en el mundo. Sus canciones siguen sonando en los cinco continentes y su figura permanece viva en el imaginario colectivo.

Quizás porque tanto el fútbol como Gardel lograron algo excepcional: trascender su tiempo.

El Mundial de 1930 fue el comienzo de una pasión universal. Y Gardel estuvo allí.

No como un simple testigo, sino como uno de los grandes símbolos culturales de aquella generación que enseñó al mundo que desde el Río de la Plata también podían nacer leyendas.

Quizás por eso, casi un siglo después, el paralelismo sigue vigente. Cada vez que la Selección Argentina disputa un Mundial, millones de personas vuelven a reunirse alrededor de una misma ilusión. Y cada vez que suena un tango de Gardel, vuelve a ocurrir algo parecido.

Cambian los jugadores. Cambian los cantores. Cambian los escenarios.

Pero las grandes pasiones permanecen.

Porque, como el propio Gardel comprendió antes que nadie, los pueblos necesitan símbolos capaces de expresar sus alegrías, sus nostalgias y sus sueños. En 1930 nacía el Mundial. Y en aquel momento histórico, allí estaba Gardel. No solamente observando el nacimiento de una pasión universal. Sino formando parte de ella.

* Presidente de la Fundación Internacional Carlos Gardel