EL COLUMNISTA INVITADO
Dolarización: sería conveniente repetir la experiencia de Francia, Italia y España
En los 40 años que van desde 1952 hasta 1992, Alemania (entonces la República Federal de Alemania) tuvo una inflación media anual de 3%. En el mismo período, Francia tuvo una de 5,8%, Italia una de 7,4% y España una de 9% por año, siempre en promedio.
Los datos medios anuales ocultan la magnitud de la diferencia del incremento acumulado de los precios al consumidor. Mientras que, en Alemania, el incremento acumulado del IPC durante esos mismos 40 años fue de 224%, en Francia alcanzó a 850%, en Italia a 1.670% y en España a más de 3.000%.
En 1992 se firmó el Tratado de Maastricht, que establecía una serie de condiciones para poder formar parte de la nueva moneda común, que sería el euro. Las condiciones eran cinco: déficit fiscal inferior al 3% del PBI, deuda pública menor al 60% del PBI, tasas de inflación e interés que no superaran ciertos límites y estabilidad del tipo de cambio.
La moneda de más calidad en Europa era la germana; no tenía ningún sentido crear una nueva moneda sobre la base de la lira y la peseta, entre otras monedas europeas inflacionarias y de baja calidad.
El incentivo para los países para cumplir los criterios de Maastricht y acceder al euro desde su lanzamiento era poder beneficiarse de tener una moneda de gran calidad, porque eso implica baja inflación y tasas de interés estables y reducidas.
En lugar de construir una moneda de alta calidad (una tarea de décadas), Francia, Italia y España, entre otros países, tomaron el atajo de adoptar como propio el marco alemán. El llamarlo “euro” fue un enorme acto de generosidad alemana.
Nótese algo clave: para acceder al euro, antes había que estabilizar la economía. Pero una vez estabilizada, cuando la inflación y las tasas de interés ya eran bajas, a nadie se le ocurrió decir “si ya estabilizamos, ¿para qué nos vamos a meter en el euro?”. Todos sabían que solo formando parte del euro se podría estar seguro de “no volver a las andadas”.
¿Los ciclos económicos de España, Grecia, Portugal, Italia y más países están perfectamente sincronizados con los de Alemania? En absoluto. ¿Entonces no sería mejor que cada país tuviera su propia política monetaria? No; ya lo habían intentado durante décadas y habían fracasado. De ahí la inteligencia de ceder esa herramienta (que, en todo caso, no habían aprendido a utilizar bien) y adoptar el marco alemán/euro.
La lección para Argentina es evidente: el final del camino de la estabilización no debería ser intentar convertir el peso en una moneda de calidad, algo lejanísimo y lleno de riesgos; el final de ese camino debería ser la adopción del dólar como moneda nacional.
Es decir, repetir la experiencia de España, Francia e Italia: ellos estabilizaron para cambiar sus respectivas monedas por el marco alemán; Argentina debería estabilizar con el objetivo de cambiar el peso por el dólar. Para que nunca más un político inescrupuloso tenga a mano el arma de destrucción masiva de la emisión monetaria sin control.
No hacerlo sería como reconstruir a nuevo una casa incendiada y, una vez acabada la obra, prestársela a un pirómano para el fin de semana. Estando la clase política argentina llena de pirómanos (probados o potenciales), lo lógico, una vez reconstruida la vivienda, es evitar que puedan volver a provocar un incendio.
La dolarización equivale a esconder los fósforos, los encendedores y el Magiclick. No es a prueba de todo (por ejemplo, podrían destruir la casa a martillazos). Pero si sabemos cuál es la tendencia de un pirómano, no tiene sentido actuar como si todos fueran bomberos.
* Economista (@diebarcelo).
