Desgaste, percepción y los límites de la guerra
Cuatro años y medio del conflicto armado en Ucrania.
A cuatro años y medio del inicio de la fase abierta de la guerra ruso-ucraniana, el conflicto parece haber ingresado en una etapa paradójica. Todos hablan de negociaciones, pero ninguno de los protagonistas principales parece dispuesto a negociar todavía. Vladimir Putin y Volodymyr Zelensky comparten, aunque por motivos diferentes, una misma convicción: cualquier acuerdo será más favorable si antes logran mejorar su posición militar.
Esta realidad explica por qué la guerra continúa a pesar de los esfuerzos diplomáticos, las mediaciones internacionales y el creciente cansancio de las sociedades involucradas. La paz sigue siendo un objetivo declarado, pero la lógica estratégica de los contendientes empuja en sentido contrario. Mientras tanto, el conflicto continúa transformándose.
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La campaña rusa de 2026 en Ucrania parece responder a una lógica operacional coherente cuyo objetivo principal no sería la conquista inmediata de ciudades ni la obtención de grandes ganancias territoriales, sino el aniquilamiento progresivo del agrupamiento militar ucraniano desplegado en el Donbass.
Desde esta perspectiva, Moscú estaría desarrollando una estrategia de desgaste orientada a destruir brigadas, consumir reservas, degradar capacidades logísticas y erosionar la cohesión del sistema defensivo ucraniano. De acuerdo a nuestros análisis Esfuerzo operacional es en Sloviansk-Kramatorsk. El objetivo final sería provocar el colapso operativo del complejo defensivo conformado por Sloviansk, Kramatorsk, Druzhkivka y Kostyantynivka, considerado el último gran bastión ucraniano en el centro del Donbass.
La campaña se desarrolla a través de varios esfuerzos operacionales simultáneos.
En el norte, el eje de Krasny Liman busca fijar fuerzas ucranianas, presionar hacia Borova y limitar la capacidad de Kiev para trasladar refuerzos hacia otros sectores críticos. La presión constante en esta zona obliga al mando ucraniano a mantener importantes reservas comprometidas, reduciendo su flexibilidad estratégica.
El esfuerzo principal parece desarrollarse en el sector central. La finalidad de estas operaciones no sería necesariamente la conquista inmediata de las ciudades, sino el corte progresivo de sus líneas logísticas y de comunicación, dificultando el abastecimiento, la rotación de tropas y el movimiento de reservas.
La lógica responde a un principio clásico del arte operacional: un sistema defensivo puede resultar más vulnerable cuando es aislado que cuando es atacado frontalmente.
Paralelamente, en el sur del frente, el Comando Operacional Este desarrolla operaciones sobre los ejes Hulyaipole-Orekhov. Allí, el objetivo parecería ser la destrucción de las agrupaciones ucranianas desplegadas en la región de Zaporizhia, mediante una combinación de presión frontal, ataques de precisión e interdicción logística.
Este esfuerzo se complementaría con las operaciones del Comando Operacional Dniéper, cuya misión sería ampliar la presión sobre la margen oriental del río, degradar las defensas ucranianas y cooperar en una futura amenaza sobre la ciudad de Zaporizhia. La convergencia de estos esfuerzos permitiría a Rusia obligar a Ucrania a dispersar sus reservas estratégicas en múltiples sectores simultáneamente, dificultando la estabilización del frente y reduciendo la capacidad de reacción operacional del mando ucraniano.
EL EXITO DE LA CAMPAÑA
La lógica general de la campaña puede resumirse en una secuencia relativamente simple: destrucción de brigadas y material de combate; desgaste logístico y de suministros; consumo de reservas; degradación del sistema defensivo; aislamiento operacional de áreas clave; y, finalmente, negociación desde una posición de fuerza.
En consecuencia, el éxito de la campaña no debería medirse únicamente por los kilómetros conquistados o por la captura de determinadas localidades, sino por la capacidad de cada bando para sostener el esfuerzo de guerra, reemplazar pérdidas y conservar la cohesión de sus fuerzas.
Desde esta perspectiva, la guerra en Ucrania se asemeja cada vez más a una competencia de resistencia nacional. La tecnología, los drones, la guerra electrónica y los misiles de precisión desempeñan un papel fundamental, pero continúan subordinados a una realidad clásica de la estrategia: la victoria suele corresponder a quien logra preservar mejor su capacidad de combate y desgastar más eficazmente la del adversario.
Por ello, la batalla de 2026 no parece girar exclusivamente en torno a Kostyantynivka, Krasny Liman u Orekhov. Lo que está en juego es la supervivencia o el colapso del sistema defensivo ucraniano en el Donbass y, con él, la capacidad de Kiev para continuar sosteniendo la guerra en condiciones favorables durante los próximos años.
La dimensión psicológica adquiere aquí una importancia fundamental.
Cuando drones ucranianos alcanzan objetivos próximos a Moscú, el efecto buscado trasciende el plano militar. Se intenta introducir una duda en la opinión pública rusa, cuestionando la imagen de control absoluto proyectada por el Kremlin. La historia ofrece numerosos ejemplos de este tipo de operaciones. No se trata solamente de destruir objetivos, sino de influir sobre percepciones, expectativas y estados de ánimo.
La guerra moderna ya no se libra exclusivamente en tierra, mar y aire. Tampoco únicamente en el espacio o el ciberespacio. Se libra también en el dominio cognitivo. Es precisamente aquí donde adquiere relevancia lo que podríamos denominar la Niebla de la Guerra 2.0. Clausewitz describió la niebla como la incertidumbre inherente al combate. En el siglo XXI esa incertidumbre se ha expandido. Ya no afecta solamente a los comandantes en el campo de batalla. También alcanza a gobiernos, medios de comunicación y sociedades enteras.
La dificultad actual no consiste únicamente en saber qué ocurre, sino en comprender por qué ocurre y cómo interpretarlo.
En este sentido, resulta significativo que investigaciones periodísticas occidentales hayan revelado el profundo nivel de cooperación existente entre los servicios de inteligencia estadounidenses y ucranianos desde 2014. La existencia de una infraestructura de inteligencia desarrollada durante años demuestra que el conflicto no surgió de manera espontánea en febrero de 2022. Existía una confrontación estratégica previa, caracterizada por la competencia geopolítica, la acumulación de capacidades militares y una creciente percepción de amenaza por parte de todos los actores involucrados.
Reconocer estos antecedentes no implica justificar la decisión rusa de iniciar las operaciones militares de 2022. Significa simplemente comprender que los conflictos internacionales rara vez responden a explicaciones simples o lineales. Explicar no equivale a justificar; comprender no implica aprobar.
La guerra de Ucrania constituye un ejemplo clásico de cómo las percepciones pueden adquirir una importancia comparable a los hechos materiales.
Para Moscú, la expansión de las estructuras occidentales hacia sus fronteras representaba una amenaza estratégica creciente. Para Kiev, la cooperación con Occidente constituía una garantía indispensable para su supervivencia. Para Washington, el conflicto ofrecía la oportunidad de limitar el poder ruso sin comprometer tropas propias. Para Europa, la situación aparecía inicialmente como un desafío de seguridad regional.
Cuatro años después, los resultados son mucho más ambiguos.
Europa enfrenta una creciente presión económica, energética e industrial. Rusia ha sufrido pérdidas significativas, pero ha demostrado una capacidad de resistencia superior a la prevista por muchos analistas occidentales. Ucrania continúa combatiendo con determinación, aunque a un costo humano extraordinario. Estados Unidos observa el conflicto mientras concentra cada vez más atención en la competencia estratégica con China.
En este contexto surge una cuestión incómoda: ¿hasta qué punto los distintos actores han evaluado correctamente los riesgos de escalada?
Durante la Guerra Fría existía una comprensión relativamente clara de los límites impuestos por la disuasión nuclear. Hoy esos límites parecen más difusos. El suministro de armamento de largo alcance, la integración creciente de inteligencia occidental y la ampliación de los espacios de confrontación generan nuevas incertidumbres. El principal peligro no reside necesariamente en una decisión deliberada de iniciar una guerra mayor. La historia demuestra que muchas crisis internacionales evolucionaron por errores de cálculo, percepciones equivocadas o interpretaciones erróneas de las intenciones del adversario. Y cuando las potencias nucleares comienzan a operar sobre percepciones erróneas, los riesgos adquieren una dimensión completamente diferente.
Por eso la pregunta central ya no parece ser quién ganará la próxima batalla ni quién conquistará la próxima ciudad. La cuestión decisiva es si los actores involucrados serán capaces de construir una salida política antes de que el desgaste acumulado y la dinámica de escalada generen consecuencias imposibles de controlar.
La experiencia histórica enseña que las guerras terminan cuando las partes consideran que continuar combatiendo resulta más costoso que negociar. Pero para llegar a ese punto es necesario comprender las líneas rojas de todos los protagonistas, incluso de aquellos con los que se discrepa profundamente.
Desde la perspectiva argentina, la principal enseñanza de esta guerra no se encuentra en la disputa territorial del Donbass ni en las controversias ideológicas que dominan el debate internacional. La lección más importante radica en comprender que el poder nacional en el siglo XXI continúa descansando sobre elementos clásicos: cohesión social, capacidad industrial, autonomía tecnológica, seguridad energética, resiliencia logística y voluntad política.
La tecnología ha transformado la forma de combatir, pero no ha eliminado las verdades fundamentales de la estrategia.
Como tantas veces en la historia, el resultado final seguirá dependiendo de la combinación entre recursos materiales, liderazgo político y voluntad de resistencia. La infantería, el hombre concreto sobre el terreno, continúa definiendo el desenlace táctico de las batallas. Pero el resultado estratégico dependerá de algo más profundo: qué nación conserve mayor capacidad para sostener el esfuerzo de guerra, reemplazar sus pérdidas y mantener su voluntad política. No vencerá necesariamente quien avance más rápido, sino quien resista más tiempo. Y es precisamente en ese terreno donde todavía no aparece una solución cercana.
