“Dentro del teatro encuentro mi lugar”

Andrea Garrote estrenó ‘Amaru’, la obra de la que es autora, directora y protagonista en el Picadero. Habla sobre la escena como refugio frente a las pantallas, la crisis de las salas independientes y su doble rol arriba y abajo del escenario.

En tiempos donde la velocidad de las pantallas fragmenta los vínculos y altera nuestra percepción del tiempo, Andrea Garrote pone el foco en estos temas y los lleva a escena en ‘Amaru’, la obra de la que es protagonista, autora y codirectora junto con Carolina Stegmayer en el Picadero.

Definida por su propia creadora como una “comedia de enredos engañosa”, ‘Amaru’ funciona en realidad como una “crítica amorosa de esa clase media ilustrada que hoy parece en vías de extinción”. En la historia, un matrimonio de intelectuales de clase media intenta sostener ciertos consumos, gustos y modales en plena decadencia. Todo estalla cuando llega la novia del hijo, una joven, ávida de escuchar sus saberes, que despierta en ellos un inesperado enamoramiento intelectual.

Por estos días, además, Garrote multiplica su presencia en la cartelera porteña asumiendo la dirección de ‘Prima facie’, con Julieta Zylberberg, y ‘El estado de la unión’, con Gonzalo Heredia y Eleonora Wexler.

 

LABORATORIO HUMANO

-En la obra el hijo decide dejar las pantallas, ¿siente que el teatro hoy funciona como una suerte de resistencia a la adicción digital?

-Pasa algo raro: la madre tiene el celular bastante encima, y verlo con distancia en el teatro es como volver a mirarlo por primera vez, con esa sensación que teníamos cuando aparecieron los smartphones y tomaron nuestras cabezas, o cuando veías a alguien hablando solo en la calle o a la gente mirando el celular en el subte. Yo me acuerdo que al principio no tenía y decía: “Dejen eso”. Era algo enojoso, te preguntabas qué les pasó. Después uno cayó ahí y, en la pandemia, ni hablar. Pero me parece que en algún momento esto va a quedar como cuando todo el mundo fumaba: darle las pantallas a los chicos y no tener control de su uso... Siento que ya se está viniendo una contracorriente. Y una de las particularidades de la obra es justamente esa: el chico y su novia, Amaru, han dejado los celulares. Ese es el primer gesto de transformación que tienen.

-¿Con qué le gustaría que se quede el público tras ver la obra?

-Creo que hay muchos conceptos dichos de una manera muy graciosa y muy llana como para que se queden pensando. Espero que sea así, porque a mí eso me gusta del teatro: creo que tiene que ser un lugar de pensamiento y de libertad, gracioso y con autocrítica. Hoy en día es difícil pensar juntos porque hay mucha agresividad, vigilancia y susceptibilidad en el ambiente; en cambio, el teatro tiene todas las condiciones para eso. Siempre recuerdo una conferencia que fui en los 90 donde decían que el teatro tenía que recuperar la filosofía como en la antigua Grecia. Para mí, hablar desde los personajes es poner en conflicto lo que no sé: no quiero decir verdades, porque todos somos contradictorios. Poder reírnos de nuestras propias contradicciones nos humaniza y nos hace más cercanos. Hacemos lo que podemos, pero nunca hay que dejar de reflexionar y de ver ese laboratorio de comportamiento humano que es el teatro.

-Cuando comenzó a escribirla, ¿ya sabía que también la iba a protagonizar?

-Sí, sí... ya sabía que la iba a actuar. Tiene otro gusto cuando uno prueba ese nivel, como me pasó con ‘Niños del limbo’: estar adentro es como armarte la fiesta. Yo siempre digo que el director arma toda la fiesta y después va y abre la puerta y los demás bailan; acá, en cambio, es como armar la fiesta y saber que la vas a pasar bien.

 

PULSO TEATRAL

-Actriz, directora, dramaturga, ¿hay alguna faceta en la que se sienta más cómoda?

-Arranqué pensando más en mí misma como actriz, y lo demás era un gusto que me daba de vez en cuando. De hecho, durante varios años fui parte de las obras de El Patrón Vázquez -compañía teatral que fundaron con Rafael Spregelburd- con las que estuvimos de gira, pero siempre estaba opinando sobre la dramaturgia y la dirección. Me costaba mucho ser dirigida por otros porque siempre terminaba aportando, a veces hasta de más, y tampoco podía elegir cualquier cosa para actuar. Después de dar clases mucho tiempo y entrenar escenas, empecé a ayudar con los textos que iban saliendo o a escribirles cosas a los actores, y ahí se fueron abriendo caminos nuevos. Hoy siento todo mucho más parejo. Me encanta dirigir y creo que próximamente voy a escribir una obra sin actuarla. Dentro del teatro encuentro mi lugar de alegría, de comodidad; es mi oasis y me siento una privilegiada por eso.

-Entre tantas propuestas teatrales, muchas de autores extranjeros, ¿se siente una privilegiada de poder estrenar su propio texto?

-Sí, totalmente. Y yo creo que debería haber más políticas de estreno para obras de autores nacionales. Con la desfinanciación que hay en el cine, la música y otras artes, el teatro tiene la ventaja de que se puede hacer sin depender tanto de la gran industria. Pero hay que tener mucho cuidado de que no se pierda el ecosistema de las salas independientes, que es donde aparecen las nuevas cosas y las vanguardias. Eso es mucho más importante que tener diez obras de teatro comercial. Que haya dos o cuatro éxitos basados en películas no modifica la cultura de nuestra ciudad; pero sí que haya cinco o veinticinco salitas es clave.

-¿Cómo ve la actualidad del teatro?

-Veo que, por un lado, el teatro tiene la gran ventaja de diferenciarse de otras experiencias y de contar con una comunidad que nos acompaña, que tiene un lazo y un hábito. He viajado por festivales a lugares del mundo donde con el teatro no pasa nada, es una tristeza, y eso por lógica genera peor teatro. Pero, por otro lado, en vez de fortalecer redes para que nuestras obras puedan viajar por el interior del país, o para que vengan obras de las provincias, algo que no sería tan caro de hacer, o de dar subsidios a las salas para que no tengan que hacer una patriada para sostener un espacio, esas ayudas mínimas están en peligro. Ahí es donde hay que poner un ojo de alerta.