Delphine de Vigan y la gratitud como virtud

Por Fernando Adrián Bermúdez *
La escritora francesa Delphine de Vigan, oriunda de Boulogne-Billancourt y nacida el 1° de marzo de 1966, es además guionista de cine y una de las autoras más leídas y traducidas en la actualidad. En 2001 publicó su primera novela, Días sin hambre, en la que relata su experiencia con la anorexia durante su juventud.
En 2005 publicó un libro de cuentos y será recién en el año 2007 cuando se produce su mayor éxito editorial con su obra No y yo, que ganó el Premio Rotary International en 2009, así como el prestigioso premio francés Prix des libraires. Esta última tuvo una adaptación cinematográfica dirigida por Zabou Breitman.
A partir de allí ha publicado sendas obras, entre las cuales podemos citar Nada se opone a la noche en 2011, Basada en hechos reales en 2015, Las lealtades en 2018, “Las gratitudes” en 2019 y, su última obra, Los reyes de la casa en 2021.

“LAS GRATITUDES”
En la presente nota, quisiéramos dedicar algunas reflexiones a su obra “Las gratitudes”, cuya temática, narración y estética hacen de esta obra literaria un esplendor de la palabra, de los vínculos, de la ancianidad y la gratitud como don, actitud y virtud, dignas de reconocer y recomendar su lectura.
Bien se ha dicho que es una bellísima novela sobre la gratitud, sobre lo importante que es poder dar las gracias a aquellos que nos han ayudado en la vida y, como trataremos de demostrar, también sobre el valor de la palabra, el silencio y, en definitiva, de la literatura.
La obra narra la historia de Michka Seld, una anciana que, poco a poco, está perdiendo el habla y las palabras debido a su afasia. Junto a ella están Marie, su vecina que la cuida, y Jérome, su logopeda. Este último, una vez ingresada en el geriátrico, trata de que recupere el habla. Michka tiene un último deseo que les comunica a ambos: encontrar al matrimonio que, durante la ocupación alemana, la salvó de morir en un campo de concentración ocultándola en su hogar y a quienes nunca les dio las gracias, y ahora quiere hacerlo.

DAR LAS GRACIAS
Marie se pregunta al inicio de la obra: ¿Os habéis preguntado alguna vez cuántas veces al día dais las gracias? Por ejemplo, gracias por la sal, por la puerta, por la información, por el cambio, por el pan, por el paquete de tabaco… Gracias a ti, gracias por todo, gracias de verdad. La expresión de vuestra gratitud, de vuestro agradecimiento, de vuestra deuda. ¿A quién? ¿Al profesor que os abrió la puerta al mundo de los libros? ¿Al joven que intervino cuando os agredieron en la calle? ¿Al médico que os salvó la vida? ¿A la vida misma?.
Estas reflexiones de Marie se refieren a Michka, siendo consciente de que es muy importante y que le debe tanto en su vida, al punto que, sin ella, probablemente ya no estaría allí.
Ahora bien, se pregunta: ¿fui suficientemente agradecida? ¿Le mostré mi agradecimiento como se merecía? ¿Estuve a su lado cuando me necesitó, le hice compañía, fui constante? A partir de allí, recuerda a lo largo de la novela los últimos meses, las últimas horas, las conversaciones que tuvieron, su sonrisa y los silencios. Todos aquellos momentos compartidos tratando de determinar el día en que se dio cuenta de que algo había cambiado irremediablemente y empezaba la cuenta atrás.

PALABRAS Y SILENCIO
El otro personaje saliente de la novela será Jérome, que visitará a Michka periódicamente para ayudar a recuperar la palabra. Él mismo afirma que es logopeda y cuyo trabajo es: “… con las palabras y con el silencio. Con lo que no se dice. Trabajo con la vergüenza, con los secretos, con los remordimientos. Trabajo con la ausencia, con los recuerdos que ya no están y con los que resurgen tras un nombre, una imagen, un perfume. Trabajo con el dolor de ayer y con el de hoy. Con las confidencias. Y con el miedo a morir. Forma parte de mi oficio”. Como se ve, no sólo es un mero técnico que ejercita a sus pacientes en recuperar las palabras, sino también, y sobre todo, las imágenes, la congoja, el silencio, la humillación y la memoria.
Cuando los veía en las sesiones por primera vez, siempre buscaba la misma imagen: “…la imagen de antes. Tras sus miradas borrosas, sus gestos inseguros, sus cuerpos encorvados o doblados por la mitad, busco al muchacho o a la muchacha que fueron como quien pretende descubrir el esbozo original de un dibujo repasado torpemente con rotulador. Los observo y me digo: ella también, él también amó, gritó, gozó, nadó, corrió hasta perder el aliento, subió las escaleras de cuatro en cuatro, bailó toda la noche. Ella también, él también cogió trenes, metros, paseó por el campo, por la montaña, bebió vino, se levantó tarde, discutió sobre el sexo de los ángeles. Me conmueve pensar en ello. Voy en busca de la imagen e intento resucitarla, no puedo evitarlo”.
En cada una de las sesiones con Michka, él trataba de realizar los ejercicios que había seleccionado, pero ella solo quería conocerlo y hablar con él. En una de esas conversaciones, ella le dice la importancia de decir a tiempo las gracias, de poder retribuir agradeciendo a todas aquellas personas que nos han ayudado y querido en nuestras vidas, lo que lleva a Jerome a recapacitar sobre la situación que tenía con su padre y a empezar, por ella, a entender la necesidad de reconstruir ese vínculo y terminar de agradecer por todo, a pesar de la distante y difícil situación entre ellos.

ENVEJECER ES APRENDER A PERDER
La novela, además de hacernos interpelar sobre la gratitud como don, actitud y virtud, también nos hace reflexionar sobre la vejez y el duro tránsito que llevamos al envejecer. En uno de sus pasajes se dice: “Envejecer es aprender a perder. Asumir, todas o casi todas las semanas, un nuevo déficit, una nueva degradación, un nuevo deterioro. Un día ya no puedes correr, ni caminar, ni inclinarte, ni agacharte, ni levantarte, ni estirarte, ni encorvarte, ni darte la vuelta de un lado, ni del otro, ni hacia delante, ni hacia atrás, ni por la mañana, ni por la noche, ni nada de nada. Solo puedes conformarte, una y otra vez”.
Junto con la gratitud y la vejez, aparecen dos temas centrales de la novela: la palabra y la memoria. En este sentido, se dice: “Perder la memoria, perder los referentes, perder las palabras. Perder el equilibrio, la vista, la noción del tiempo, perder el sueño, perder el oído, perder la chaveta. Perder lo que te han dado, lo que te has ganado, lo que te merecías, aquello por lo que luchaste, lo que pensabas que nunca perderías. Readaptarse. Reorganizarse. Apañárselas. No darle importancia. No tener ya nada que perder”. Palabras duras pero llenas de sentido y realidad, que la autora del libro logra ennoblecer con sus personajes.

DEMASIADO TARDE
Nos sucede seguido como seres humanos pensar que uno tendrá tiempo para decir todas las cosas que quiere y demostrar todos los afectos necesarios, y, sin embargo, nos damos cuenta de que ya es demasiado tarde, que nuestros seres queridos han partido y no hay marcha atrás.
El personaje entrañable de Michka nos hace reflexionar: “Uno piensa que basta con dar muestras de cariño, con hacer gestos, pero no es verdad, hay que decir lo que se siente. Decir, esa palabra que tanto te gusta, las palabras son muy importantes...”.
Estamos frente a una obra que nos toca la fibra más íntima y nos hace comprender, con Cicerón que “el agradecimiento es no solo la mayor virtud, sino también la madre de todas las virtudes”.

* Docente Universitario UM – UNCuyo.