El columnista invitado

Del Mayo francés del ´68 al argentino del ´26

 

Por Jorge Giorno * 

Mayo de 1968 no fue solamente una revuelta estudiantil en París. Fue una sacudida cultural, moral y política que puso en discusión la autoridad, la universidad, el trabajo, la familia, el deseo, la palabra pública y el derecho de una generación a no aceptar como destino aquello que otros habían decidido por ella

Aquellas jornadas comenzaron en el mundo universitario francés y derivaron en una crisis social mucho más amplia, con una huelga general que alcanzó a millones de trabajadores. Pero su marca más perdurable no quedó sólo en los documentos políticos, sino en las paredes: “Prohibido prohibir”, “La imaginación al poder”, “Sean realistas, pidan lo imposible”, “Debajo de los adoquines, arena de playa”. Allí estaba condensada una filosofía: la libertad no como licencia individualista, sino como apertura de un horizonte común.   

Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre fueron, cada uno a su modo, voces de ese clima de época. No inventaron Mayo del 68, pero ayudaron a darle lenguaje. Sartre había sostenido que el hombre está condenado a ser libre: es decir, que no puede escapar a la responsabilidad de elegir. Beauvoir había demostrado que ninguna identidad humana debe ser reducida a una condena biológica, social o cultural. En ambos, la libertad era inseparable de la responsabilidad

No se trataba de hacer cualquier cosa, sino de asumir que cada decisión individual proyecta una idea de sociedad. Esa es quizá la enseñanza que sobrevive con más fuerza: no hay libertad verdadera cuando el otro queda humillado, excluido o convertido en objeto. 

DESDE NUESTRO PAIS 

Mirado desde la Argentina, Mayo del 68 tiene una resonancia particular. Nuestra juventud actual vive en una democracia fatigada, atravesada por la incertidumbre laboral, la velocidad digital, la precariedad de los vínculos, el desencanto con los partidos y la sospecha permanente sobre las instituciones. Muchos jóvenes no se reconocen en los lenguajes tradicionales de la política. No quieren discursos envejecidos ni liturgias vacías. Pero tampoco han renunciado a buscar sentido. 

Se expresan en redes, en causas ambientales, en nuevas formas de identidad, en demandas de transparencia, en el deseo de participar sin quedar atrapados por aparatos. Tal vez no pinten muros en el Barrio Latino, pero escriben sobre otras paredes: las pantallas, las calles, los barrios, las universidades, los trabajos intermitentes, las comunidades digitales. 

GENERACION SILVER 

Sin embargo, hay otra generación argentina que también debe ser incorporada a este paralelo: la llamada generación silver. Hombres y mujeres que hoy superan los cincuenta o sesenta años y que no constituyen una reserva pasiva del pasado, sino una memoria activa del país. Muchos fueron jóvenes durante los años más duros de la violencia política, la censura, el miedo y la dictadura. 

Sobrevivieron a una Argentina donde pensar podía ser peligroso, militar podía ser sospechoso, leer podía ser motivo de persecución y disentir podía costar la vida. Para esa generación, “Prohibido prohibir” no fue una ocurrencia ingeniosa: fue una herida histórica. Y “La imaginación al poder” no fue sólo una frase poética: fue la esperanza de que la política pudiera volver a ser creación y no obediencia. 

Esa generación silver argentina, lejos de representar una nostalgia, puede ser hoy un puente imprescindible. Conoce el precio de perder la libertad y también conoce el riesgo de banalizarla. Sabe que la democracia no es apenas votar, sino poder hablar, organizarse, publicar, enseñar, disentir, crear, reunirse, proyectar. Sabe que debajo de los adoquines no siempre aparece la arena de playa; a veces aparece la memoria de los que no volvieron. Por eso su experiencia puede dialogar con la juventud actual: unos traen la energía de lo nuevo; otros, la conciencia de lo que nunca debe repetirse. 

El desafío argentino consiste en reunir esas dos fuerzas. La juventud necesita algo más que indignación: necesita pensamiento, organización, sensibilidad histórica. La generación silver necesita algo más que memoria: necesita volver a intervenir, transmitir sin imponer, acompañar sin tutelar, participar sin creer que todo tiempo pasado fue mejor. Mayo del 68 enseñó que una sociedad puede envejecer institucionalmente aunque esté llena de jóvenes, y que puede rejuvenecer moralmente cuando se anima a discutir lo establecido. 

LA LIBERTAD 

Por eso resulta peligroso que la palabra libertad sea apropiada como consigna partidaria. La libertad no pertenece a un gobierno, a un líder ni a una fuerza política. Mucho menos puede reducirse a una marca electoral o a un grito de campaña. Algunos han hecho de la libertad una bandera propia, pero la libertad argentina es anterior y superior a cualquier oficialismo: está en la Constitución, en la recuperación democrática, en las Madres y Abuelas, en los estudiantes, en los trabajadores, en los emprendedores, en los artistas, en los científicos, en quienes piensan distinto y aun así forman parte de la Nación. 

La libertad no puede ser invocada para clausurar la solidaridad, despreciar la cultura, descalificar al adversario o convertir la vida pública en una batalla de enemigos. Si Mayo del 68 dejó una advertencia, es que la imaginación sin responsabilidad puede diluirse, pero la libertad sin comunidad puede volverse una forma de intemperie. La Argentina necesita recuperar una libertad más alta: no la libertad contra el otro, sino con el otro; no la libertad como propiedad de una facción, sino como patrimonio común de todos los argentinos. 

* Exdiputado de la Ciudad en dos períodos y presidente de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE). Actualmente es presidente del Partido de las Ciudades en Acción.