Del ´Hossana´, al ´Crucifíquenlo´
Señor Director:
Jerusalén y Argentina. Dos escenarios separados por siglos y unidos por una constante bastante menos noble que la épica: la volubilidad obscena de la multitud. Una ciudad que un domingo se embriaga de fervor agita ramas como si la historia fuera un desfile triunfal, y apenas unos días después exige clavos, sangre y espectáculo. El mismo coro, la misma garganta, distinto libreto. Nada más fácil que pasar del “hosanna” al “crucifíquenlo” cuando pensar incomoda y seguir la corriente es gratis.
Pero para nosotros, los católicos, hay una diferencia esencial que incomoda a los simplificadores, lo que sucede en Jerusalén no fue un mero giro de opinión pública ni una encuesta que salió mal. Fue cumplimiento, fue misterio, fue redención. La respuesta de las élites fue política, sí, pero lo que allí se jugaba trascendía infinitamente la mezquindad de quienes creían estar controlando los hilos. Creyeron sofocar una amenaza y terminaron siendo instrumentos de aquello que pretendían evitar.
Acá no. Acá no hubo misterio ni profecía que redima la torpeza. Hubo un problema brutalmente político- la violencia terrorista- que exigía decisión, coraje y costo. Y la dirigencia política, por ideología o por simple cobardía, eligió lo único que sabe hacer con maestría, no resolverlo. Delegó. Miró para otro lado. Esperó que otros hicieran el trabajo que a ellos les correspondía.
Y cuando ese “otro”, las Fuerzas Armadas y de Seguridad, hicieron lo que ellos no se animaron a hacer, cuando alguien efectivamente enfrentó aquello que desbordaba al Estado, entonces llegó la liturgia conocida, el juicio tardío, la condena conveniente, la amnesia selectiva. Primero la súplica desesperada; después, la lapidación prolija con la ayuda de lo que en este país se le llama justicia. La ética del sálvese quien pueda
Sociológicamente, no hay misterio en ninguno de los dos casos, la masa no razona, reacciona. Se entusiasma con promesas de redención y se disciplina con miedo y propaganda. Hoy aclama, mañana condena; hoy santifica, mañana necesita culpables.
Políticamente, el guion sigue siendo de una prolijidad irritante. En Jerusalén, las élites religiosas entendieron que el Galileo era un peligro cuando vieron a la multitud rendida a sus pies; el Domingo de Ramos fue, para ellos, una advertencia, no una fiesta. Había que neutralizarlo. Acá, la dirigencia que no supo resolver el incendio teme que alguien le recuerde quién dejó que el fuego avanzara. Y entonces reescribe, invierte culpas y reparte certificados de virtud retrospectiva.
Allá, en una semana, la historia mostró su dimensión eterna. Acá, en años, apenas vimos una versión más larga- y bastante más barata- del mismo reflejo humano, cuando la responsabilidad pesa, siempre es más fácil encontrar a quién crucificar que hacerse cargo.
JOSE LUIS MILIA
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