Del Golem al Dr. Frankenstein

Grandes fueron las obras de Judah Loew ben Bezalel, conocido como Rabí Loew, el rabino de Praga famoso por su sabiduría y poderes. Su nombre debería estar escrito entre los grandes de la historia, pero, como la memoria de los hombres es frágil e ingrata, nadie lo recuerda por sus logros, que fueron muchos y notables, sino por la monstruosa criatura que creó.
¿Quién recuerda la lucha del Rabí contra las agresiones que diezmaban su grey? Pocos evocan su gestión ante el emperador Rodolfo II, el rey alquimista (nieto del célebre Carlos V), para llevar la paz al pueblo judío de Praga.
El Rabí Loew, preocupado por las persecuciones e impuestos exorbitantes que debían soportar los hijos de Israel, decidió hablarle a este emperador con fama de sabio, presentándose de forma tal que no pudiese negarle la palabra.
Una mañana, mientras el carruaje real recorría las calles de la ciudad, el Rabí Loew se interpuso en su trayecto. “¡Sal del camino del Rey!”, le gritaba la multitud. El Rabí Loew se quedó inmóvil ante la carroza. La gente, impaciente, le arrojó piedras y estas, ante los ojos asombrados del emperador, se convirtieron en flores. No pudo Rodolfo negarse a recibir a este personaje de poderes mágicos, quien le relató las injusticias que pesaban sobre los hebreos de Praga. Rodolfo, impresionado por sus palabras, les concedió a sus súbditos judíos la protección requerida y, desde entonces, al emperador y al rabino los unió una sincera y profunda amistad.
Como lo bueno que hemos hecho en vida se entierra con nuestros huesos, solo se recuerda su equívoca creación: el Golem, monstruo de arcilla hecho para proteger al pueblo judío de las persecuciones a las que periódicamente eran sometidos.
A fin de defenderlos, el Rabí creó este engendro que reconoce muchos finales para su desgraciada existencia (inequívoca señal de que nadie conoce su real historia).
Algunos autores sostienen que el monstruo se suicidó; en otras versiones, éste se subleva y acaba destruyendo a su creador.
Jorge Luis Borges eligió la versión más hermética, la de la palabra mágica escrita sobre su frente: “Emet”, la verdad. Borrada una sola letra de esta verdad, el Golem regresa a su estado original, es decir, vuelve a ser una masa amorfa de arcilla, porque la palabra que queda en su frente, “met”, era sinónimo de muerte.
El Golem del Rabí Loew de Praga era la continuación de una antigua tradición, tan vieja como Adán, el primer ser al que Dios insufló vida.
Adán fue el primer Golem del que se tenga memoria.
¿Acaso el Rabí Loew, tentado por la soberbia, pretendió imitar al Creador, o era un bienintencionado protector del pueblo de Israel? Las respuestas se reflejan en los distintos finales de la historia.
Si pecó de soberbia, merecía el castigo de ver a su criatura vuelta contra él. Ya lo daba a entender el Génesis: estos seres de barro y costilla no eran de confiar. Tarde o temprano, traicionarían a su Creador. Si el Rabí pretendió proteger al pueblo de Israel al dar vida al Golem, tomó el recaudo de plasmar en la frente de su creación la clave para su destrucción, una válvula de seguridad frente a la inconsistencia. El sabio, de esta manera, demostraba haber comprendido el mensaje de Yahvé, que desconfió de Adán y, más que nada, de su costilla aviesa.
Siguiendo el consejo divino, el Rabí encerró en esa clave el código de su destrucción.
¿Tiene el ser humano inscrita esa clave en su código genético? ¿Tenemos los hombres la llave de nuestra autodestrucción?
La respuesta acepta tantas respuestas como creencias sostenemos.
Los científicos la llaman “apoptosis”, la muerte programada de las células.
Unos ven la muerte como el camino a la vida eterna y otros, un salto al vacío de la nada. Cada uno tiene su código privado para morir: su destino está sellado en su ADN o en las estrellas o en las palmas de sus manos. Cada cual lo entenderá según su saber y entender.
La historia de la criatura maligna creada por el hombre reconoce predecesores e imitadores de la gesta del Rabí Loew.
Ya los griegos nos habían advertido sobre Pandora y su curiosidad.
El soberbio Paracelso, ese médico tan particular, en su De Natura Rerum (1537) contaba su creación de un homúnculo hecho a imagen y semejanza de los hombres, pero en proporciones tan minúsculas que era fácil de llevar de un lado al otro. Nadie pudo comprobar la existencia de este homúnculo que, muy probablemente, solo fue otra patraña bombástica del fanfarrón de Paracelso.
San Alberto Magno -patrono de las ciencias- decía haber creado el primer androide parlante, destruido por la impaciencia de su discípulo preferido -Santo Tomás de Aquino- en un ataque de furor juvenil.
Después del Rabí, los ejemplos se multiplicaron. Goethe nos dejó su Fausto, donde el Dr. Wagner también crea un homúnculo que lo guía en un viaje misterioso hacia la antigua Grecia en busca de la belleza.
Muchos otros textos reflejan este espíritu desconfiado hacia las criaturas confeccionadas por manos humanas como el Ruiseñor de Andersen, la Olympia de los cuentos de Hoffmann (a la que hay que darle cuerda para que termine de cantar) y el Pygmalion de Bernard Shaw. En todos estos relatos la criatura creada se vuelve contra el creador.
El personaje más conocido que recrea el espíritu del Golem es el “Frankenstein” que escribiera Mary Shelley a los 19 años.
A diferencia del Rabí (y de Jehová), el Dr. Frankenstein se valió de carne, huesos, tripas y cerebros de criminales ajusticiados para generar a su monstruo. La mélange suturada más un arco eléctrico al que Volta le diera su nombre, fue suficiente para insuflar vida a la criatura. El producto final era tan patético como el del Rabí (y como el Adán de Jehová): un monstruo que se las da de autosuficiente pero que es indiscutiblemente vulnerable.
La criatura de Shelley traiciona por inseguro, recrimina por insatisfecho y asesina por instinto. En definitiva, casi un ser humano.
El Golem, Frankenstein y el Ruiseñor nacen como cuentos para asustar a los niños porque el mundo está seguro de que estas criaturas, tarde o temprano, se volverán contra sus artífices. Asimov y Bradbury, con criterio más científico, insistieron sobre el tema: en algún momento los autómatas o robots (término creado por el dramaturgo checo Karel Čapek) se rebelarán y estos, engendros de latón o de carne suturada, serán los dueños del mundo.
Al parecer existe un consenso: los científicos son tan perversos o tan tontos que, a la larga, producirán daños irreparables para ellos mismos y la sociedad. Aun los dibujos animados abundan en estos “científicos locos” que ponen en peligro al mundo.
Los mismos creadores de la IA nos advierten de sus peligros. De hecho, ellos han sido víctimas de su creación.
A pesar de esta advertencia literaria, la historia nos ha demostrado lo contrario. Los inconvenientes surgen cuando los científicos o investigadores, empujados por el exitismo o la búsqueda de ventajas económicas o políticas, impulsan sus desarrollos hacia terrenos inexplorados y resbaladizos...
El mundo se divide entre quienes creen en la ciencia y sus soluciones y quienes desconfían de ella. Los científicos han cometido errores en el pasado, pero sus correcciones surgen de la misma ciencia. De la ignorancia, nada bueno sale. Y en la historia de la humanidad, la falta de conocimientos ha cometido más males que el exceso de conocimientos...
Dentro de esa ignorancia está su manipulación mediática y política, más cuando éstos se prestan a interpretaciones pseudocientíficas, como las que se hicieron de Darwin y su “supervivencia del más apto”, construyendo un evolucionismo social y una eugenesia que no estaba entre las ideas del zoólogo inglés.
De todas maneras, si alguna vez van a Praga, no dejen de visitar el Cementerio Judío para poner una piedrita sobre la tumba del Rabí Loew. Algunos lo harán como muestra de admiración. Otros lo harán con íntima conmiseración, al comprender que el Rabí Loew, con toda su sabiduría, solo era un Golem de Dios, una torpe criatura que pretendía emular al Creador.