Del Donbass a Silicon Valley

Como deciamos la semana pasada, Carl von Clausewitz escribió hace casi dos siglos que “la guerra es un acto de fuerza para obligar al adversario a cumplir nuestra voluntad”, pero también advirtió que, aunque su naturaleza permanece constante, su carácter cambia con cada época. Esa observación resulta hoy más vigente que nunca.

Reiteramos: Quien pretenda comprender la guerra de Ucrania únicamente siguiendo el movimiento de las líneas del frente corre el riesgo de perder de vista la transformación más profunda del conflicto. Mientras la atención pública permanece concentrada en el Donbass, los cambios decisivos comienzan a producirse en los ministerios, los laboratorios, las universidades, las industrias de defensa y las grandes empresas tecnológicas.

En los últimos días, el coronel austríaco Markus Reisner señaló un hecho aparentemente menor pero de enorme trascendencia estratégica: Rusia comienza a abandonar gradualmente la expresión “Operación Militar Especial” para referirse cada vez con mayor frecuencia a una verdadera guerra contra el conjunto del apoyo occidental a Ucrania. No se trata simplemente de un cambio de lenguaje. En la lógica clausewitziana, cuando cambia el objetivo político también cambia el carácter de la guerra.

Ese cambio conceptual encuentra su correlato sobre el terreno.

Los últimos comunicados del Ministerio de Defensa ruso muestran una presión sostenida sobre prácticamente todo el frente oriental. Los principales esfuerzos continúan desarrollándose en los sectores de Kupiansk, el eje Sloviansk-Kramatorsk-Druzhkivka, el centro del Donbass y el límite occidental de la región de Donetsk con Dnipropetrovsk. Más que anunciar grandes rupturas operacionales, describen una estrategia de desgaste permanente, mediante avances tácticos limitados, presión constante sobre las defensas ucranianas y ataques sistemáticos contra depósitos logísticos, infraestructura energética, talleres de ensamblaje de drones y centros de abastecimiento. Si bien estos comunicados representan la visión oficial de Moscú y deben contrastarse con otras fuentes independientes, diversos analistas occidentales coinciden en que Rusia conserva hoy la iniciativa operacional en buena parte del teatro de operaciones.

 

SEÑALES DE ADAPTACION

Del lado ucraniano también aparecen señales de adaptación. La reorganización del gabinete impulsada por el presidente Volodímir Zelenski refleja la necesidad de adecuar el Estado a una guerra cuya duración ya se mide en años y no en meses. Toda guerra prolongada termina transformando no solamente a los ejércitos, sino también a las instituciones políticas, la economía y la industria.

Pero el cambio más profundo probablemente esté ocurriendo fuera del campo de batalla.

Durante gran parte del siglo XX los protagonistas de la innovación militar fueron las grandes industrias tradicionales de defensa. Nombres como General Dynamics, Lockheed Martin, Boeing o Northrop Grumman simbolizaban la superioridad tecnológica occidental.

Hoy el escenario comienza a modificarse.

Junto a esas compañías aparecen nuevos actores provenientes del mundo digital: Palantir, Anduril, SpaceX, Microsoft, Google y Amazon Web Services. Silicon Valley ha dejado de ser únicamente el corazón de la revolución informática para convertirse también en un componente esencial de la arquitectura estratégica occidental.

El caso de Palantir resulta particularmente ilustrativo. Cofundada por Peter Thiel y desarrollada inicialmente con apoyo de In-Q-Tel, el fondo de inversión vinculado a la comunidad de inteligencia estadounidense, la empresa representa una nueva generación de capacidades militares basadas en la integración de inteligencia artificial, procesamiento masivo de datos y apoyo a la toma de decisiones. Más allá de las discusiones políticas que suscita, el fenómeno estratégico es evidente: la superioridad militar dependerá cada vez menos de la cantidad de plataformas disponibles y cada vez más de la velocidad con que un Estado logre transformar información en decisiones.

 

MILLONES DE DATOS

La revolución no consiste únicamente en la aparición de nuevos drones. El verdadero cambio reside en la integración de millones de datos provenientes de satélites, sensores, radares, inteligencia electrónica, observación espacial y reconocimiento aéreo, procesados mediante inteligencia artificial para reducir drásticamente el ciclo de decisión. El desafío ya no consiste en obtener información; consiste en convertirla en conocimiento útil antes que el adversario.

Estados Unidos parece haber comprendido esta realidad. Los debates en torno a DARPA muestran que Washington continúa fortaleciendo el vínculo entre investigación científica, innovación tecnológica e industria militar. Rusia, por su parte, privilegia otro camino: la adaptación continua surgida de la experiencia directa del combate. Dos modelos diferentes de innovación, ambos impulsados por la misma guerra.

John Mearsheimer había advertido hace años que la ampliación de la OTAN sería percibida por Moscú como una amenaza estratégica de primer orden. Los acontecimientos posteriores parecen confirmar que la dimensión geopolítica continúa siendo inseparable de la explicación del conflicto. Sin embargo, la guerra ha evolucionado mucho más allá de aquella discusión inicial. Hoy asistimos a una competencia integral donde intervienen simultáneamente la economía, la energía, la inteligencia artificial, la industria, el espacio, el dominio cibernético y las operaciones de información.

 

OPERACIONES MULTIDOMINIO

Por eso, el concepto de Operaciones Multidominio deja de ser una formulación doctrinaria para convertirse en una realidad observable. Tierra, mar, aire, espacio, ciberespacio y dominio cognitivo actúan de manera integrada. La guerra ya no enfrenta únicamente ejércitos; enfrenta ecosistemas nacionales de poder.

La principal enseñanza para la Argentina trasciende ampliamente el conflicto europeo. La experiencia ucraniana demuestra que la defensa nacional ya no puede concebirse exclusivamente como la adquisición de nuevos sistemas de armas. La verdadera capacidad estratégica depende de la articulación entre el Estado, las Fuerzas Armadas, el sistema científico-tecnológico, la industria y el sector privado innovador.

En ese sentido, preservar y fortalecer capacidades nacionales construidas durante décadas por organismos como INVAP, la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE), Fabricaciones Militares, FAdeA, Tandanor, las universidades nacionales y numerosas empresas tecnológicas argentinas constituye una auténtica política de defensa. La experiencia internacional demuestra que el conocimiento científico, la capacidad industrial y la autonomía tecnológica no pueden improvisarse cuando comienza una guerra.

Clausewitz sostenía que toda guerra descansa sobre una “extraña trinidad”: el gobierno, las fuerzas armadas y el pueblo. Dos siglos después esa idea conserva plena vigencia. Pero el siglo XXI ha modificado profundamente el entorno en el que esa trinidad desarrolla su acción. Hoy la fortaleza de un estado, depende también de su capacidad para integrar ciencia, tecnología, industria, innovación e inteligencia en un único esfuerzo estratégico.

Los mapas seguirán siendo indispensables para comprender la evolución de las operaciones. Sin embargo, quien limite su mirada al Donbass difícilmente alcance a comprender la verdadera transformación que está ocurriendo.

La guerra de Ucrania no solo está definiendo el futuro de un territorio. Está mostrando cómo se construirá el poder militar del siglo XXI y cuáles serán las condiciones necesarias para preservar la soberanía nacional en las próximas décadas.