UNA RELECTURA HISTÓRICA DE LA ARGENTINA EN EL MUNDO

Del Buen Ayre a este presente

POR THIAGO BATTITI

El 2 de febrero de 1536 -fecha de la fundación del Puerto de Nuestra Señora del Buen Ayre por Pedro de Mendoza- no fue un acto accidental ni un simple pie de página en una crónica imperial. Fue la consagración de una misión geopolítica, espiritual y civilizadora para el Río de la Plata: una puerta abierta al mundo, desde donde la civilización hispánica proyectaría su forma, su ley y su FÉ en el corazón del continente.

Buenos Aires no nació para ser mercado pasivo ni enclave desconectado. Nació como articulación de rutas, latitudes y voluntades humanas entre Europa y América, bajo la égida de la Virgen, símbolo de custodio y de destino trascendente. Esta fundación implica una verdad que hoy vuelve a ser interpelada: la soberanía no se hereda para abandonarla, sino para defenderla en tiempo real.

En estos días la Argentina ha enfrentado acontecimientos que, vistos bajo la lupa de esa misión fundacional, revelan tensiones similares a las de hace casi cinco siglos: crisis interna, presiones externas y disputa por el sentido de la Nación.

La noticia dominante ha sido la catástrofe de los incendios en la Patagonia, que han consumido decenas de miles de hectáreas de bosques y tierras, dejando comunidades desplazadas y cuestionamientos profundos sobre políticas ambientales y de gestión estatal. El debate no es sólo ecológico: es político y moral. La reducción drástica del presupuesto de combate al fuego —una decisión del gobierno nacional— ha tenido consecuencias devastadoras, y la respuesta oficial, entre tecnocrática y evasiva, ha alimentado desconfianzas y tensiones sociales.

En la memoria fundacional de Buenos Aires, cada hectárea de tierra y cada pueblo habitado tenían un significado sacramental; hoy, la tierra que arde en la Patagonia recuerda que la soberanía territorial no se protege con discursos, sino con estructuras públicas eficaces. La política de achicamiento del Estado —heredera de un liberalismo extremo que hoy identifica valores cristianos con fórmulas de mercado— entra en colisión con la realidad material de una Nación que debe proteger sus recursos y su gente.

No menos revelador para la comprensión del presente es el foro internacional en Davos, donde el presidente de la Nación ha hablado de la Argentina como “farol de la civilización occidental”, ensalzando lo que algunos han llamado “valores judeocristianos” como base de la libertad y de la alianza con el mundo occidental.

EL FUNDAMENTO

Pero aquí conviene una precisión histórica y doctrinal: el verdadero fundamento de nuestra identidad no es una tipología ideológica importada, sino la FÉ Cristiana Católica Apostólica Romana e Hispánica, que forjó nuestras instituciones, símbolos y sentido de comunidad. La confusión entre categorías culturales occidentales y la FÉ revelada conduce a lecturas ambiguas de nuestra historia y de nuestro rol en el concierto de naciones.

De hecho, un reciente informe del Foro Económico Mundial (Davos) subrayó que el principal riesgo de la Argentina en 2026 es la insuficiencia de servicios públicos y de protección social, resultado directo de las políticas de austeridad implementadas por la administración nacional. Esto pone de manifiesto un contraste inquietante: mientras se invocan valores civilizacionales en el plano retórico global, en el terreno concreto se debilitan las capacidades públicas que sostienen la soberanía y la cohesión social interna.

El enfoque económico vigente, que reduce la presencia del Estado, disminuye la protección social y prioriza la apertura al capital global, responde a una lógica que algunos analistas comparan con una reconfiguración colonial moderna, donde la economía se orienta a materias primas y servicios extractivos, con menor densidad industrial y menor protección de capacidades estratégicas del país.

Esta tensión entre intereses externos y prioridades internas no es nueva en la historia argentina; está inscrita desde la fundación de Buenos Aires, cuya puerta fue siempre bidireccional: diálogo con el mundo y cuidado de lo propio. Cuando esa puerta se abre sin resguardo ni criterio de soberanía, la Nación se expone a la fragmentación antes que a la integración.

La Patagonia arde, la capacidad estatal se tensiona, el debate sobre identidad y valores resurge en foros globales, y la economía nacional disputa entre apertura financiera y necesidades sociales. Estos hechos no son aislados: son manifestaciones contemporáneas de la tensión esencial de una patria que busca conciliar su misión histórica con las exigencias del presente global.

El revisionismo histórico que aquí proponemos no es retorno nostálgico al pasado, ni rechazo acrítico del mundo actual. Es una lectura política que confronta el sentido fundacional del 2 de febrero de 1536 con las realidades de 2026, invitando a que la Argentina recupere su vocación de sujeto libre de la historia y custodio de su destino.

Porque la soberanía no se declara: se practica. Y su práctica exige la conjunción de memoria viva, política eficaz y FÉ profunda en la misión que nuestros mayores nos legaron.