De repente, las candilejas o cuando el desconocido se transforma en famoso

Generalmente el éxito es el resultado de un largo ejercicio de paciencia, o la consecuencia de esa fórmula que atribuye a la transpiración un abrumador, mayoritario porcentaje. A veces, -no muy a menudo, claro,- el azar, la casualidad, alguna circunstancia fortuita o simplemente una buena estrella obran el milagro y súbitamente transforman al desconocido en famoso, catapultan al ignoto transformándolo en célebre.
Y no sólo en el mundillo de la farándula suelen cosecharse famas repentinas. El fenómeno de la popularidad súbita, casi siempre fortuita e inesperada para los propios protagonistas, se registra también en el deporte, la astrología y hasta la cirugía cardiovascular.
Para una nota en la revista “Siete Días” de hace exactamente medio siglo, no me fue fácil conformar una nómina de notorios, signados por este “repentismo”, que resultara además equitativa en cuanto a su distribución por profesiones.
El deporte, -quizá por los rigores del entrenamiento y la persistencia del trabajo,- era el sector más avaro en prodigar consagraciones de la noche a la mañana. En las entrevistas que hice, un par de nombres lo representan: el del futbolista Roberto Telch y el del maratonista Delfo Cabrera. No ocurría lo mismo en el ambiente artístico, - en especial dentro del mundillo televisivo- donde menudean las circunstancias azarosas capaces de redimir los más profundos anonimatos.
El astrólogo Horangel, los cómicos Alberto Olmedo y Haydée “La Chona” Padilla me relataron también las insólitas circunstancias que propiciaron -en menos de lo que canta un gallo- su caudalosa popularidad.
Otros sectores del arte de ese entonces encontraron su representación en el director cinematográfico Rodolfo Kuhn, el bailarín Oscar Aráiz, el escritor Enrique Medina y la modelo Teté Coustarot, todos signados también por una repentina fama cuyos curiosos entretelones recogí en una nota que se completó con una consagración ajena al ámbito artístico, pero que dejó a todos con el corazón en la boca: la del cirujano Miguel Bellizi, el realizador del primer trasplante cardiaco en la Argentina.

LOS PROTAGONISTAS
* ALBERTO OLMEDO
: Yo hice de todo: fui repartidor de carne, de verduras, de farmacia, linotipista, amasador de pan, manejé una jardinera, vendí diarios, trabajé de acróbata y cuando vine a Buenos Aires, en 1954, el director Pancho Guerrero me hizo entrar en el Canal 7 como ayudante técnico. Yo cambiaba de oficio a cada rato porque sabía que iba a encontrar algo que me daría satisfacción. Un día, hacía fines de 1954, los ánimos estaban muy caldeados en el canal por razones laborales y yo, para aliviar las tensiones, empecé a hacer algunas payasadas; los ejecutivos del canal que se estaban yendo, se quedaron mirándome. Una semana después debutaba con un monólogo. Comencé trabajando con Tincho Zabala y Rodolfo Crespi. Ahora, que ganó 200 veces más que antes, cuando vivía en una pieza con otras seis personas en Lavalle y Maipú, y comía día por medio, escucho a algunos que me dicen: “Vos sí que la tenés”. Una vez, me paré a charlar con uno y le conté mis pasadas penurias. Me pidió perdón. Yo sé que hay gente, que queda mareada con la fama. No es mi caso. Yo siempre seré: “El Negro Olmedo”.

* DELFOR CABRERA: Hacia 1948, cuando gané la medalla de oro en maratón, en las Olimpíadas de Londres, muchos quedaron boquiabiertos. Aunque estaba lejos de ser un don nadie -era campeón nacional y sudamericano de fondo- nadie me conocía. Es el destino del deportista amateur. Yo, que trabajaba como bombero, tenía un único afán: emular a Juan Carlos Zabala, “el ñandú criollo”, que ganó la maratón en 1932. Y lo logré él mismo día -un 2 de agosto- dieciséis años después. Imagine la poca fe que nos tendrían, que el presidente de la delegación argentina se enteró de mi triunfo porque lo despertaron cuando dormía la siesta. “¡Que mañana, me perdí la foto!”, atinó a decir. La maratón se corría en el más puro estilo griego: 40 kilómetros por la calle. Y el evento culminaba en el estadio de Wembley, en presencia de la reina. Le gané a un inglés por sólo cien metros. Y así me convertí en famoso. El milagro duró dos horas y media; el tiempo que demoré en ganar la maratón. ¿La fama? Es linda si viene acompañada de dinero. Si no, es una molestia.

*HAYDEE PADILLA (LA CHONA): Yo siempre había acuado como actriz dramática, en diversos teleteatros. Un día, allá por 1966, una persona que se divertía mucho cuando yo hacía La Chona - imitaciones de entrecasa, realizadas en rueda de amigos - quiso que me viera el dueño de Canal 9, Alejandro Romay. “Vos entrá hablando como La Chona”, me dijo. Al escucharme, Romay explotó: “¿Y vos, donde tenías guardado ese personaje?” Así comenzó la cosa. En el programa “Tropicana” hice un monólogo. El director, que no sabía nada de antemano, se quedó con la boca abierta. El esperaba que hiciera uno de mis habituales personajes. Inmediatamente mi contrato, que era por un mes, fue ampliado a tres años. En menos de tres semanas me hice muy popular: en el colectivo la gente me preguntaba por “el Hétor”, los tacheros no me cobraban; uno me vino a buscar al canal con su mujer para que fuera a comer a la casa de su madre, cuya mayor ilusión era conocerme. Fui y la viejita se quedó chocha. Las mujeres me hacen cómplice de sus cosas; cuando voy a la cancha, me gritan: “Chona, te viniste sin el Hétor, te viniste”. La gente se identifica con el personaje y me brinda mucho cariño”.

* HORANGEL: Desde los 14 años me dedico a investigar en astrología. También enseñé Física, Historia, Matemáticas y Cosmografía en una academia que preparaba alumnos para el ingreso a la universidad. El espaldarazo lo recibí en 1963, con el programa “ Mensaje Astral”, que transmitía Canal 9. Allí, en octubre, predije que algo gravísimo le sucedería a John Kennedy entre el 22 y el 24 de noviembre. No era una agorería. Yo explicaba a la teleplatea ciertas coincidencias cósmicas e históricas. Cuando Kennedy cayó asesinado en Dallas, yo no recordé mi vaticinio: cuando hago una predicción, me olvido y a otra cosa. Pero el público quedó pasmado. A nivel internacional mi pronóstico tuvo también una gran repercusión: mis palabras se tradujeron hasta al birmano y vino a verme gente desde Francia, Estados Unidos e Italia. Pero yo no hago estudios personales, a menos que lo pida, por ejemplo, un presidente. En una situación así, es imposible negarse.

* TETE COUSTAROT: En mi caso, el azar tiene el nombre de un fotógrafo de la revista Siete Días, Osvaldo Dubini. En el verano de 1969 me vio en Mar del Plata e insistió que participara en el concurso de Miss Siete Días. Entonces, mi vida se transformó: atrás quedaron mis estudios de periodismo en La Plata, un empleo en una agencia de autos, algunos desfiles. Desde que gané el concurso y salí en la tapa de Siete Días, comenzó la popularidad. Me invitaron a programas de televisión, empezaron los reportajes; la gente, en la calle, comenzaba a decirme “Chau, Teté” y de pronto me di cuenta de que mis modas, sobre todo mis maneras de cortarme el pelo, eran imitadas. De todas maneras, yo creo en el factor suerte; una vez me equivoqué de piso y entré a una oficina donde estaba reunida gente de publicidad. Apenas abrí la puerta, me miraron y dijeron: “Esta es la modelo que estamos buscando”. Y me contrataron para una publicidad de un shampoo. De igual modo, cuando viajé a Estados Unidos, caí justo para una campaña publicitaria que me permitió pasarme dos meses en Japón. Claro que la suerte -que no siempre es grela- para mí tiene el nombre de la revista Siete Días.

* RODOLFO KUHN: A los 15 años empecé a hacer cine con mis compañeros de colegio. Un año después gané un premio del Cine Club Argentino con mi cortometraje “Delirio”. Obligado por mi padre, estudié medicina un par de años y en 1956 empecé a trabajar como asistente de dirección de Lowe. Fui a Nueva York donde estudié con el cineasta alemán Hans Richter, volví al país y produje el primer teleteatros unitario argentino - “Teleteatros a la hora del té”. Pero la fama llegó recién con “Los jóvenes viejos”. El guión lo escribí entre 1958 y 1959, pero fue rechazado varias veces por el Instituto Nacional de Cinematografía, que negaba los créditos por considerarlo poco interesante. Por fin la película se realizó en 1961 con María Vaner, Alberto Argibay, Marcela López Rey y Jorge Rivera López, entre otros. Si el eco que halló en el público fue inmenso, el de la crítica fue triunfal. El diario La Nación dijo que era una de las mejores películas que se hubieran hecho jamás. En Europa me compararon a Orson Welles y a Buñuel. Cristina Rochefort escribió: “Nadie creerá que se trata de una ópera prima por la madurez con que está tratada”. Yo pensé que siempre podría vivir del cine de largometraje. Pero la realidad se encargó de demostrar lo contrario.

* ROBERTO TELCH: En 1964 yo era suplente del Seleccionado Argentino que debía enfrentar a Brasil en Pacaembú. Tenía 20 años y estaba haciendo el servicio militar. Antes había jugado en Defensores de Billinghurst, de donde pasé a San Lorenzo. Al comenzar el partido con Brasil yo estaba en el banco, pero un imprevisto cabezazo de Pelé le rompe el tabique nasal a Messiano. Entonces entré yo. Rattín me dijo: “Salí a jugar libre, que yo lo marco a Pelé”. Y salí como si tuviera un motor fuera de borda: era mi gran oportunidad. Marqué dos goles (el partido terminó tres a cero), con lo cual la Argentina se alzó invicta con la Copa de las Naciones. ¿Las jugadas del gol? No me las olvidaré jamás. Onega la tira al centro, la toma Alfredo Rojas y de un pelotazo le rompe el pecho a Gilmar. Y la pelota se queda ahí. Entonces, yo le pego de sobrepique. Un jugador de Brasil la quiere sacar, pero se traba a sí mismo y cae. Fue el primero. El segundo vino con una pelota que paró Onega y yo la mandé al fondo del arco. Me di cuenta de mi popularidad, cuando en Ezeiza vi la manifestación que coreaba mi nombre. Perdí la corbata, me rompieron el traje. Yo sabía que el triunfo no era casual, porque me tenía confianza.

* OSCAR ARAIZ: La idea consistió en montar un audiovisual con danzas. Casi una revista, pero sin sketches hablados, donde mezclé música de los Beatles con la Sinfonía de los Juguetes de Haydn y algo de música concreta. En la melange se juntaba “Lucy in the sky with diamonds” con un boletín metereológico radial, un gol aullado en el mejor estilo, una receta de cocina, una ranchera cantada por Mercedes Simone. Se llamó “Crash” y se estrenó en el Instituto Di Tella en el año 1966. Durante seis meses se dio con un lleno completo y lo interrumpí para hacerme cargo de la primera consecuencia de mi súbita popularidad; es decir de la dirección del ballet del Teatro Municipal. No se muy bien que elementos contribuyeron a ese éxito. Tal vez fue la mixtura de música de Pink Floyd con “La consagración de la primavera” de Stravinsky. Tal vez se debió a que “Crash” fue la primera obra que incursionó por la nostalgia, mostrando viejos álbumes de familia y antiguas postales. Había días en que la sala estaba llena de viejitos, que se iban cantando. Pero eso sí, para poder seguir creando, el éxito debe ser conquistado todos los días.

* ENRIQUE MEDINA: Entre los 6 y los 16 años viví en un reformatorio. Trabajé como peón de obra, linotipista, mimbrero, técnico en la Ballester Molina; estudié Bellas Artes, cine y también hice títeres, con los que recorrí toda Centroamérica durante seis años. Siempre me gustó escribir, claro, y un buen día me propuse trabajar en una novela que narraba mi paso por el reformatorio: tardé cinco años en escribirla, entre 1965 y 1970. Dos años después se publicó “Las Tumbas”, con un notable éxito editorial. Pero mi popularidad se la debo en gran parte a los medios masivos de difusión, que promocionaron mi libro. Como yo trabajaba de cameraman en Canal 11, pude vincularme con gente que me ayudó mucho. Así me empezaron a llamar de todos lados. La gente me paraba en la calle, como en el caso de una mujer que me detuvo para preguntarme ¿que reformatorio debía elegir para internar a su hijo? Yo le contesté que antes de hacer eso era preferible tirarlo al inodoro: no había entendido nada mi libro. Los quiosqueros me conocen y cuando pasó vocean “Las Tumbas” como si fuera un diario. Ahora soy popular: “Transparentes”, mi última novela vendió 50 mil ejemplares.

* MIGUEL BELLIZI: Desde el año 1958 trabajé en cirugía experimental en los Estados Unidos con los cardiocirujanos Denton Cooley y Michael Debakey y lo seguí haciendo cuando volví al país en 1965, en el hospital Rawson. Cuando en 1967 Christian Barnard realizó su primer trasplante, nuestro equipo ya estaba a punto para hacerlo, pero carecía de un ámbito apropiado. El 27 de mayo de 1968 atendí a un paciente de apellido Serrano, afectado de insuficiencia cardíaca terminal: estaba casi agónico. Decidí trasplantarlo. Pedí un donante al Costa Buero. Consiguen uno, pero la familia se opone. Mientras volvía a mi casa, cambiaron de idea. Una telefonista avisa a un diario que se hará un trasplante de corazón. Horas después, cuando llegué a la Clínica Modelo de Lanús, había un periodista de “Clarín” que me dice: “Doctor, usted va a hacer un trasplante”. Él lo sabía antes que yo.
Fue una verdadera apoteosis. El paciente vivió cinco días y murió de una hemorragia al cerebelo, sin que el trasplante tuviese nada que ver con su deceso. La operación duró entre las 2 y las 5 de la mañana del 31 de mayo. Cuando salí del quirófano, el tránsito estaba cortado. Me pedían autógrafos.