LA BELLEZA DE LOS LIBROS

De osos y burros

Por Danilo Albero

Leo una nota en El País donde informa cambios de tamaño y genética de los osos por el accionar, a lo largo de siglos, del homo sapiens; los hay polares adaptados a un mundo sin hielo y algunos osos pardos están cambiado hábitos alimenticios. De resultas: “En muchas regiones de Europa, ha habido una selección a favor de los individuos más tímidos”.

Así un oso de los Apeninos pesa la mitad que uno europeo y para precaverse de sus incursiones en busca de comida en los contenedores de residuos, se colocan petardos y plantan frutales y nogales monte arriba para que no tengan necesidad de bajar a zonas pobladas.

Esta historia me remontó a otra, de 2019, archivada a la espera de ser escrita, porque la relacioné con fábulas y relatos con animales.

CLAVERINA

La nota hablaba de una inminente cumbre entre España y Francia por los desmanes de Claverina, osa eslovena asilada en la zona pirenaica de Béarn, vecina a Navarra. Claverina y una amiga fueron traídas para ser las prometidas de dos osos machos de la zona y así repoblarla.

En su nuevo hogar, a la espera de encontrarse con su Romeo, Claverina descubrió que las ovejas navarras son uno de sus platos favoritos. La Unión Europea no exige documentación para transitar entre los países integrantes y, a la hora del almuerzo, la osa cruzaba la frontera.

Los pastores navarros que, ante la ausencia de predadores criaban sus ovejas en libertad, vieron que Claverina actuaba con la felicidad de un zorro en un gallinero –valga la comparación zoológica– y tomaron medidas “políticamente correctas” -alarmas, alambres electrificados-; ni hablar de darle caza.

Un viejo proverbio reza “no vendas la piel del oso antes de cazarlo”. Ahora, mentalidades progres intentaron hacer un da capo ecológico y retornar a la edad de oro, de un pasado que siempre fue mejor, y luchan por sus derechos de plantígrada. Clavelina manducaba ovejas, los pastores navarros vieron peligrar su modo de vida: la fuente de proteínas de la zona estaba amenazada, también la de lana, fibra textil ecológica. La solución: ¿cercar la zona para defender a las ovejas? ¿Y Claverina, su Romeo y los oseznos? ¿Dejarlos morir de hambre? ¿Darle su ración de carne de oveja? ¿Intentar cambiarles la dieta por derivados de soja?

BALOO

Recuerdo historias y relatos que aluden a osos: el pedagogo Baloo de El libro de la selva de Rudyard Kipling y la historia del osezno que, junto con su mamá osa, salvó Theorore Roosevelt –oxímoron de imperialista y ecologista, mentor de la política del big stick

y de parques y reservas naturales–, por esta razón los ositos de peluche fueron bautizados Teddy Bear.

Por su parte los rusos tuvieron, como mascota de los Juegos Olímpicos de Moscú de 1980, a Misha (cachorro de oso pardo, animal asociado simbólicamente con Rusia), diminutivo de Mikhail, forma cariñosa de decir oso en ruso. Pero también los rusos son famosos por sus “abrazos de oso”.

No tengo mayores referencias de fábulas cuyos protagonistas sean osos, solamente L’ours et l’amateur de jardins (El oso y el jardinero) de Lafontaine, que tampoco los deja bien parados.

Es la historia de un oso bobo que hace amistad con un jardinero y se dedica a espantarle moscas e insectos. Un día, cuando el floricultor duerme la siesta, un mosquito se posa en su nariz; fracasado su intento de ahuyentarlo, al oso se le ocurre matarlo con un adoquín que estrella sobre el insecto y la cabeza del jardinero, con resultados previsibles que aparecen en la moraleja: “Rien n’est si dangereux qu’un ignorant ami; mieux vaudrait un sage ennemi.” (Nada es más peligroso que un amigo ignorante, mejor valdría un enemigo sabio).

De esta fábula deriva la expresión francesa le pavé de lóurs (el adoquín del oso) que alude a una ayuda o elogio de un amigo ignorante que redunda en perjuicio o daño para quien la recibe.

SOBRE ASNOS

Tratándose de asnos recuerdo de memoria parte de la fábula del burro disfrazado de león que leímos en el curso de Latín I, en la secundaria: “Asinus leonis pelle indutus per campos currebat. Hoc spectaculum bestias turbat et homines terret; mulieres et pueri fugiunt…” (Un asno vestido con piel de león corría por los campos…). Asnal broma cuyo resultado fue que los humanos huyeran apavorados pero: “At subito auris ingens” (de improviso, una enorme oreja) aparece por debajo de la piel leonina y revela el fraude. Las víctimas, muelen a palos al bromista y lo encierran en un establo.

El relato pervivió en mi memoria porque es lo contrario a la metáfora del lobo en piel de cordero; en este caso es un débil que desea hacerse pasar por poderoso y fracasa; un fásmido artificial fallido que revela y evidencia la imagen del burro asociada con la falta de inteligencia.

Ovidio y Esopo harán otro tanto: el primero en Metamorfosis con las orejas de asno del rey Midas; el segundo en varias de sus fábulas.

Están además las desopilantes desventuras de Lucio metamorfoseado en asno en la novela El asno de oro de Apuleyo que le da más inri, todavía, a los burros. La única visión literaria reivindicatoria del vapuleado cuadrúpedo en literatura es Platero y yo, pero es una novela lírica bastante pavota.

ROYAL GIFT

Estas historias y fábulas me acudieron por otra noticia ligadas al reino animal que leí. La investigación de un académico que, luego de tres años de pesquisas, actualizó la historia de dos burros que le regaló Carlos II a George Washington, de los cuales uno, Royal Gift, llegó vivo a Estados Unidos.

George Washington estuvo interesado en innovar técnicas agropecuarias y uno de sus propósitos fue la cría de mulos –cruza de burro con yegua, de allí deriva el término mulato– que, hasta la aparición de máquinas movidas a vapor y motores de combustión interna, eran una de las maneras de obtener fuerza motriz para trabajos pesados o como medio de transporte y carga.

Infelizmente para George Washington, Royal Gift no era tan rijoso como su par ficcional Lucio cuando fue transformado en asno –lujuria que despertó furores eróticos en una dama de la novela que devino en su amante– y no sentía mucha afición por las yeguas.

A falta de viagra asnal, el recurso de George Washington fue presentarle un par de burras sexis y vendarle los ojos para engañarlo cuando le pusiera una yegua. El docto investigador, de cuyo trabajo me enteré en una revista, aclaró que el burro en cuestión era de la raza zamaroleonesa, en peligro de extinción, y, sin que nadie se lo pidiera, aclaró que era la primera versión documentada del hecho, rescatándola de la simple anécdota.

Mientras, humanos se ahogan intentando cruzar el Mediterráneo en busca de una vida mejor o, frustrados sus intentos, languidecen tras alambradas en limbos apátridas. La historia de Royal Gift, que terminó en paper académico, o los desmanes alimenticios de Claverina, que pudo motivar una cumbre; historias cuyos desenlaces futuros son dignos del oso de la fábula de La Fontaine; contadas con el desparpajo de Lucio, en El asno de oro.

Bouvard y Pécouchet no lo habrían hecho tan afiatado.