PRILIDIANO PUEYRREDÓN EN SU CORRESPONDENCIA MÁS INTIMA

De la tela al verbo epistolar

 

No es poco lo escrito en la centuria pasada y quizá algo menos en lo que va de la actual sobre Prilidiano Pueyrredón (1823-1870). Se han ocupado de él biógrafos y críticos pictóricos como José León Pagano, que según Romualdo Brughetti lo redescubrió en un artículo publicado en La Nación en 1932 y en una conferencia pronunciada al año siguiente en Amigos del Arte. Y a José León Pagano le siguieron: Eduardo Schiafino, Jorge Romero Brest, Julio Payró, Bonifacio del Carril, Rodolfo Trostiné, Marcos de Estrada, Arminda Donofrio, Victoria Ocampo, Enrique Williams Álzaga, Bernardo Lozier Almazán o Vicente Osvaldo Cutolo, este último con una rica contribución bio-bibliográfica publicada en el tomo quinto del Nuevo Diccionario Biográfico Argentino. El antes mencionado Brughetti en su Nueva historia de la pintura y la escultura en la Argentina, asentó el siguiente juicio: “La pintura argentina comienza a hacer oír su voz con Carlos Morel, pero con Prilidiano Pueyrredón alcanza su expresión más alta a mediados del siglo XIX”.

Empero ya en el siglo XIX, es de señalar entre uno de los primeros reconocimientos a su obra estética y científica, la crónica necrológica que le dedicó el periodista, poeta, comediógrafo, antiguo guerrero del Paraguay y ayudante en la contienda del General Mitre: Nicolás Granada, tan vinculado su padre el Coronel Granada, a la chacra de Pueyrredón en San Isidro, donde vivió con su familia luego de alquilársela justamente al vástago y único sucesor nacido del matrimonio del Director Supremo General Juan Martín de Pueyrredón y O´Doggan con su esposa María Calixta Tellechea, siendo Prilidiano al tiempo de arrendar el predio su entonces propietario.

La nota de Granada (hijo) apareció a una semana de la muerte del artista a los 47 años, una edad para entonces nada prematura habida cuenta del promedio de vida que mostró el primer censo nacional de 1869. Puede leerse en la primera página del número 6015 correspondiente al 6 de noviembre de 1870 de La Tribuna, el periódico que llevaba dieciocho años de existencia y apostó en su hora por la candidatura de Sarmiento. Contaba entre los principales redactores a Juan Ramón Muñoz, Héctor y Mariano Varela y su editor responsable era Saturnino Córdoba.

UN HOMBRE DISCRETO

Aunque hombre de mundo, consumado viajero y conocedor de seis idiomas, quizá por su carácter retraído, Prilidiano Pueyrredón era más dado al diálogo amistoso que a las altisonancias públicas, algo a lo que no sería ajeno probablemente el desengaño amoroso ante el rechazo de Magdalena Costa. Más allá de que en su estudio de la calle Reconquista número 49, solía reunir por las tardes a figuras de gran relieve. Tal vez por ello no despertó su deceso mayores ecos en el país.

Así lo deja traslucir con pesar aquel artículo que da cuenta del afecto y la admiración que por el fallecido profesaba el autor, orgulloso de la amistad entablada desde la niñez con el artista, cuando “él achicándose hasta mis años, yo orgulloso de la amistad íntima y francamente confidencial de aquel hombrazo, vagábamos a pie…con los fuertes bastones de andarines que se había hecho cortar de los talas del Bosque Alegre, para apoyarnos en esas largas jornadas a través de las hortalizas y maizales de su propiedad señorial de una legua de fondo”.

Testimonial y fiel a tanto recuerdo entrañable, Granada en esa colaboración en La Tribuna indicó a sus conciudadanos no sin ocultar cierto reproche: “No pasemos indiferentes por cerca de esa nueva tumba que se levanta en el campo santo del reposo, del misterio, de los recuerdos y las lágrimas. No porque hayamos dejado morir ignorado a uno de los hombres más inteligentes, de más saber con que se debiera honrar esta República, vayamos también a pisar con indolencia esa tierra recientemente removida, que marca apenas el sitio en que duerme el sueño eterno, un hombre que cualquiera nación lo hubiera ambicionado para su gloria, y que nosotros, en nuestro desprecio por lo bueno, y en nuestra prodigalidad por lo que no poseemos, apenas si fijamos en él la mirada, regalándolo con indiferentismo hiriente, hasta la oscuridad en que acaba de entregar su alma a Dios en su último suspiro”.

Y continuaba luego: “Prilidiano Pueyrredón acaba de morir en su patria, entre extraños e ignorado como podría haber muerto un viajero en los desiertos de Sahara en medio de una caravana de árabes. El único hijo del primer Director de esta República, no ha tenido ni una palabra de interés de parte de los hombres que tal vez le debieran este delicado homenaje de respeto, que llegase a dulcificar sus últimos instantes.”

DE FRENTE Y PERFIL

A más de dieciséis décadas de publicados los anteriores párrafos que no disimulan –reiteramos- una reprimenda a la desmemoria en grado de ingratitud social, el investigador, divulgador de la historia argentina en asiduas colaboraciones en La Prensa entre otros medios, periodista y conferencista Roberto L. Elissalde, reconocido el primero de agosto de este año como Personalidad Destacada en el Ámbito de la Cultura por la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, acaba de dar a conocer el libro de 164 páginas prologado por Olga Fernández Latour de Botas, integrante numeraria de la Academia Argentina de Letras y de la Academia Nacional de la Historia: Prilidiano Íntimo.

Lo ha hecho de algún modo en línea coincidente con el espíritu de la referida nota fúnebre de su discípulo Granada; es decir para proponer al conocimiento de las actuales generaciones y despertar así el reconocimiento público y definitivo de aquella vida pródiga en logros tanto para el enriquecimiento espiritual de la Nación en lo que hace a su faceta de pintor, cuanto a destacar los proyectos de ingeniería en que trabajó, indispensables para el desenvolvimiento, la integración territorial y la comunicación interurbana en un territorio nacional aún invertebrado.

Aquí, con el rastreo de actividades apenas conocidas del biografiado como su concurrencia a las tertulias de Miguel Jerónimo Olaguer Feliú y Azcuénaga llevadas a cabo en la residencia del jurista situada frente a la Plaza Victoria, donde Pueyrredón confraternizó con Juan María Gutiérrez, Ignacio de las Carreras, Carlos Guido y Spano, Vicente G. Quesada o Miguel Navarro Viola, el profesor Elissalde sorprende al exhumar al final del volumen parte de su correspondencia particular.

El disponer de tal elemento documental de su puño y letra escrito entre diciembre de 1853 hasta noviembre de 1859, le ha permitido al biógrafo realizar con precisión cronológica un minucioso rastreo por la vida del personaje en el país, en Río de Janeiro y en Europa, interrelacionando así hitos viajeros con emociones sentimentales o de compañerismo generacional y nostalgias de la patria con expresiones de ternura hacia su hija Urbana, fruto de su vínculo con la gaditana Alejandra Heredia.

RECREACION

A ello debe sumarse la recreación de ambientes para dar cabida además al correlato costumbrista, a tono con los fondos de época de los retratos de Prilidiano como el de Manuelita Rosas o el de Elvira Lavalleja de Calzadilla.

En lo que aparece como una propuesta a los lectores para ejercitar una suerte de zoom hacia el pasado, sin desconocer la necesaria perspectiva histórica, capítulo a capítulo se va ampliando el entorno social e incluso político en que trascurrió la existencia del hombre de carne y hueso, amante de la buena mesa y aficionado a la lírica que coexistía con el impar retratista, paisajista y autor de figuras desnudas como las que se ven en El baño y La siesta, por lo que fue víctima del puritanismo de la época en parecida actitud pacata que décadas después, ya en 1903, se la tomó con Lola Mora y su Fuente de las Nereidas.

El mismo que entrelazaba su genio de artista plástico con el culto por las ciencias duras en tanto matemático y topógrafo que levantaba planos, con el ingeniero graduado en el Instituto Politécnico de París que construyó el puente que atraviesa el Riachuelo y une la Ciudad de Buenos Aires con la Provincia por el lado sur. Y el arquitecto que delineó palacios como la mansión de Miguel de Azcuénaga, en Olivos -hoy Quinta Presidencial-, o la casa principal de su chacra Bosque Alegre en San Isidro y la refacción de la Iglesia del Pilar. E incluso con el estudioso de las ciencias naturales, buen conocedor de la flora silvestre de San Isidro y las zonas bonaerenses aledañas al Río de la Plata.

El libro de Roberto L. Elissalde, miembro del Instituto Nacional y la Academia Nacional Browniana, del Instituto Bonaerense de Numismática y Antigüedades y en la actualidad vicepresidente de la Academia Argentina de Artes y Ciencias de la Comunicación, entre otras membresías, aporta curiosos datos como que recibió más que seguro asesoramiento de Juan María Gutiérrez para los planos del puente que lleva su nombre y se inauguró al año siguiente de su muerte, tomando como elemento clave una carta de Pueyrredón fechada a finales de 1861 o hacia los primeros días de 1862, dirigida al matemático, agrimensor, polígrafo y rector de la Universidad de Buenos Aires desde 1861, pidiendo sugerencias sobre los materiales que se emplearían para su construcción.

Prilidiano Íntimo (Sammartino Ediciones) no busca erigir un monumento frío con rostro adusto del protagonista del libro. Por el contrario lo humaniza incluso en sus defectos, como no haber reconocido a su hija Urbana aunque le dejó un legado dinerario en su testamento. No está ajeno a ello el revelar sin cuota alguna de indiscreción, mediante el empleo de sus papeles privados ahora sacados a la luz, justamente la correspondencia que presentó Alejandra Heredia para pedir el reconocimiento póstumo de la hija en común. Una fuente historiográfica de primera mano portadora de las emociones que movilizaron su pluma para expresarse en ese manojo de cartas de amor y de amistad.