LA TRADICION CATOLICA ANTE LA POSIBILIDAD DE UNA MUERTE SUBITA
De la muerte en amistad con Dios
POR TOMÁS I. GONZÁLEZ PONDAL
Días atrás se le extinguió la vida a un canino, el cual fue despedido con una suerte de entierro público. Vengo convencido de que no faltará en breve la apertura a una ceremonia eclesiástica para la despedida fúnebre de animales: no puede faltar eso en el nuevo ritual ecologista.
En lo que tiene que ver con el fallecimiento de humanos se vive en la despreocupación total, al punto tal que basta con que muera cualquiera para que el eclesiástico de lo moderno le conceda en automático el “regresó a la casa del padre”, sin haber conocido del Padre casi nada. El mundo actual parece ganado por una idea sobre la muerte: que sea rapidita y sin el más mínimo sufrimiento. Vale decir, la muerte súbita sería la gran deseada, eso sí, reitero, en lo posible que venga sin que se cruce en el camino dolor alguno.
En las letanía de los santos se reza: “De la muerte súbita e imprevista, líbranos Señor”.
Se trata de una humildísima súplica dirigida al Redentor, pedido que tiene en cuenta -¡muy en cuenta!- la naturaleza caída y la fragilidad humana. El alma humilde sabe que está inclinada al mal y que necesita de la gracia para hacer el bien; sabe que Dios es autor de la vida y dueño absoluto de ella; sabe que morirá pero no sabe cuándo morirá; sabe que morir amiga de Dios es una gracia inmerecida que debe suplicarse con constancia hasta el último suspiro.
LO IMPREVISTO
Algo súbito es aquello que acaece de repente, algo imprevisto es aquello sobre lo que no se ha reparado. En su literalidad, imprevisto es “lo que no se pudo ver antes”. De modo que quien pide a Dios le libre de lo imprevisto, le está pidiendo a su vez la gracia de tenerlo previsto.
Pero, ¿qué decir de esas almas santas que se fueron por muerte súbita? Ellas seguramente han pedido varias veces “De la muerte súbita e imprevista, líbranos Señor”, y resulta que el Señor las llamó valiéndose precisamente de un género de muerte que se pidió fuere evitado. Entonces, ¿diremos que Cristo no las escuchó?
Lejos de eso, Cristo no ha dejado de oírlas, pero, como pasa con eso y con tantas otras cosas, Él sabe mejor que nadie qué es lo más conveniente. Tengo para mí que en muertes súbitas de almas santas, Dios procede como ese enamorado que no quiere dejar pasar un segundo más de no ver a su amada; y como de Dios es el tiempo y Él hace cuanto quiere, llama velozmente a la amada a Su encuentro.
A cuenta de esto último traigo por ejemplo lo de Santa Imelda (1322-1333), una pequeña de diez años que deseaba ardiente y amorosamente recibir la Divina Eucaristía.
Un día, en fiesta de la Santísima Virgen María y mientras asistía a una misa, una hostia se elevó fuera del ciborio y se vino a detener sobre la cabeza de la pequeña; al ver el hecho, el celebrante se acerca con la patena, y antes de darle a la niña la Santa Eucaristía, la bendice. Tras recibir el Pan de los ángeles, la santa queda en acción de gracias, y, al rato, cuando unas hermanas dominicas la van a buscar, la encuentran muerta. Murió de amor.
Para confirmar aún más lo anterior, vemos que también en las Letanías de los Santos se pide: “De todo mal, líbranos, Señor”, y bien sabemos que hay males físicos variadísimos de los que no somos librados. Se pide: “De la ira, del odio y de toda mala voluntad, líbranos, Señor”, y bien sabemos que muchas veces debemos ver caer esos males sobre nosotros. Se pide: “Del rayo y de la tempestad, líbranos, Señor”; “del azote del terremoto, líbranos, Señor”; “de la peste, del hambre y de la guerra, líbranos, Señor”; y sabemos que de esas cosas a veces no somos librados. Por ejemplo, San Emerico, hijo del Rey San Esteban I de Hungría, murió a los 24 años a causa de las heridas sufridas durante un ataque de un jabalí mientras participaba en una cacería.
NATURALEZA HERIDA
Con todo, no debemos dejar de pedir al Señor nos libre de las mencionadas cosas, atento a nuestra naturaleza herida que, si no se mantiene por la gracia con ojo previsor, caerá fácilmente en la ceguera de lo imprevisto.
Cristo nos lo recalca con insistencia: “Velad y orad, para que no entréis en tentación. El espíritu, dispuesto (está), mas la carne, es débil” (Mateo 26, 41). Y Cristo por medio de San Pablo, también dirá: “el que cree estar en pie, cuide de no caer” (1 Corintios 10, 12). Para el alma que está en gracia, San Jerónimo le recuerda: “Marcháis cargados de oro, guardaos del ladrón”.
Al menos se sabe de diecinueve papas que murieron de muerte repentina, entre ellos: Teodoro I, Sergio II, Agapito II, Juan XII, Nicolás II, Adriano IV, Gregorio VIII, Nicolás III, Honorio IV, Martin V, Pablo II, Clemente VIII, Pablo V.
Enseña San Julián de Toledo: “El hombre que está destinado a la muerte se esfuerza para no morir; pero el que está llamado a vivir eternamente no hace nada para evitar el pecado” (Pronóstico del mundo futuro, ed. Ciudad Nueva, España, 2013, p. 61).
Contrario a eso, hay almas santas que viven pensando en Cristo, en conservar la amistad con Él, en estar con Él cuanto antes y libres ya de este mundo peligroso; almas que le piden las libre de la muerte súbita e imprevista; y, con todo, si sucede que Dios las arranca de este valle de lágrimas mediante una muerte súbita, sabe Él lo que es mejor.
San Ladislao I, Rey de Hungría, murió en 1095 de forma repentina en Nitra, al parecer preparando un viaje relacionado con la Primera Cruzada, y San Andrés Avelino (1521–1608), en noviembre de 1608, siendo octogenario, murió en el preciso momento en el que empezaba la santa misa, más precisamente, según se cuenta, al hacer la señal de la cruz para comenzar la celebración, súbitamente cayó muerto.
El santo español ya referido, San Julián de Toledo, repitiendo enseñanzas de San Gregorio y de San Agustín, lega hermosas y tranquilizadoras enseñanzas. Con San Gregorio exclama: “El justo, cualquiera que sea la muerte que lo alcance, tendrá el alma en paz” (ob. cit. p. 57); y con San Agustín, manifiesta: “¿Qué importa el género de muerte con que termina esta vida, cuando al que le llega su fin no se le obliga a morir nuevamente? (…). La muerte no debe ser considerada como un mal cuando la ha precedido una vida buena. Lo que hace mala a la muerte es lo que la sigue. De aquí que los que necesariamente van a morir no deben preocuparse por lo que sucederá cuando mueran, sino adónde van a ir después de la muerte” (ob. cit. p. 63).
