LA BELLEZA DE LOS LIBROS

De la inmarcesible muerte

Por Danilo Albero

Venteando la inspiración, recorro estantes y me detengo frente a los libros de R.H. Moreno Durán, escritor colombiano que conocí en 1999 en un encuentro de escritores en La Paz. Tres ocasiones más nos juntaron: una semana en Buenos Aires, dos días en la México y tres en Bogotá; las amistades crecieron, allí me presentó al escritor Azriel Bibliowicz y su esposa Doris Salcedo, artista visual y escultora, con ellos volvimos vernos en Colombia y Buenos Aires.

En una cena en casa le comenté a R.H. de lo gracioso que son algunos gentilicios mexicas -“regiomontanos” a los nacidos en Monterrey, “hidrocálidos” a los de Aguas Calientes- y lo suntuoso que me parecía su español; los colombianos, usan todas las palabras de nuestro idioma -“qué puedes esperar de un país cuyo himno nacional empieza con un hápax: ‘¡Oh gloria inmarcesible!’ “, respondió- además son diestros en el uso de artilugios retóricos -”sin la muerte, Colombia no daría señales de vida”, le dijo a Beatriz-.

Fue la última vez que nos vimos, aunque cambiamos innumerables e-mails y llamadas telefónicas; R. H. Moreno Durán falleció de un cáncer feroz e inesperado dos años después. Está vivo en mis recuerdos, en dos fotos y muchos de sus libros dedicados, el primero comprado en una librería de La Paz cuando nos conocimos, Como el halcón peregrino: “Para Danilo, cómplice en estos vuelos literarios”.

PLAGAS

Lo releí durante los meses de cuarentena por el covid-19; también textos relacionados con pestes. El más antiguo: “Haced imágenes de vuestros tumores y de vuestras ratas que devastan el país, y daréis gloria al dios de Israel”, cuenta el Libro de Samuel; registro de una plaga en el siglo XII a.C.

Esta plaga que azota a los filisteos fue castigo de Jehová por robar el Arca de la Alianza: “Una gran multitud de ratones, que causaron una terrible mortandad”. La primera constancia de la epidemia que, con intermitencias, durante treinta y un siglos, azotó a la humanidad: la peste bubónica.

El segundo relato literario es del siglo VIII a.C. en la Ilíada; Apolo, para castigar el rapto de la hija de su sacerdote Crises, desata un contagio que diezma animales y tropas griegas. En ambos casos, bíblico y homérico, la peste es castigo divino por violar fueros sacros.

En la realidad, el primer brote de peste bubónica registrado fue cuatrocientos años después de la ira de Apolo; se expandió desde Constantinopla, a lo largo de las costas de Europa y África, por el Mediterráneo hasta el estrecho de Gibraltar.

Según registros de un historiador de Justiniano -emperador de Bizancio-, en Constantinopla el morbo mató a 10.000 personas en un día. El segundo brote, vino de China, siguió la ruta del primero y se expandió por Europa. Fue más largo, empezó en el año 1300 y continuó, con intermitencias, hasta finales del siglo XVII. Según registros confiables, hacia finales del 1300, solamente en Europa, murieron más de 30 millones de personas.

En ambos brotes, los síntomas generales de la enfermedad eran los descritos en el Libro de Samuel: fiebre, sudores, tos, ronchas y picazón en la piel, inflamación de ganglios –o bubones de allí el nombre “peste bubónica”– en axilas y zona genital y muerte por asfixia.

El segundo estallido dejó consecuencias en el desarrollo de la humanidad; la guadaña de la peste transformó ciudades florecientes en sepulcros y vació los campos, la mortalidad de siervos de la gleba declinó el poder de señores feudales y debieron mejorar las pagas a los campesinos; esta pandemia sembró las semillas del actual capitalismo, debilitó el imperio bizantino y aceleró su caída a manos de los turcos en 1453.

En el campo de la cultura, sus marcas quedaron indelebles, la idea de lo efímero de la vida y belleza humana ante la acechanza de la muerte -ya difundida antes en la cultura grecolatina- se popularizó y adquirió una clasificación estética: vanitas, idea de que los privilegios de los humanos, desde la cuna o adquiridos, a la hora de la muerte son sin sentido y vacíos. El concepto es tomado del Eclesiastés: “vanidad de vanidades y todo vanidad”; la vanitas quedó simbolizada con esqueletos o calaveras cohabitando con los vivos en la realidad cotidiana y, de allí en más, es un leitmotiv en las artes y la filosofía.

 

EL ULTIMO REGISTRO

Durante trescientos años la peste bubónica se volvió endémica, se aletargaba y volvía la celebración de la vida, pero resucitaba para desolar una ciudad o país; como recitando la sentencia de Horacio: La muerte hiere con el mismo pie las tabernas de los pobres y las torres de los reyes.

El último registro literario de un contemporáneo fue Diario del año de la peste, cuenta el brote en Londres de 1665. Antes, por los años que la plaga entró en Europa, inspiró El Decamerón e ingresó en los juegos infantiles con aquellas fúnebres coplas que cantaban los niños ingleses en rondas: “Ring around the rosies / A pocket full of possies / Achoo! Achoo! / We all fall down” (Anillos alrededor de las ronchas –provocadas por la picazón– / Los bolsillos llenos de ramilletes –de flores, se creía que la peste era provocada por aires insalubres– / ¡Achís! ¡Achís! / Todos caemos).

Un ícono pictórico de este cambio de mentalidad está en El triunfo de la muerte, óleo de Brueghel el viejo, un ejército de esqueletos arrasa la tierra, segundo vidas con guadañas o torturando a los vivos -imposible visitar El Prado y no verlo.

LA TERCERA OLA

A mediados del siglo XIX, apareció la tercera ola procedente de la provincia de Yunnan -vecina, a no más de 200 kilómetros, de la provincia Hubei donde está la tristemente célebre ciudad de Wuhan-, sus secuelas duraron hasta la primera década del siglo XX; de ella nos queda el poema sinfónico de Saint-Saëns, Danza macabra, donde el xilofón remeda el entrechocar de los huesos de los esqueletos danzantes.

De esta tercera ola, las experiencias de Pasteur demostraron que el transmisor de la peste es la pulga de la rata, insecto hematófago que inocula la bacteria al hombre, lo cual nos remite a la etiología descrita en el Libro de Samuel.

La pulga, un minúsculo insecto que, en sus variedades más grandes, alcanza tres milímetros de altura, es capaz de saltar, en forma horizontal o vertical, 150 veces su largo, lo que equivaldría a que un hombre haga saltos de 300 metros. En el 2019 el genio salió de la lámpara y el virus del covid-19 dio corcovos más largos.

Por los años de cuarentena, cuando revisité sus libros, volví a las dos fotos que tengo con R.H. También recuerdo que escribía a mano con estilográfica y mi vieja Parker 61 (“lo viejo funciona”, le dice Favalli a Juan Salvo, El Eternauta), trazo fino y capillary filler (que se carga por ósmosis), fue el último regalo que le di. A la luz de estas añoranzas me siento El Eternauta, me gustaría volver a verlo y conversar con él.

Rubrica estos recuerdos su mención del comienzo del himno colombiano. La certeza de que lo único inmarcesible y eternamente lozano es la muerte.

* El lector podrá encontrar más artículos del autor en daniloalbero.com.ar