Tendencias globales

De la idea marginal a los genocidios

El nazismo y el yihadismo radical nacieron como corrientes minoritarias que la intelectualidad de su época no tomó en serio. Hoy, ciertas ramas del neomalthusianismo parecen recorrer el mismo camino silencioso hacia la normalización.

Por Mario Marquinez

La historia demuestra con crudeza que los movimientos más destructivos rara vez nacen como proyectos masivos y populares.

Casi siempre comienzan como corrientes marginales, ridiculizadas por la intelectualidad de su época, que poco a poco van envenenando el ambiente cultural hasta volverse una fuerza dominante.
El caso del nazismo es emblemático. A principios del siglo XX, el pensamiento völkisch y ariosófico era considerado excéntrico y marginal. Circulaba en revistas de segunda categoría y en pequeños círculos ocultistas.
Sin embargo, los ariosofistas austriacos Guido von List y Jörg Lanz von Liebenfels adoptaron otra rama de pensamiento también minoritaria: las ideas de Helena Blavatsky, particularmente su teoría de las "razas raíz", desarrollada en La Doctrina Secreta (1888).
Estos autores mezclaron la teosofía con un nacionalismo germánico extremo y un violento antisemitismo, creando un relato místico de un pasado glorioso ario que había sido corrompido y humillado por razas inferiores.
Lo que empezó como fantasía esotérica en Viena terminó alimentando directamente la ideología racial del nazismo, cuando la sociedad alemana, sumida en un sentimiento de frustración y vasallaje luego del Tratado de Versalles, necesitaba una salida desesperada y mítica.

UN PROCESO PARALELO
Un proceso paralelo, aunque con características propias, ocurrió con el yihadismo radical. La disolución del Imperio Otomano tras la Primera Guerra Mundial y, sobre todo, la abolición formal del califato por Mustafa Kemal Atatürk en 1924, fueron vividas como una humillación histórica de proporciones catastróficas por amplios sectores del mundo musulmán.
Hassan al-Banna, fundador de la Hermandad Musulmana en 1928, recibió la noticia de la abolición del califato siendo todavía estudiante y la describió como una "calamidad" y una "declaración de guerra contra el islam". Esa herida profunda de pérdida de unidad y grandeza política fue uno de los motores principales que impulsó la creación de su organización.
Años después, Sayyid Qutb radicalizaría aún más esa narrativa en obras como Milestones, al declarar que el mundo entero, incluyendo los países musulmanes, había caído en un estado de yahiliyya (ignorancia preislámica) y que era necesario un vanguardismo revolucionario para restaurar el orden divino.
En ambos casos vemos el mismo mecanismo: una herida colectiva de humillación profunda —ya sea la derrota de Alemania en Versalles o la caída del último califato simbólico del islam— genera una narrativa milenarista de "restauración gloriosa" que justifica la eliminación de los culpables de esa humillación.
 
NUEVO PELIGRO
Hoy observamos un fenómeno inquietantemente similar con ciertas corrientes del neo-malthusianismo.

El fracaso estrepitoso del proyecto colectivista comunista, la caída del Muro de Berlín y luego el colapso de la Unión Soviética dejaron a muchos de sus adherentes sin rumbo en su lucha por la emancipación del hombre frente a una economía que consideraban esclavizante.
Al no encontrar sustento para esa disconformidad con el sistema, surgió un nuevo movimiento intelectual y político que redefine la vieja lucha de clases como una lucha por la defensa de la naturaleza y por la reacción adversa de esta frente a las prácticas económicas modernas.
Ya Malthus había advertido un peligro en el creciente bienestar de la población y en su creciente demanda de alimentos y servicios, que traerían aparejadas hambrunas y escaseces nunca vistas.
Estas ideas, que en principio circularon como un ejercicio académico, luego se tomaron como una predicción inescrutable y determinista, alimentando movimientos que sugieren que la población mundial es un peligro para sí misma.
Aunque no existe un documento único que establezca un "programa oficial de despoblación", sí existe una corriente intelectual cada vez más normalizada entre ciertas élites que considera que el principal problema del planeta es el exceso de seres humanos.
Frases y posiciones repetidas por figuras que influyen en políticas globales contribuyen a instalar la idea de que la reducción demográfica no solo es deseable, sino moralmente urgente.
No hace falta un plan secreto. Basta con que la idea de que ciertos grupos humanos representan un "exceso" se vuelva sentido común. Cuando una ideología milenarista —ya sea racial, religiosa o ecológica— comienza a dividir a la humanidad entre quienes sobran y quienes merecen sobrevivir, la puerta hacia políticas inhumanas queda peligrosamente abierta.

LA VENTANA DE OBERTON
Tanto el nazismo como el yihadismo radical fueron en su origen movimientos minoritarios que la élite intelectual de su tiempo no tomó en serio.
Ignorar cómo ciertas narrativas neo-malthusianas —divididas en distintas ramas que utilizan conceptos básicos pero difusos como la "sostenibilidad", la defensa de la "biodiversidad", el "multiculturalismo" o la "respuesta de la naturaleza", entre otros, todos bajo el manto del ecologismo— se están gestando hoy bajo la superficie, sería cometer exactamente el mismo error histórico.
La discusión superficial de estas tendencias, sin ahondar en los datos que las reafirmarían o refutarían, recibe el nombre de la Ventana de Overton: el mecanismo por el cual ideas que hace pocos años eran consideradas radicales o impensables poco a poco se vuelven aceptables y luego deseables dentro del debate público.
Lo que ayer era extremismo, mañana puede presentarse como "política responsable". El radicalismo neo-malthusiano parece seguir hoy ese mismo camino silencioso.
La verdadera pregunta no es si existe un plan secreto de despoblación, sino si estamos dispuestos a reconocer cómo se está moviendo la Ventana de Overton una vez más, haciendo aceptable la idea de que ciertos seres humanos representan un "exceso" que hay que gestionar.
La historia ya nos advirtió. Ignorarla sería imperdonable.