LA MISERICORDIA DIVINA SIEMPRE ESTA DISPONIBLE PARA EL PENITENTE

De la creación a la redención

POR TOMÁS I. GONZÁLEZ PONDAL

Años atrás, solían hacerse piezas artísticas religiosas con terracota. El artista moldeaba con paciencia la materia arcillosa en intento de alcanzar la idea ejemplar que se había formado y que quería dejar plasmada en la indicada sustancia rojiza. Acabada la obra su ejecutor estaba delante de una hechura única.

No era raro que la imagen por esas cosas de la vida sufriera daño en alguna de sus partes o en todas, y entonces se la reparaba. La reparación estaba a cargo del artista que hizo la pieza o de otro restaurador. Y al tratarse de algo único, algo sobre lo que se puso “manos a la obra”, algo sobre lo que se invirtió tiempo, dedicación y conocimiento, tenía su importancia, su valor. El artista muchas veces llegaba a estampar su firma.

Viendo la imagen, la arcilla desaparecía o quedaba escondida. Ya no se trataba de un pedazo informe de masa arcillosa, sino, por caso, de una imagen de San Patricio. La arcilla se volvía a descubrir en caso de que alguna parte de la escultura sufriera menoscabo.

En nuestra composición humana se encuentra lo corpóreo. Recordemos lo del Génesis: “Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra; pues de ella fuiste tomado. Polvo eres y al polvo volverás” (3, 19).

Mas sería imprecisa la composición si uno olvidase su todo. Pues no solo aparece la materia en la obra llamada hombre, sino algo mucho más elevado, un alma. Los primeros dos humanos que pisaron este mundo, Adán y Eva, tuvieron bien presente cómo fue el accionar del Artista Divino: “Después dijo Dios: ‘Hagamos al hombre a imagen nuestra, según nuestra semejanza. Y creó Dios al hombre a imagen suya” (Génesis 1, 26-27).

IMAGEN Y SEMEJANZA

Comentado hermosamente esto último, el exegeta, Monseñor Juan Straubinger, dijo: “‘La solemnidad de la fórmula indica claramente que se trata de la obra más importante. Dios –afirma Nacar-Colunga- entra en consejo consigo mismo, e invoca la plenitud de su ser, del cual es revelación la Trinidad’. La creación del hombre difiere de las otras creaciones en tres puntos: a) En vez de dar una orden a la materia prima, es el mismo Dios quien pone mano a la obra; b) Dios crea el hombre según Su imagen y semejanza; c) el hombre es constituido señor de toda la creación visible (…).

Imagen y semejanza: San Basilio, San Jerónimo y otros Padres distinguen entre imagen y semejanza. Esta se referiría a los dones sobrenaturales, aquélla a los naturales. Los modernos, p. ej., Hummelauer, se inclinan a ver en la unión de ambos términos una expresión enfática, que significaría imagen perfecta. ¿En qué consiste la semejanza del hombre con Dios? No en el cuerpo, sino en el espíritu, que es un soplo de Dios (2, 7), una centella del Espíritu divino. ‘Dios creó al hombre por puro amor, y le dio como destino no solamente una existencia natural, sino que, movido por su afecto paternal, le hizo partícipe de la misma vida divina. Dios dio la vida a la creatura humana, pero al mismo tiempo la ensalzó por encima de sí misma, incorporándola a la naturaleza divina (cf. II Pedro 1, 4). Adán era, por medio de la gracia santificante, un verdadero hijo adoptivo de Dios y como tal también socio de la naturaleza divina. Y por cuanto esta justitia originalis había sido dada juntamente con la naturaleza, constituía un bien añadido a la naturaleza perfecta del hombre, y estaba destinada a ser transmitida a toda la humanidad (Sheeben)’”.

Dios trata a cada uno como algo muy único, y en caso de que por propia deliberación y consentimiento nos dañemos con algo llamado pecado, si nos arrepentimos y confesamos nuestros males, Él está dispuesto a perdonarnos, a “repararnos”.

Marchar hacia lo más bajo para de alguna manera volverse uno como eso bajo que se buscó, es también una forma de elegir un tipo de tierra.

LA CONFESION

Hay tierras y tierras. La elección por la tierra de perdición podría uno vincularla con el pasaje de la “Parábola del Hijo Pródigo” que dice: “Fue, pues, a ponerse a las órdenes de un hombre del país, el cual lo envió a sus tierras a apacentar los puercos” (Lc 15, 15). En la parábola ese “hombre” significa al demonio, a los demonios, a sus secuaces, y “sus tierras” significan la variedad de pecados.

El remedio para abandonar esa región de males, de espantos y miserias, está en la confesión de nuestros pecados: “Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos los pecados, y limpiarnos de toda iniquidad” (I Juan 1, 9).

Es interesante ver que Monseñor Juan Straubinger, comentando el texto bíblico últimamente citado, hace una vinculación con la consabida parábola: “Si confesamos…: La pobre alma que ignora la gracia y no cree en la misericordia supone que salir de su estado pecaminoso es como subir a pie una montaña. No se le ocurre pensar que Dios ha imaginado todo lo más ingenioso posible para facilitar este suceso que tanto le interesa (recuérdese al Padre admirable del hijo pródigo: Lc. 15, 20 ss.), de modo tal que, apenas nos confesamos sinceramente culpables, Él nos previene con su misericordia, y lo demás corre por su cuenta, pues que es a Él a quien toca dar la gracia para la enmienda (Flp. 2, 13) y sin ella no podríamos nada (Jn. 15, 5).

Un buen médico sólo necesita para sanarnos que le declaremos nuestra enfermedad. No pide que le enseñemos a curarnos. Jesús vino de parte del Padre como Médico y así se llama Él mismo expresamente (Mt. 9, 13). Es un médico que nunca está ausente para el que lo busca (Jn. 6, 38). Hagamos, pues, simplemente que Él vea bien desnuda nuestra llaga, y sepamos que lo demás lo hará Él. Cf. 3, 20 y nota. Es la doctrina del Sal. 93, 18: ‘Apenas pienso: ‘Mi pie va a resbalar’ tu misericordia, Yahvé, me sostiene’. Cf. Sal. 50, 5-8 y notas. Más aún, observa Bonsirven, el mismo Jesús se hace nuestro abogado en el Santuario celestial (Hb. 7, 25)”.

HIPOCRESIA

Indicar a alguien que debe cambiar de vida, convertirse, dejar el mal y volverse a la amistad con Dios, y, una vez que el llamado a cambiar cambió, venir a señalarle más luego los males de su pasado, criticarlo por lo que hizo en otro tiempo, señalarlo como un ser cuasi-irredento, fijarlo de algún modo en sus pretéritos pecados, todo eso, digo, no es de católico, no es de alma caritativa, y más bien revela un espíritu bastante ganado por la hipocresía; hasta, si se quiere, huele a pecado contra el Espíritu Santo, en tanto es un comportamiento apodíctico de la desconfianza en el poder divino.

Si, como hoy muchos pretenden incluso desde ciertas corrientes que se dan aires de “psicológicas”, el hombre no puede cambiar, Cristo mintió en su “Parábola del hijo pródigo”, la confesión sacramental es otra mentira, y la vida de los santos serían meras ilusiones inventadas por algún bohemio trasnochado.

Mas lo cierto es que, por la gracia de Dios, los hijos pródigos que regresan a la Casa del Padre no son pocos; la confesión es el maravilloso y magnífico remedio que limpia las almas a fondo, les devuelve la gracia, las va puliendo, las fortalece para la virtud; y los santos son dechados de lucha diaria, constante y confiada por mantenerse amigos de Dios, incluso, como es sabido, muchos de ellos, como nosotros, debieron remontarse desde las ruinas más profundas.

DEL TRIBUNAL A LA CRUZ

El gran San Alfonso María de Ligorio, en su celebérrima obra Las Glorias de María, escribió: “No atormentemos más a esta Madre Dolorosa; y si en lo pasado la hemos afligido con nuestras culpas, hagamos lo que ahora nos dice, que es esto: ‘Tened seso, rebeldes’ (Is 56, 8). Pecadores, volveos hacia el Corazón herido de Jesús; volved arrepentidos, que él os acogerá.

Huye de él para refugiarte en él, parece decirnos conforme al abad Guérrico; del juez, al Redentor; del tribunal, a la cruz. Según las revelaciones de la Virgen a santa Brígida, a su Hijo ya bajado de la cruz, le pudo cerrar los ojos, pero le costó cruzarle los brazos, como si quisiera darle a entender que Jesucristo quiso seguir con los brazos abiertos para acoger a todos los pecadores arrepentidos que vuelven a él. Oh mundo, parece seguir diciendo María, ‘era tu tiempo, el tiempo de los amantes’ (Ez 16, 8). Mira, oh mundo, que mi Hijo ha muerto por salvarte y no es tiempo para el temor, sino para el amor; tiempo de amar al que para demostrarte el amor que te tiene ha querido padecer tanto.

Dice san Bernardino: ‘Por eso fue vulnerado el corazón de Cristo, para que a través de la llaga visible se viera la herida del amor invisible’. Si, pues, concluye María, al decir del Idiota, mi Hijo ha querido que le fuera abierto el costado para darte su corazón, es del todo razonable que tú también le des el tuyo. Y si queréis, hijos de María, encontrar sitio en el corazón de Jesús sin veros rechazados, id junto a María, dice Ubertino de Casale, que ella os conseguirá la gracia.”