De Ormuz a Ucrania y la encrucijada estratégica de la Argentina

Como decíamos la semana pasada en La Prensa, en nuestro articulo ´Dos frentes de una misma guerra global´: “las guerras en Ucrania e Irán están profundamente entrelazadas por una convergencia de intereses militares, competencia por recursos occidentales y estrategias de evasión económica”. Siguiendo este hilo conductor hoy profundizaremos esa línea.
El sistema internacional atraviesa una transformación profunda y con sonidos de guerra. Lejos de los esquemas clásicos de confrontación militar directa, la competencia entre potencias se desplaza hacia terrenos menos visibles, pero más decisivos: la energía, las infraestructuras críticas, los flujos comerciales y la estabilidad de los mercados. En este nuevo escenario, la noción de conflicto se amplía y se vuelve difusa. Ya no se trata únicamente de guerras declaradas, sino de una disputa permanente por el control de los vectores que sostienen el funcionamiento del sistema global.
La crisis en el Golfo Pérsico, particularmente en torno al Estrecho de Ormuz, debe leerse en este marco. No es un episodio aislado ni una anomalía regional, sino una manifestación concreta de una lógica más amplia: la utilización de los cuellos de botella estratégicos como instrumentos de poder. El control -o la capacidad de interrupción- de estos nodos redefine las relaciones de fuerza y condiciona las decisiones de actores globales.

DOS INTERPRETACIONES
En este contexto, coexisten dos interpretaciones que, lejos de ser excluyentes, revelan distintas dimensiones de un mismo fenómeno. Por un lado, la visión de R. Ianuzzi, que advierte sobre los riesgos de una estrategia de “dominancia energética” que, al intentar controlar los flujos globales, termina generando disrupciones sistémicas con efectos económicos imprevisibles. Por otro, Pablo Falconio, en una lectura más clásica que sostiene que las potencias hegemónicas no colapsan ante estas crisis, sino que se adaptan, redistribuyen funciones y preservan su primacía mediante mecanismos indirectos, incluyendo la delegación operativa en aliados.
La realidad actual sugiere que ambas dinámicas están en juego simultáneamente. El shock energético es real, con efectos inflacionarios y contractivos a escala global. Pero al mismo tiempo, no se observa un colapso del sistema, sino una reconfiguración bajo presión, donde los actores centrales buscan contener la escalada sin renunciar a sus posiciones estratégicas.
Este escenario no puede comprenderse plenamente sin considerar el antecedente inmediato de la Guerra en Ucrania. Allí, la energía se consolidó como instrumento de poder: el gas es una herramienta de presión sobre Europa, obligando a la Unión Europea a reconfigurar de manera acelerada sus fuentes de suministro. El resultado fue un doble efecto: un impacto económico significativo y, al mismo tiempo, una reafirmación -aunque tensionada- del liderazgo occidental.
En ese contexto, la destrucción de los gasoductos Nord Stream introdujo un elemento adicional de complejidad y controversia. Más allá de la ausencia de una atribución concluyente (Hay indicios fuertes que señalan a elementos del llamado occidente como autores del hecho), el episodio dejó una señal inequívoca: la infraestructura energética crítica ha dejado de ser un activo protegido para convertirse en un objetivo dentro de un conflicto ampliado. Su impacto fue estructural, al limitar de manera permanente la posibilidad de recomponer flujos energéticos directos entre Rusia y Europa, consolidando un cambio geopolítico de largo plazo.
Este entramado estratégico adquiere una dimensión aún más clara cuando se observa la interrelación directa entre la guerra en Ucrania y la crisis en el Golfo. Lejos de desarrollarse en compartimentos estancos, ambos escenarios están conectados por un mismo hilo conductor: la competencia por el control de los vectores energéticos y la capacidad de las grandes potencias para gestionar múltiples frentes simultáneamente.
Las declaraciones de Volodímir Zelenski reflejan con claridad esta realidad. La dificultad para avanzar en negociaciones en Ucrania no responde únicamente a la dinámica del conflicto, sino al desplazamiento del foco estratégico de Estados Unidos hacia el Golfo Pérsico. En un contexto donde Washington prioriza la gestión de su confrontación con Irán, la guerra en Europa del Este deja de ocupar el centro de la agenda, quedando subordinada a un tablero más amplio.

CARACTERISTICA CENTRAL
Este fenómeno revela una característica central del sistema internacional contemporáneo: la imposibilidad de aislar los conflictos. Las decisiones tomadas en un teatro de operaciones tienen efectos directos sobre otros. La crisis en Ormuz no solo impacta en los mercados energéticos globales, sino que también altera el equilibrio en Ucrania al influir en los incentivos de actores clave como Rusia. El aumento de los precios de la energía proporciona a Moscú un margen financiero adicional para sostener su esfuerzo bélico, reduciendo la urgencia de una negociación.
Al mismo tiempo, la sobreextensión estratégica de Estados Unidos introduce un factor de incertidumbre adicional. La necesidad de gestionar simultáneamente múltiples crisis limita su capacidad de actuar como mediador eficaz, debilitando su credibilidad y generando un vacío relativo que otros actores pueden aprovechar. En este contexto, Ucrania corre el riesgo de convertirse en una variable dependiente dentro de una negociación más amplia entre potencias, donde sus intereses específicos quedan subordinados a objetivos estratégicos de mayor escala.
La crisis en Ormuz amplifica así la lógica inaugurada en Ucrania. Si el conflicto europeo marcó el inicio de una nueva fase de competencia energética, el Golfo Pérsico la proyecta a escala global. La capacidad de interferir en el tránsito de hidrocarburos no solo afecta precios o suministros, sino que redefine las condiciones de negociación entre potencias y expone la fragilidad de un sistema altamente interdependiente.
Es en este punto donde el concepto de “guerra irrestricta”, formulado por Qiao Liang y Wang Xiangsui, adquiere plena vigencia. Este enfoque anticipó un tipo de conflicto en el que los límites entre lo militar y lo no militar se diluyen. La coerción puede ejercerse a través de instrumentos económicos, financieros, tecnológicos o energéticos, con efectos comparables -e incluso superiores- a los de una confrontación armada convencional.
Bajo esta lógica, tanto el uso del gas por parte de Rusia como la capacidad de presión sobre rutas críticas en el Golfo no son desviaciones del orden internacional, sino su evolución. La guerra ya no se libra únicamente en el campo de batalla, sino en la capacidad de alterar los flujos que sostienen el sistema global.

DIMENSION COMPLEMENTARIA
A esta lectura se suma una dimensión complementaria del pensamiento estratégico contemporáneo. El profesor Jiang Xueqin ha señalado que, en entornos complejos e inciertos, el poder no reside únicamente en la acumulación de recursos, sino en la capacidad de adaptación sistémica. Las sociedades más resilientes no son necesariamente las más fuertes en términos tradicionales, sino aquellas capaces de reorganizarse frente a shocks externos y convertir la disrupción en ventaja.
Aplicado al escenario actual, este enfoque refuerza una idea central: tanto en Ucrania como en Ormuz, lo que está en juego no es solo la posesión de recursos, sino la capacidad de gestionar la incertidumbre. Aquellos actores que logran diversificar sus fuentes de energía, asegurar sus cadenas de suministro y mantener flexibilidad en su inserción internacional están mejor posicionados para sostener su influencia en un contexto de alta volatilidad.
Este cambio de paradigma también redefine la posición de las grandes potencias. China ha avanzado de manera sistemática en la diversificación de sus fuentes de suministro, el desarrollo de rutas alternativas y el liderazgo en tecnologías vinculadas a la transición energética. Su estrategia no apunta únicamente a dominar un nodo específico, sino a reducir su vulnerabilidad estructural y aumentar su resiliencia frente a disrupciones externas.
En contraste, las economías altamente dependientes de importaciones energéticas enfrentan un escenario más complejo. La pérdida de acceso a fuentes estables y baratas, combinada con la exposición a cuellos de botella estratégicos, configura una vulnerabilidad que trasciende lo coyuntural.

LA ARGENTINA
En este contexto global, emerge con mayor claridad el lugar de actores intermedios como la Argentina. Tradicionalmente ajena a los principales focos de conflicto, su relevancia crece en la medida en que los recursos naturales se transforman en instrumentos de poder. Las reservas de hidrocarburos no convencionales en Vaca Muerta, el potencial exportador de gas y petróleo, la capacidad agroalimentaria y la disponibilidad de minerales críticos configuran una base material significativa en el nuevo escenario.
Sin embargo, la posesión de estos recursos no equivale automáticamente a poder. En un mundo definido por la lógica de la competencia estratégica, la clave reside en la capacidad de transformarlos en influencia efectiva. Esto exige infraestructura, estabilidad macroeconómica, previsibilidad regulatoria y una inserción internacional que combine autonomía con pragmatismo.
Desde una perspectiva estratégica -que concibe el poder nacional como una construcción integral- el desafío arentino es inequívoco: dejar de ser un territorio proveedor de recursos para convertirse en un sujeto de poder con capacidad de decisión. Esto exige subordinar toda política nacional a tres pilares irrenunciables: el interés nacional, la soberanía y la autodeterminación. Fuera de ese marco, no hay estrategia, solo administración de la dependencia.
En este sentido, la energía, los alimentos y los minerales críticos no pueden seguir siendo tratados como simples commodities orientados a la obtención de divisas. Son instrumentos de poder. Su explotación, industrialización y comercialización deben responder a una lógica de inserción estratégica, orientada a fortalecer la autonomía nacional y a condicionar -en favor propio- las relaciones con actores externos. En un sistema internacional en disputa, quien no utiliza sus recursos como herramientas de negociación, los entrega.
La convergencia entre la crisis de Ormuz y la guerra en Ucrania marca, en definitiva, el fin de una etapa. El orden energético posterior a la Guerra Fría, basado en la estabilidad relativa de los flujos y la primacía de criterios económicos, ha sido reemplazado por un sistema más fragmentado, politizado e incierto.
En este nuevo escenario, la Argentina enfrenta una oportunidad que no surge de un cambio en su geografía, sino en el significado estratégico de sus recursos. Pero esa oportunidad no es automática. Requiere decisión, coherencia y una comprensión clara del momento histórico. Porque en un mundo donde la guerra es irrestricta, la verdadera diferencia no la marcan quienes tienen recursos, sino quienes saben utilizarlos como instrumentos de poder.