De Maradona y Disney a morir en una vereda: el triste destino de Max Higgins
Una vida de película atravesada por autos de lujo, estrellas internacionales, proyectos millonarios y promesas imposibles. El hombre que llegó a codearse con Maradona y quiso levantar un Disney argentino terminó muerto sobre un colchón en una calle de Merlo.
Cuando apareció muerto sobre un colchón en una vereda de Merlo, quienes lo encontraron no tenían idea de que ese hombre había llevado una vida marcada por las extravagancias.
Había manejado autos de lujo, se había movido en helicóptero, había organizado espectáculos deportivos, había conocido a Diego Maradona y se había rodeado de figuras internacionales.
También había prometido inversiones millonarias y hasta había anunciado la construcción de una suerte de Disney argentino en San Pedro.
Y, sin embargo, aquella mañana de agosto estaba muerto en una calle de la provincia de Buenos Aires.
Ese no era un desconocido más. Era Max Higgins.
Durante años se había presentado como empresario, magnate y “Rey del Entretenimiento”.
Había conseguido que sus proyectos ocuparan páginas de diarios, estadios y programas de televisión. Algunas de sus ideas fueron apenas promesas. Otras llegaron a tener escenario, luces y protagonistas de verdad.
Por eso su historia resulta difícil de contar sin que parezca inventada.
Pero ocurrió.
Y para entender cómo aquel hombre que alguna vez consiguió que Maradona entrara en uno de sus espectáculos terminó sus días sobre un colchón en Merlo, hay que volver casi veinte años atrás.
CUANDO APARECIO EL REY DEL ENTRETENIMIENTO
A mediados de la década de 2000, Higgins irrumpió en la Argentina con una puesta en escena difícil de ignorar.
Hablaba de millones, de negocios internacionales y de proyectos capaces de cambiar ciudades enteras. Vestía como alguien que necesitaba ser visto y se movía como si el dinero no fuera un problema. Autos de lujo, hoteles, reuniones, viajes y apariciones públicas formaban parte de un personaje que él mismo alimentaba.
Se hacía llamar “el Rey del Entretenimiento”.
Y durante un tiempo consiguió algo todavía más difícil que inventarse una corona: logró que otros aceptaran tratarlo como si realmente la llevara puesta.
Su gran apuesta fue World Football Idol, un concurso internacional pensado para encontrar a la próxima gran estrella del fútbol.
La idea mezclaba reality, búsqueda de talentos y espectáculo. Pero Higgins no quería hacerlo en pequeño. Quería nombres grandes. Quería luces. Quería ruido.
Y consiguió parte de eso.
Diego Maradona apareció vinculado al proyecto. También Sergio Goycochea y Gabriel Batistuta.
En Mar del Plata hubo shows, estadios y artistas internacionales.
Gloria Gaynor participó de una de aquellas jornadas. Duran Duran llegó después para otra presentación.
La fantasía tenía decorado verdadero. Maradona era Maradona. Duran Duran era Duran Duran. Los estadios existían. Las luces se encendían.
Y Max Higgins estaba en el centro de todo.
Ese fue quizás su talento más extraordinario: conseguir que una idea improbable tuviera suficientes elementos reales como para que nadie supiera con claridad dónde terminaba el negocio y dónde empezaba la ficción.
UN LAMBORGHINI PARA COMPLETAR LA ESCENA
En cualquier relato sobre Higgins tiene que aparecer un Lamborghini. Porque también hubo uno. En 2007, la Policía encontró en una cochera de Puerto Madero un Lamborghini Diablo que había sido entregado para uno de sus espectáculos y que luego no había sido devuelto.
La escena parecía escrita con exceso: un empresario jamaiquino, un auto valuado en cientos de miles de dólares, Puerto Madero y una investigación policial. Pero ocurrió.
Higgins llegó incluso a incluir un vehículo de lujo entre las promesas vinculadas a World Football Idol.
El certamen, sin embargo, empezó a desinflarse.
El gran futbolista que debía surgir de aquella maquinaria nunca apareció. El espectáculo perdió fuerza.
Y Higgins, lejos de bajar el volumen, decidió cambiar de escenario.
SAN PEDRO Y EL SUEÑO DE UN DISNEY LOCAL
Entonces llegó San Pedro. Allí anunció un proyecto todavía más grande.
Había comprado un importante predio y sostenía que levantaría un parque temático con una inversión cercana a los mil millones de dólares. La promesa era desmesurada. Y por eso mismo resultaba irresistible.
En la entrada del terreno apareció incluso un enorme cartel anunciando la llegada de “Walt Disney Mundo S.A. Inc.”
Por un momento, San Pedro pudo imaginarse convertida en una especie de Orlando bonaerense. La ilusión duró poco.
The Walt Disney Company negó cualquier vínculo con Higgins y desconoció por completo el proyecto.
El parque nunca se construyó.
El cartel quedó como testimonio de una fantasía que se derrumbó antes de que pudiera levantarse siquiera la primera pared.
Y ahí empezó otra parte de la historia.
Una bastante menos luminosa. Cuando comenzaron a apagarse las luces, después de los estadios, los artistas y los proyectos faraónicos llegaron las preguntas.
QUIEN ERA REALMENTE MAX HIGGINS
De dónde salía el dinero. Cuánto de lo que decía poseer existía. Cuánto había sido prestado. Cuánto había sido apenas una promesa.
Con los años, el personaje comenzó a desaparecer de los medios. Ya no hubo helicópteros. Ni grandes anuncios. Ni estrellas.
Las imágenes posteriores mostraron algo completamente distinto.
Higgins empezó a ser visto caminando por Buenos Aires, algunas veces descalzo, con la ropa deteriorada y un maletín en la mano.
Dormía en la calle.
Pasaba por Puerto Madero, el Luna Park o la Reserva Ecológica, lugares que también pertenecían a otro capítulo de su vida, cuando todavía se movía entre oficinas, hoteles y autos de lujo.
Aun entonces seguía hablando de proyectos. Seguía hablando de dinero. Seguía imaginando negocios.
Era como si el reino hubiese desaparecido pero el rey todavía no hubiera recibido la noticia.
A fines de 2023, su situación de vulnerabilidad derivó en una intervención de equipos de salud y en una internación en el Hospital Borda.
Después volvió a perderse su rastro. Hasta Merlo.
EL ULTIMO ACTO
La historia de Max Higgins terminó lejos de los lugares donde alguna vez consiguió que todos miraran.
No hubo cámaras. No hubo músicos. No hubo futbolistas. No hubo autos de lujo.
Solo un colchón sobre una vereda y algunos vecinos esperando el colectivo.
Existe una vieja leyenda que asegura que Walt Disney fue congelado después de morir para esperar un futuro capaz de devolverlo a la vida.
Nunca ocurrió.
Disney fue cremado, y el calor del fuego devolvió al mundo su cuerpo convertido en cenizas.
Max Higgins, que quiso llevar su nombre hasta un campo de San Pedro, terminó casi veinte años después a la intemperie, en una madrugada fría de Merlo.
La autopsia deberá determinar si ese frío tuvo algo que ver con su muerte.
Lo demás ya pertenece a una historia que parece escrita para el cine.
Hubo un hombre llegado desde Jamaica que consiguió que Diego Maradona entrara en su espectáculo.
Hubo un Lamborghini.
Hubo artistas internacionales. Hubo un cartel prometiendo un Disney que Disney desconocía.
Hubo una capa. Hubo una corona.Y después hubo un hombre cargando un maletín por las calles.
Hasta que finalmente hubo un colchón.
Tal vez ese haya sido siempre el verdadero talento de Max Higgins: no construir parques ni descubrir futbolistas, sino conseguir que durante algunos años mucha gente mirara hacia donde él señalaba y creyera que detrás del próximo telón estaba a punto de ocurrir algo extraordinario. Esta vez, el telón cayó de verdad.
