Cuentos de un narrador clásico
Un amigo de Kafka…
Por Isaac Bashevis Singer
Nórdica. 360 páginas
Alérgico a las experimentaciones con la técnica o la estructura, el polaco-estadounidense Isaac Bashevis Singer (1904-1991) fue un narrador clásico, un consumado contador de historias cuya misión primordial era llegar al lector de la manera más directa posible.
Una buena prueba de esa preferencia literaria se resume en Un amigo de Kafka y otros relatos, obra de 1970 que por estos meses circula en una nueva edición con versión española de Andrés Catalán.
Allí están el estilo y el método de Singer, siempre convincentes, y también sus temas típicos. Que en verdad podrían reducirse a uno solo: el contraste entre la tradición religiosa de los judíos de la Europa oriental y su versión adaptada, licuada o pervertida en los tiempos modernos.
Esa tensión fue la que debe haber experimentado el propio Singer, vástago de una estirpe de rabinos oriundo de Polonia, que tras una primera etapa transcurrida en Varsovia, partió a Estados Unidos, donde hizo carrera escribiendo en publicaciones populares en yidish, luego traducidas al inglés y difundidas por todo el planeta. La obra nacida de esa mezcla es la que galardonó el Nobel de Literatura en 1978.
El mundo que Singer conoció de niño y adolescente le ofreció el material en el que abrevaría por el resto de su vida. Siempre posó una mirada simpática aunque distante sobre esas pintorescas costumbres incubadas al calor de innumerables preceptos y rituales religiosos. En ellas encontró el marco, muchas veces extravagante o incomprensible para el criterio del Occidente más o menos cristiano, de los numerosos relatos y novelas que salieron de su pluma.

En Un amigo de Kafka... se recopilan cuentos humorísticos (“La broma”, “La apuesta”), filosóficos (“El hijo”), alegóricos (“La llave”, “Palomas”), algunos que podrían calificarse de fantásticos (“Relatos junto al fuego”, “La cafetería”) y otros que apenas circundan una anécdota, como “La colonia”, que transcurre en uno de los pueblos fundados por el barón Hirsh en la joven Argentina del siglo XIX.
Los más logrados, como el que da título al volumen, abordan las contradicciones de un pueblo zarandeado por los vientos de la historia antes y después del cataclismo de la Segunda Guerra Mundial.
En “El mentor”, otro relato representativo, el tono se vuelve más sombrío y elocuente.
Un escritor, presumible alter ego de Singer, viaja a Israel en 1955 donde vuelve a cruzarse con una antigua alumna de su juventud en Polonia. La mujer, cínica y emancipada, no consiguió adaptarse al experimento sionista. Se divorció y está distanciada de su hija adolescente, a la que apenas frecuenta. En un largo viaje en auto va relatando esas penurias al narrador literato, mientras ventila incertidumbres identitarias que el novedoso estado judío no ha logrado disipar.
“Stalin ansiaba el poder. Los judíos modernos también ansían el poder: no de forma directa, sino operando en la sombra -protesta ante su asombrado interlocutor-. En ese sentido son como las mujeres. El judío ha nacido para criticar. Tiene que romper cosas. Aquí no puede menospreciar nada, y eso lo vuelve loco. Soy, ya lo ves, una hedonista convencida”.
Una voz desgarrada y paradójica, de las muchas que suelen retumbar en los cuentos de este narrador inagotable.
