En las últimas horas comenzaron a oírse fuerte los tambores de guerra electorales. Los más inesperados fueron los del peronismo con el desafío de Axel Kicillof a Cristina Kirchner, aunque los medios le bajaron el volumen.
Lo contrario hicieron respecto del enojo de Patricia Bullrich con Karina Milei, al que dieron todo el despliegue posible como señal de fragmentación en el oficialismo.
Pero además del universo paralelo de los medios existen los hechos y entre ellos un tercer episodio clave para ir entendiendo por dónde va la campaña: el viaje a París a fin de mes del presidente de la Nación acompañado por gobernadores radicales, peronistas y de partidos provinciales a los que se podría sumar el jefe de gobierno de CABA.
Por su parte, el peronista cordobés LLaryora y el radical santafesino Pullaro no saben dónde ponerse.
La Casa Rosada presiona para armar una coalición nacional “de facto” para las presidenciales. Hace tiempo que las competencias electorales no son entre partidos, sino entre coaliciones.
En suma, las definiciones se aceleran y presentan dos características: la polarización y la división de la oferta en dos propuestas macroeconómicas completamente diferenciadas. De ambas ya hay experiencia.
Kicillof probó la suya durante el último gobierno de Cristina Kirchner (2011-2015), durante el que se desempeñó dos años como viceministro y dos como ministro de Economía. El resultado fue elocuente: el triunfo de Macri en 2015.
Es llamativo que antes de convertirse en funcionario, su “cursus honorum” fuera predominante el de un académico de economía, similar al de otro “outsider” como Javier Milei. Hoy es precandidato del PJ. Así de devastado quedó el peronismo después de CFK.
Lo importante, de todas maneras, es que el sábado pasado decidió desafiar a su extutora y le dijo a los suyos “cuente conmigo para el año que viene”, versión remasterizada del “síganme, no los voy a defraudar”. Subió la presión. La cuestión ahora es saber qué pide Cristina Kirchner además de protección política para ella y su hijo que está a un paso de los tribunales.
Inicialmente, el silencio del camporismo fue atronador. Solo criticó al gobernador “off the record”, recurso que ya pasó de ser una práctica periodística dudosa a un instrumento usado sin el menor reparo en operaciones políticas.
En el caso de Bullrich y Milei, en cambio, la cuestión es otra. Se trata de una “puesta en valor” que la senadora intenta hacer de su capital político. Ingresó al Senado rodeada de un aura de autoridad, pero pronto descubrió que la Casa Rosada operaba por canales propios. Pretende por lo tanto rectificar la situación y que “no la tomen por tonta”, es decir, que ignoren su patrimonio electoral a la hora de repartir cargos. Su poder de fuego es, de todos modos, limitado y carece de destino fuera del actual oficialismo.
En este marco fluctuante operará el Congreso durante los próximos tres meses, lapso en que debe sancionar leyes fundamentales para la campaña como el presupuesto y la reforma electoral.
