Cuando una historia mata dos veces: Werther en la era del algoritmo
Hay temas muy incomodos y que por ende evitamos tratar, uno de ellos presente en la últimas semanas ha sido el del suicidio. Sin embargo, dentro de esto hay otro aspecto que lleva a un mayor escozor y es el de la imitación del mismo.
Hay tragedias que no son solo esto, sino que pasan a volverse un relato que supera a la tragedia. Los medios viviendo en la época de la métrica, buscan relatos impactantes, a veces colocando en la primacía de esa difusión al hecho concreto en segundo plano. Y cuando un acto extremo se convierte en relato repetido y compartido miles de veces, pero deformado, descontextualizado, cargado de comentarios que lo convierten en morbosamente atractivo, es finalmente imitable.
La sociedad entra en una zona peligrosa, ya que ese relato en su espectacularidad lo lleva a ser atractivo y contagioso. Hay quienes no podrán dejar de hablar, pero para otros en una situación más limite y mayor fragilidad, pasa a funcionar una justificación, razón y finalmente como modelo.
La cultura occidental ya vivió este fenómeno con una intensidad que llevó a ponerle nombre. En 1774, un joven de 24 años escribe en una pocas semanas una obra breve relacionada en parte a un episodio personal. El libro que Johann Wolfgang Von Goethe escribió, de él se trata, se llamó “Las penas del joven Werther” y generó una respuesta inmediata. El libro instala un modelo psicológico. el joven sensible, herido, romántico, y que confunde ese dolor con su destino. Se trata de cartas que Werther, un joven artista de temperamento sensible y apasionado, le escribe a su amigo Wilhelm, sobre su “mal de amores”, sus penas. Rápidamente paso a ser un fenómeno social, en donde se confunde la realidad con el relato.
Por ejemplo, empezaron a haber imitaciones del personaje, algunos jóvenes copiaban el vestuario “wertheriano”. Luego vendrían los relatos, con una desigual comprobación concreta histórica, pero aparentemente reales de un fenómeno inquietante que se dio en llamar el “Efecto Werther”, o incluso el “síndrome Werther”. Esta última denominación surgida de un trabajo de 1974 de David P. Phillips que publicó bajo el título “La influencia de la sugestión en el suicidio” en donde habla justamente de lo que el título propone: la incidencia de la sugestión en la imitación de los comportamientos autolesivos en particular el suicidio.
Ese tipo de investigación consolidó la idea de que ciertos relatos, en determinadas condiciones, aumentan el riesgo suicida. Algunos trabajos posteriores cuestionaron los hallazgos y quizás la línea media, que es la actual, es considerar que la relación si bien no es lineal y absoluta, existe: lo real es que decididamente aumentan el riesgo.
Ese episodio quedó como advertencia: cuando una narración se transforma en un guion atractivo para el sufrimiento, el sufrimiento encuentra forma de expresarse a veces de maneras violentas. El concepto que hoy usamos del “efecto Werther”, se apoya justamente en esa intuición cultural y en la evidencia posterior: ciertos modos de contar el suicidio pueden asociarse a aumentos posteriores (contagio), mientras que otros enfoques, otros modos comunicacionales, pueden ser protectores.
El punto decisivo es este: el contagio no es magia ni “sugestión” difusa. Es un aprendizaje social, basado en ver, registrar, memorizar, y finalmente incorporar algo que lleva a un contagio narrativo cuando el hecho se vuelve historia replicable y es búsqueda de identidad, cuando alguien se apropia del relato para darle sentido a su propia crisis. En el mundo analógico, esa relación con el relato se multiplica de la misma manera que las vías de comunicación han aumentado exponencialmente. Un video se replica, un comentario queda instalado como verdad, por la sola repetición del mismo.
Ya algunos años antes se empezó a usar el termino copy-cat, que se refiere a aquel que imita. Su uso se sitúa en 1961 por un artículo en New York Times ‘The Case of the Copycat Criminal’, sobre los crímenes por imitación. El efecto Werther, se consideraría cuando se presenta no por casos individuales sino en un aumento medible y como producto de un tipo de cobertura especial o de impacto como fue el caso de la novela de Goethe. El siglo XXI agregó una variable brutal respecto a la cobertura y es la repetición interminable en la multiplicación mediática, en redes y en el imperio de la métrica donde importa la cantidad y no las consecuencias de esa búsqueda de la cantidad.
Hoy el relato no llega una vez; sino miles y eso lleva a que no se lee, sino que se “consume” en clips, hilos, reacciones, memes, comentarios de todo tipo, “teorías”, reconstrucciones etc., el hecho y la gravedad del mismo ha perdido importancia. La multiplicación no se da solo en la esfera pública abierta, sino en redes cerradas: grupos, subculturas, micro comunidades de afinidad, que son cámaras de eco donde el dolor se transformarse en una cultura de la pertenencia y de la identidad.
Ahí el contagio se vuelve menos “masivo” pero más focalizado y va directo a quienes están buscando una forma, una salida, un “lenguaje”, pero especialmente una explicación para su desesperación. En ese circuito, la tragedia puede convertirse en un objeto de pertenencia: “esto me/nos representa, interpreta, da sentido a lo que siento”.
EL EFECTO PAPAGENO
La evidencia del efecto copycat, Werther, y su mecanismo, lleva afortunadamente a entender la importancia y lo delicado respecto a la forma de narrar y sus efectos. En la Flauta Mágica, Mozart presenta un personaje: Papageno, que también pasa por penas como Werther, pero sus amigos intervienen de una manera determinante.
Un autor que ha estudiado mucho el efecto contagio, Niederkrotenthaler propuso junto a colegas en 2010, el “efecto Papageno”. Se trata de coberturas mediáticas que muestran alternativas, posibilidades de afrontamiento, búsqueda de ayuda, y mostraron que éstas pueden asociarse con reducción de suicidios.
En vez de ofrecer el guion de la muerte, ofrecen el guion de la salida. Por eso, la discusión no es “hablar o callar”, (de esto no se habla), sino cómo hablar, comunicar. La OMS actualizó en 2023 su recurso para profesionales de medios, con los sí y los no claros: evitar sensacionalismo, evitar detalles del método, evitar romanticización, y siempre incluir recursos de ayuda y enfoque preventivo. El CDC y el proyecto “Reporting on Suicide” sostienen recomendaciones similares: el modo de cubrir puede aumentar contagio o aumentar búsqueda de ayuda.
En contextos donde se percibe repetición de casos, el riesgo mayor no es la noticia aislada; es la “serialización”, es decir convertir tragedias en saga, en “temporada”, en conteo, en espectáculo de continuidad. Es precisamente lo que Werther inauguró: un guion social disponible.
Buscar razones, paneles de opinión interminables, en las que el morbo se escuda en la “necesidad de abordar el tema”, son lo que todas las agencias locales e internacionales, han señalado infinita cantidad de veces, solo hay que entender que existe una consecuencia concreta pero también una responsabilidad moral.
Si el periodismo quiere cumplir una función civilizatoria, y La Prensa suele reclamar ese lugar, el desafío es narrar sin modelar, informar sin diseñar un “camino” para el vulnerable, y si se escribe sobre suicidio, hacerlo de un modo que tienda al Papageno: salida, recursos, comunidad, prevención, y un recordatorio sobrio de que el dolor es tratable y la crisis es transitoria.
*Centro de Asistencia al Suicida (CAS): 135 (CABA y GBA), (011) 5275-1135 o 0800 345 1435 (todo el país). (Asistencia Suicida https://www.asistenciaalsuicida.org.ar/ayuda)
