A eso de las diez de la mañana, un escuadrón español se acercó a la playa. Los nuestros se desplegaron para esperarlo, pero ante los tiros de goleta Moctezuma retrocedieron.
La orden era llegar a la villa de Pisco. Sólo Las Heras y su ayudante iban montados mientras “que los demás de la división, jefes, tropa de artillería y caballería y cuantos más por si instituto debían ir montados, iban a pie, cargando su silla a la espalda, y los cañones se tiraban a brazo”.
Como lo señala Gerónimo Espejo, “era aquello un espectáculo imponente, conmovedor, en que se veía lucir el imperio de la sumisión militar, la moral, la disciplina, la severa subordinación a la voz de su general…”.
Para dar una idea del esfuerzo, la división comenzó a marchar lentamente por la playa, “cuyo piso era un inmenso médano de arena suelta en que la tropa se enterraba hasta el tobillo”, unido a un sol que quemaba hasta la sed, a pesar de que cada individuo había desembarcado con una caramañola llena con agua de a bordo.
A esto agreguemos que la tropa iba con conservando la formación, pues el enemigo estaba frente a ellos.
El cronista bien escribió que “era una escena aquella, que si el ejército de los Andes la vio y practicó en la campaña libertadora, quizá no se haya repetido muchas veces en otros ejércitos”.
La villa había quedado abandonada por la población, cumpliendo con un bando del virrey, sólo un anciano de más de noventa años con la fiel compañía de un perro, fue descubierto por el ladrido del can.
Tratado con toda consideración y respeto dio las noticias de los últimos días y se lo envío a su casa con las garantías que iba a ser respetado por las tropas y que si individuo le faltaba a las consideraciones, se fijase la fisonomía y los colores del uniforme para castigarlo.
Al momento se empezó a correr la voz y muchas familias regresaron. A las tres o cuatro semanas eran unos 800 a mil los pobladores, y los comercios, tiendas y pulperías se fueron abriendo, y dulces, pan fresco y otros productos podían consumir los soldados.
EL LIBERATDOR
El 12 desembarcó el general José de San Martín, y mandó distintas partidas, una encabezada por el general Juan Antonio Álvarez de Arenales que encontró legua y media al norte de Pisco, camino a Lima la hacienda de Caucato, propiedad del español don Fernando del Mazo.
Allí encontró almacenados dos mil panes de azúcar entre otros productos, y más de 1.500 negros esclavos de ambos sexos.
El 15 cerca del mediodía ocurrió un episodio singular, desde la mencionada hacienda el general Arenales avisó la llegada de un parlamentario del virrey Joaquín de la Pezuela, con pliegos para el general San Martín, al que dejaba pasar porque tenía la orden expresa de entregar los papeles de que era portador en propia mano.
Señala Espejo: “Como es sabido por práctica general, que todo parlamentario es encargado de una comisión ostensible (los pliegos que conduce) y otra reservada (la de adquirir cuantos datos pueda del enemigo)”.
A pesar de estos supuestos no hubo problema en que llegara como lo hizo, escoltado por una partida de nuestra vanguardia y con los ojos vendados.
Fue presentado al general San Martín, que con las delicadezas que le eran propias dispuso se alojase en una habitación de la casa, destinando a su edecán José Caparroz (que después de una meritoria trayectoria, años más tarde pasó a las filas realistas) “para su cuidado y atención quien no se separó un solo momento de su lado”.
El emisario era un alférez de los Húsares de la Guardia, Cleto Escudero, al decir de Espejo “mozo muy despierto y de carácter festivo, y venía vestido con el lujoso uniforme y dorman de su cuerpo”.
San Martín prestaba especial interés a la música en el ejército, y que desde Mendoza había llevado a los músicos negros que le facilitara el acaudalado vecino don Rafael Vargas, los que habían estudiado con el reconocido maestro Víctor de la Prada, como lo recordamos en esta columna en febrero del 2021.
Supuso el Libertador que una de las misiones del parlamentario era la de que entrase a contar el número de retretas que por la noche se oían en su casa, dispuso -volvemos al testimonio de Espejo- “un simulacro de bandas que lo desorientase”, y así empezaron los toques de ordenanza con música y cajas unas, otras con cajas y pífanos, otras con pífanos y cornetas y otras con cornetas solas, e un número mayor que los cuerpos con los que contaba el ejército.
“Así fue que llegada la hora de la retreta, empezó el estrepitoso toque de unas bandas tras otras”, circunstancia que era notorio el parlamentario tomaba en cuenta y más cuando pasaron de veinte” Ello provocó que Escudero comenzara a desconfiar de la verdad, era natural de Andalucía y tenía ese acento tan peculiar, y dirigiéndose a Caparroz le dijo: “Dígame usted ¿Cuántas músicas tienen ustedes”.
A lo que éste le respondió: “¿Veinte y ustedes?, y el andaluz con humor replicó: “Cincuenta y con la de la Catedral, cincuenta y una”.
GRANADEROS
Seguramente alguna de esa música era del Regimiento de Granaderos a Caballo, que mañana cumple el 213 aniversario de su creación por decreto del Primer Triunvirato.
Hasta hace algunos años era costumbre que escoltara con el ceremonial de estilo un escuadrón y la fanfarria Alto Perú a los embajadores acreditados ante nuestro gobierno al tiempo que presentaban sus cartas credenciales, desde la Plaza San Martín hasta la Casa Rosada.
Era emocionante ver el aplauso de la gente ante el desfile del cuerpo, como aún hoy se lo suele ver en algún acto. Por esa razón quisimos traer este recuerdo, a modo de homenaje a este histórica unidad.
