Mirador político

Cuando el periodismo baja al barro

El viernes último la Justicia Federal desactivó una operación mediática: el caso $Libra. El fiscal y el juez intervinientes coincidieron en que no constituía delito un acto supuestamente corrupto del presidente de la Nación con el que los medios habían estado machacado en una evidente campaña de desgaste.

Milei estalló contra los responsables, en particular contra el grupo “La Nación”, reclamó que rindieran cuentas y les deseó la “hoguera”, grueso error de comunicación. Como era de esperar los medios no se hicieron cargo de nada y se escudaron en la libertad de prensa, derecho que nunca estuvo amenazado, porque publicaron y publican lo que les viene en gana sin restricción.

Lo sucedido tiene consecuencias nefastas para la tarea periodística. La principal es la pérdida de credibilidad.

Esto es así porque no se trata de un hecho aislado. Protagonistas del caso $Libra participaron en otras operaciones como la de los “Panama Papers” contra Mauricio Macri (que terminó también en sobreseimiento) y en la difusión de la falsa “desaparición” de un activista de izquierda que, en realidad, se había ahogado en un río patagónico. Esto es, exhiben una conducta pertinaz.

El denominado “periodismo de investigación” se parece cada vez más a las viejas campañas con libelos para difamar al adversario político, pero a cara descubierta y bajo el manto de una supuesta neutralidad informativa. Antes se lo llamaba acción psicológica y estaba a cargo de los servicios de inteligencia. Hoy se enseña en las universidades.

En realidad, la credibilidad del periodismo nativo entró en tirabuzón con la crisis de 2001. En el derrocamiento del presidente De la Rúa participaron no sólo el duhaldismo y el alfonsinismo, sino también grupos mediáticos con otra operación famosa, la de las “coimas del Senado”, que la Justicia también probó inexistentes.

En ese momento el periodismo tomó la decisión de bajar al barro de la política para ocupar un lugar en la lucha por el poder, papel incompatible con el de informar de manera independiente y creible. Ocupó su lugar entre los grupos de presión del establishment para lograr el objetivo que entonces perseguía: devaluación, pesificación y licuación de pasivos.

Ese fue el punto de no retorno. Después vino la pelea a cielo abierto entre los Kirchner y el grupo Clarín, la contratación de periodistas (“678”) para denigrar a otros periodistas, la pauta oficial para crear medios K con dinero estatal, la mascarada del periodismo “militante”, etcétera. El partisanismo disfrazado de periodismo.

En síntesis, para el ciudadano de a pie la tarea de informarse ha resultado cada vez más esforzada. La verdad finalmente suele aparecer, pero no a través del periodismo, sino por la lenta vía de la Justicia. Hoy el problema de la prensa no es la falta de libertad, sino el del exceso de campañas sucias que la han puesto a la altura de los políticos, corporación que la mayoría de la sociedad detesta.