Cuando el Estado se aparta de la fe

La reforma constitucional de Santa Fe...

Por Ricardo Bach de Chazal

Areté.128 páginas

 

Concluido hace apenas seis meses, el proceso de reforma constitucional de Santa Fe parece un asunto ya lejano en el tiempo, sepultado por las novedades que traen los diarios. El olvido sería completo si no fuera porque todavía hay católicos que se toman en serio su fe y reaccionan ante el doloroso golpe que significó aquella reforma constitucional. Un golpe más doloroso porque el abandono de la confesionalidad provincial que trajo esa reforma fue auspiciado nada menos que por la propia jerarquía eclesiástica, de la que se esperaba, en cambio, una defensa de los derechos de la Santa Fe, esa fe a la que debe la provincia incluso su nombre. El profesor Ricardo Bach de Chazal expone esa desoladora paradoja, que cuesta no ver como una traición.

En La reforma constitucional de Santa Fe, de la profesión de fe a la apostasía institucional, De Chazal (Tucumán, 1960), que es abogado y autor de varios libros y publicaciones jurídicas, analiza la posición que asumió la Iglesia católica de la provincia en ese proceso a través de sus pronunciamientos y de los aportes que hizo a la Convención reformadora.

Dos son, en especial, los documentos eclesiásticos en los que centra su mirada, porque resultaron “tristemente gravitantes” en el resultado final.

Uno lleva la firma del arzobispo Sergio Fenoy y de su obispo auxiliar Matías Vecino. Se titula Reconocer a la Iglesia dentro de la pluralidad, sin privilegios y está fechado el 4 de diciembre de 2024. El otro fue redactado por el Equipo Interdiocesano, que nuclea a todas las diócesis de la provincia, y es un proyecto de reforma que fue entregado a la Convención Reformadora.

El primero anticipó cuál iba a ser la posición de la Iglesia con relación a la reforma, cuya necesidad todavía no había sido siquiera formalmente declarada. Ese texto se adelantó a cuestionar el artículo 3 de la Constitución provincial por contener “prácticamente una profesión de fe” que, a juicio de los prelados, resultaba “inadmisible” en el tiempo presente, porque conducía a la confusión del orden civil con el religioso.

Dicho artículo sostenía que “la religión de la provincia es la católica, apostólica y romana, a la que prestará su protección más decidida,sin perjuicio de la libertad religiosa que gozan sus habitantes”. Su derogación derivó en un nuevo orden igualitario de relaciones entre el Estado provincial, la Iglesia católica y los demás cultos.

De Chazal ofrece un valioso examen del fondo teológico y jurídico que tiene este asunto, donde se deja ver de a poco las implicancias del cambio introducido. Para eso revisa los argumentos de los obispos a la luz de la doctrina pre y posconciliar y demuestra que la fórmula derogada estaba en continuidad con el magisterio de siempre de la Iglesia acerca del deber de los hombres y las sociedades para con la verdadera religión, mientras que el pronunciamiento del Arzobispado se aparta de esa tradición, incluso malinterpretando un texto conciliar, Gaudium et Spes.

El recorrido por el magisterio que aporta el autor permite vislumbrar el benéfico resultado de una relación armoniosa del orden temporal y el religioso, algo que surge de documentos del Concilio Vaticano II, del catecismo, y de distintos pontífices, desde Francisco hasta León XIII, Pío X, Benedicto XV, Pío XI, Pío XII, y así hasta Pablo VI. Esta revisión resulta tan erudita como imprescindible.

En el análisis que va desplegando el autor a lo largo de las páginas se muestra también la razón por la cual el magisterio ha reprobado largamente la paridad de cultos, algo que, además, supone la irracional pretensión de que el Estado reparta sus esfuerzos y recursos para atender finalidades contradictorias, como bien acota el autor.

Del mismo modo se deja en evidencia la deformación del concepto de "sana laicidad" que incluía el proyecto de reforma del equipo interdiocesano y se mencionan otras aristas problemáticas, relacionadas con la ideología de género o la protección del niño por nacer. Los motivos de escándalo abundan, y no falta la mención a los contactos que mantuvo la jerarquía eclesiástica con la masonería relacionados con la reforma.

El fresco que ofrece De Chazal sobre lo que el magisterio ya dejó asentado sobre estos asuntos encierra durísimas palabras de advertencia de los papas para quienes buscan que las instituciones dejen de configurarse en conformidad con la Verdad sobre Dios y sobre el hombre que la Iglesia enseña: “gran injuria a Dios”, “impiedad manifiesta”, tesis “falsa” y “nociva”, de la que sirven “poderosos enemigos”, entre otras.

El itinerario deja ver el motivo de esa preocupación, que no es otro que la importante función que tiene el poder político en orden a ayudar a los ciudadanos a conseguir el fin sobrenatural, o el debilitamiento de la fe que se sigue de esa defección.

No puede extrañar que Pío XII advirtiera que, “donde el laicismo logra sustraer al hombre, a la familia y al Estado del influjo benéfico y regenerador de Dios y de la Iglesia, aparezcan señales cada vez más evidentes y terribles de la corruptora falsedad del viejo paganismo”. Son las tinieblas que se van extendiendo, como decía el pontífice.

Hacia allí vamos, ahora con auspicio de los obispos.