Cruzada española

Señor Director:

Noventa años han pasado desde aquel día en que España dejó de implorar y empezó a dictar sentencia, porque la Cruzada no nació de una querella, nació de un hartazgo sagrado. Un país arrodillado ante el caos -como hoy vuelve a suceder- pidió auxilio. Ese fue el instante en que España, cansada de ser profanada por manos torpes y corazones sin fe, decidió que la misericordia ya no era virtud sino debilidad y el auxilio llegó cuando España comprendió que la indulgencia tiene un límite y que, más allá de ese límite, solo queda la espada. Y la espada, cuando baja, no pregunta si el culpable reza, pregunta si merece seguir respirando.

Porque los hombres que se alzaron por Dios y por España no buscaban gloria; buscaban expiación. Sabían que la República había convertido la Patria en un templo profanado, y que la única liturgia posible era la del fuego que limpia, la del fuego que purifica.

Hoy, a noventa años, mientras España juega a la tolerancia como quien juega con fósforos en un polvorín, conviene recordar ese tiempo en que la nación habló como hablan los profetas, con voz dura, vertical, sin miedo a la sangre ni al juicio. Porque hoy, la memoria del Alzamiento no es un homenaje, es un juicio. Un juicio contra esta España tibia que confunde bondad con debilidad y perdón con abandono y, con cobarde sumisión, prefiere probar la hiel de la venganza tardía de aquellos que disfrazan con ideología sus robos y alcahueterías. Que el recuerdo de la Cruzada siga siendo una herida abierta, una advertencia teologal, un recordatorio de que la luz, cuando se ve obligada a defenderse, se vuelve incandescente y cruel. Porque hay amaneceres que no solo iluminan, también queman.

                                         

JOSE LUIS MILIA

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