Crisis de opiáceos: necropolítica y la ontología del abandono de la "mercancía dañada"

En los últimos tiempos vemos en los medios del mundo imágenes de miles de personas que deambulan por las calles de ciudades de Estados Unidos como Filadelfia o Chicago y vuelve a recordarnos que el tema de la crisis de opiáceos está instalado. Ese aspecto de sujetos deshumanizados, que incluso llevó a que en su momento se hablara de droga zombie (la combinación de Xilazina y fentanilo), traza un paisaje y especialmente una narrativa apocalíptica en un mundo habitado por seres que han dejado de ser considerados como humanos. En los últimos tiempos y merced a la lucha por parte del gobierno de Estados Unidos contra la xilazina, el mercado de la droga mutó, se adaptó y puso en su reemplazo a una droga del mismo tipo, pero mucho más potente y especialmente mucho más económica. La irrupción de la medetomidina, que es un potente anestésico de uso veterinario legal, usado para producir la sedación de animales grandes es este nuevo elemento en este escenario. La droga por su uso se la ha llamado en la jerga el “tranquilizante de rinocerontes” (Rhino-Tranq), lo que nos acerca más a la idea del lugar deshumanizado que le es reservado a los consumidores. La pregunta es si esta crisis sin fin, es una dificultad del sistema para hacerle frente o quizás por el contrario la conclusión lógica, por acción o negligencia y desinterés. 
En un mundo donde el valor humano está ligado a la capacidad de producción, la crisis de los "sedantes de rinoceronte" funciona como un espejo de la política contemporánea: una donde la vida que no genera rentabilidad se convierte en una externalidad que el mercado "corrige" mediante el abandono.
LA INDIFERENCIA Y EL DESCARTE
Es necesario precisar los términos que sostienen y permiten clarificar cierto discurso que parecería se está buscando instalar:
*Externalidad: se utiliza para despojar al Estado de su responsabilidad moral. En economía, es un costo o beneficio que afecta a un tercero que no eligió incurrir en él. Si la muerte por sobredosis o la indigencia se consideran "costos privados" del individuo, el estado justifica no asumir el gasto de su rescate o reinserción. 
*Oxímoron (“El fallo de mercado”): Implica que el mercado, por definición, no puede fallar. Por tanto, la muerte de poblaciones vulnerables no es un error del sistema, sino un resultado natural y aceptable del proceso económico. Eventualmente un daño colateral.
A todo esto, el filósofo Camerunés Achille Mbembe, ocupado en trabajos sobre el post-colonialismo, habla del término “Necropolítica”, a la que considera la evolución oscura de la biopolítica (Foucault). Mientras que la biopolítica gestiona la vida, la necropolítica como los mercados modernos deciden quién es prescindible y crea "zonas de muerte" donde se permite que el mercado opere sin restricciones, y cree espacios donde el valor de la vida es nulo y la muerte se convierte en un evento administrativo o estadístico. Esto encaja perfectamente con el abandono de los adictos entre otras condiciones desatendidas activamente. 
ZONA DE MUERTE
Si pasamos de un plano puramente médico o estadístico a uno filosófico y existencial, vemos la deshumanización como un estado del ser: La ontología aquí describe un estado donde el usuario de medetomidina, al quedar en catatonia profunda y deshumanizado visualmente, pierde su estatus de "ser humano" ante los ojos del sistema y la sociedad, pasando a habitar una "zona de muerte", donde la vida carece de valor ontológico. Así, el "Ser" por su utilidad: la "naturaleza" o la esencia de una persona ya no se define por su humanidad intrínseca, sino por su capacidad de producir y consumir. Consecuente con esto hay un pasaje de sujeto a objeto. 
Al hablar de una "ontología de la mercancía dañada" (damaged goods), se plantea que el adicto o el indigente ha sufrido un cambio en su categoría de ser: ha dejado de ser un "sujeto de derechos" para convertirse ontológicamente en un "objeto defectuoso". 
Por otro lado, siguiendo esa retórica, para la lógica del mercado y los algoritmos de eficiencia, estas personas "son" (en su esencia) desperdicios, residuos o "externalidades". Su existencia misma es definida como un fallo en la hoja de balance, lo que justifica su abandono.
En esta etapa postindustrial, el sistema aplica una obsolescencia programada sobre el ciudadano. el humano sobrante es tratado como mercancía dañada ("damaged goods"). Ya no se busca reparar lo roto; el adicto es un producto defectuoso con obsolescencia programada. El adicto a la medetomidina es visto como un producto que ya no cumple su función de producción ni de consumo, convirtiéndose ontológicamente en residuo industrial. Esta visión resuena con la tradición literaria argentina. Roberto Arlt, en sus Aguafuertes, ya retrataba a los "humillados y ofendidos" por un sistema que los trituraba. Hoy, esos personajes no habitan pensiones, sino viven en una prisión de la catatonia química. Asimismo, la noción de "vida indigna de ser vivida" del programa nazi Aktion T4, reaparece hoy bajo la métrica fiscal/económica: invertir ingentes recursos en un antídoto para un veneno de rinoceronte es una "ineficiencia presupuestaria".
¿EUGENESIA DISFRAZADA DE ALGORITMO?
La gran diferencia entre el siglo XX y el XXI radica en el método. Mientras que el régimen nazi adoptó esos planes basados en cálculos de ahorro estatal, hoy la selección se realiza a través de algoritmos de eficiencia.
Bajo la retórica de la "optimización del gasto", los modelos econométricos asignan recursos basados en la probabilidad de retorno. Si un algoritmo detecta que un sector tiene un "costo de mantenimiento" superior a su valor de mercado proyectado, el sistema simplemente los desplaza de las prioridades, no se mata a la persona, simplemente se la borra de la base de datos de los "rescatables". 
Este proceso nos remite a la "banalidad del mal" de Hannah Arendt: la crueldad no requiere monstruos, solo burócratas cumpliendo órdenes o, en este caso, algoritmos optimizando hojas de cálculo, que cierren perfectamente y dejen la sensación de que se cumple con un bien superior. La muerte por medetomidina, u otras formas de la cual ésta es la metáfora sobre el pasado y las por venir, es el mecanismo de ajuste que el sistema ya había previsto y, en silencio, aceptado.
Este proceso nos devuelve a un estado de naturaleza hobbesiano para los desprotegidos. 
Como sugería Thomas Hobbes, el Leviatán estatal se retira para algunos, devolviéndolos a una vida "breve y brutal", mientras garantiza el orden para los "productivos". La muerte por medetomidina en este caso es un modelo a estudiar sobre el mecanismo de ajuste que el algoritmo incorporado a la vida cotidiana, ya había previsto y aceptado en silencio.
Publicar esto hoy puede parecer extremo, exagerado y lejano, pero así nos dijeron años antes. La eficiencia econométrica es una herramienta técnica, pero cuando se eleva a categoría moral superior a la vida, el resultado es una sociedad que administra escombros. La crisis de las drogas, en este caso, pero la de la salud en general, se soluciona recuperando la noción de que ninguna vida humana puede ser considerada una externalidad negativa. Cuando el estado se retira y deja que el mercado, en este caso, de venenos diversos, haga su trabajo, está ejecutando una sentencia de muerte silenciosa, en la negligencia. Quizás debamos empezar a unir los puntos con otra crisis que padecimos en los últimos años y las imágenes sean más claras a la distancia.

"El mejor truco del diablo es hacernos creer que no existe". Charles Baudelaire.