La belleza de los libros

Cortázar, doña Pepa y doña Rosita


En la “Nota” con que se cierra la novela Los premios, Cortázar se refiere a su manera de escribir, nada rígida en cuanto a la trama, que permite dejar espacio para que ingresen en ella las ocurrencias que, sin llamarlas, suelen acudir a la pluma del narrador.

“El primer desconcertado he sido yo, porque empecé a escribir partiendo de la actitud central que me ha dictado otras cosas muy diferentes; después, para mi maravilla y gran diversión, la novela se cortó sola y tuve que seguirla, primer lector de episodios que jamás había pensado que ocurrirían a borde de un barco de la Magenta Star. […] cosas parecidas ya le sucedieron a Cervantes y les suceden a todos los que escriben sin demasiado plan, dejando la puerta bien abierta para que entre el aire de la calle […].

Me acuerdo perfectamente de que Los premios, libro comprado en la cabecera ferroviaria de Constitución, fue la primera obra de Cortázar que leí. Recuerdo también cuándo y dónde: fue en diciembre de 1965 y en el vagón de un tren que marchaba desde Buenos Aires hacia Mar del Plata. Y sé que, en cierto pasaje, debí reprimir las carcajadas que acudían a mi boca a fin de guardar cierta compostura ante mis compañeros de viaje.

CÓMICOS DIÁLOGOS

En el “Prólogo” se desarrolla una extremadamente risible conversación entre los integrantes del grupo que en la novela es el socialmente más bajo, para decirlo de manera académica (o del grupo más mersa o groncho o pirujo, para expresarlo según la lengua familiar argentina). Participan del absurdo coloquio: a) el Pelusa Atilio Presutti; b) su novia, la Nelly; c) doña Rosita, madre del Pelusa; d) doña Pepa, madre de la Nelly; e) el Rusito, amigo del Pelusa.

Valdrá la pena leer íntegra la graciosísima charla. Pero, en este caso, sólo transcribiré el fragmento en que a Cortázar, cazador de los mejores, se le escapa la liebre (o, si se quiere, en versión más moderna y futbolística, aunque inverosímil, podemos sustituir el roedor por el quelonio, consignando “se le escapó la tortuga”):

“–Fue grande –dijo el Pelusa–. El viejo se cayó de la azotea al patio y casi se mata. Uy Dios, qué lío.

–Un accidente, sabe –dijo la señora de Presutti–. Contale, Atilio. A mí me hace impresión nada más que de acordarme.

–Pobre doña Pepa –dijo la Nelly.

–Pobre –dijo la madre de la Nelly (pág. 36)”.

Como vemos, la Nelly se refiere a la madre de Atilio con el nombre de doña Pepa (que es su mamá) y no con el de doña Rosita, que es el que corresponde a aquélla. En suma, Cortázar, por descuido, trastrocó los nombres de ambas beneméritas matronas.

La edición en que advertí este lapsus era ya la tercera (Buenos Aires, Sudamericana, junio de 1965): es muy probable que, hasta el día de hoy, los sucesivos editores que ha tenido el libro no se hayan dado cuenta de ese pequeño tropiezo.