Colapinto hizo rugir Palermo y cumplió su sueño: un Fórmula 1 en casa

El piloto argentino desató una fiesta multitudinaria al volante de un Lotus de F1 en plena avenida del Libertador. Trompos, humo, emoción familiar y un cierre épico marcaron una jornada inolvidable

A las 12.56, el murmullo expectante se transformó en silencio absoluto. La multitud que desde temprano copaba la avenida del Libertador, en el corazón de Buenos Aires, contuvo la respiración. La música se apagó de golpe y solo quedó un sonido dominante: el rugido del motor V8 Renault del Lotus preparado por Alpine. Dentro del monoplaza, Franco Colapinto ya estaba listo. Su sueño de manejar un Fórmula 1 en su país estaba a segundos de concretarse.

Un minuto después, el E20 salió de boxes y el estallido fue inmediato. El clásico “olé, olé, Franco, Franco” invadió Palermo mientras el auto aceleraba con violencia sobre Libertador, rumbo al Monumento de los Españoles. El sonido del motor no solo se escuchaba: se sentía. Vibraba en el aire y en el cuerpo de cada espectador.

La primera aparición fue apenas un anticipo. Cuando regresó a la recta principal, Colapinto hizo delirar al público con una serie de trompos perfectos: uno, dos, tres. El humo de los neumáticos y el olor a caucho quemado envolvieron la escena. Las tribunas improvisadas y los sectores gratuitos, colmados desde temprano, explotaron en aplausos. Durante unos 20 minutos, el piloto repitió pasadas y aceleraciones hasta cerrar una primera salida que dejó a los neumáticos traseros —de exhibición— completamente destruidos.

Pero el espectáculo no se limitó a la pista. Al bajarse del auto, Colapinto se acercó a la gente y desató otra ovación. Gorras, buzos y banderas volaron hacia él mientras avanzaba unos metros saludando. La emoción también tuvo un costado íntimo: antes de salir, se había detenido a abrazar a su abuela, ubicada a pocos metros de los boxes, acompañada por personal médico. Fue uno de los momentos más conmovedores de la jornada.

Mientras los mecánicos trabajaban sobre el Lotus, el piloto no tuvo descanso. Recibió la visita de figuras como Leandro Paredes, Miguel Merentiel y Bizarrap, además de autoridades porteñas. También se dio el gusto de girar en una réplica del Mercedes utilizado por Juan Manuel Fangio, conectando pasado y presente del automovilismo nacional.

A las 14.25 llegó la segunda salida, aún más intensa. Colapinto aceleró con mayor agresividad y el público respondió con un fervor incesante. Los balcones de los edificios sobre Libertador se transformaron en plateas privilegiadas, con familias enteras siguiendo cada maniobra.

El cierre fue cinematográfico. En la intersección con Godoy Cruz, el piloto realizó una serie de “donas” a máxima potencia. El humo cubrió la escena hasta que, en un giro final, apareció el fuego. La imagen fue impactante: Colapinto, de pie sobre el morro del Lotus, envuelto en humo, con la bandera argentina en alto mientras los mecánicos apagaban las llamas. Un final perfecto para una jornada única.

La despedida tuvo un último capítulo arriba de un vehículo descubierto, desde donde saludó a la multitud. “Estoy emocionado, este es un recuerdo que no olvidaré jamás”, dijo, conmovido. Habían pasado más de siete horas desde su llegada al box, cuando todo era silencio. Ahora, Buenos Aires había sido testigo de una fiesta inolvidable, con un protagonista que hizo historia ante su gente.