POR THIAGO BATTITI
Hay derrotas que no concluyen con la caída del sol ni con la retirada de las tropas. Hay derrotas que se prolongan en los siglos, se infiltran en las instituciones, modelan el lenguaje, deforman el alma colectiva. El 3 de febrero de 1852, en los campos de Caseros, la Argentina sufrió una de ellas. No fue solamente la derrota militar de Juan Manuel de Rosas; fue la fractura profunda de un proyecto de Nación. Caseros no fue una batalla entre compatriotas en igualdad de condiciones. Fue -como bien lo supo la historiografía liberal, aunque jamás lo confesó con honestidad- una coalición internacional contra una Argentina que, con todas sus durezas y límites, defendía soberanía, orden, religión y decisión propia. Rosas no cayó solo frente a Urquiza: cayó frente a intereses extranjeros, frente al cerco diplomático, económico y naval, frente a mercenarios, a tropas brasileñas, a la presión británica y al financiamiento externo. Caseros fue, en rigor, una intervención internacional antes de que el término se pusiera de moda.
Si Rosas hubiese triunfado, no se habría impuesto una utopía perfecta. Pero sí habría prevalecido una Argentina católica, federal, hispánica, jurídicamente soberana, consciente de su lugar en el mundo y celosa de su autoridad interna. No habría triunfado el proyecto de país subordinado, abierto sin defensa a las potencias, gobernado desde afuera y administrado por élites más fieles a intereses globales que a la Patria concreta.
OTRA ARGENTINA
Tras Caseros, comienza otra Argentina: la del liberalismo importado, la de la secularización forzada, la de la disolución del orden tradicional, la de la educación sin Dios, la del Ejército reducido a instrumento político, la del territorio ofrecido como mercancía. No es casual que, desde entonces, la historia nacional haya sido narrada como una acusación permanente contra su propio pasado.
Hoy, a casi dos siglos de Caseros, la Argentina vuelve a vivir una batalla de igual naturaleza, aunque sin clarines ni caballería. Los ejércitos ya no marchan en formación: operan como discursos, organismos internacionales, condicionamientos financieros, agendas culturales y normativas globales. El campo de batalla es el territorio, la economía, la demografía y la conciencia.
Del lado que entonces representó Urquiza -aunque hoy adopte nuevos nombres y ropajes- se alinean fuerzas que no reconocen patria ni tradición: el globalismo financiero, los foros internacionales que dictan políticas desde oficinas remotas, las ideologías que disuelven la diferencia sexual, la familia, la autoridad y la fé. No es exageración ni metáfora fácil: es la continuidad histórica de un proyecto que concibe a la Argentina como espacio disponible, no como Nación con misión propia.
Hoy, como ayer, el combate no es sólo interno. Más de trece millones de kilómetros cuadrados -considerando mar, plataforma continental y proyección antártica- están bajo disputa o control ajeno. Amplias extensiones de tierra en la Patagonia y en zonas estratégicas se encuentran en manos extranjeras. En regiones como San Martín de los Andes, más de la mitad de la tierra pertenece a capitales no argentinos. No es una conspiración: es un hecho registrable, producto de décadas de políticas que confundieron apertura con entrega.
MODELOS DE DISOLUCION
Frente a este escenario, quienes hoy bregan por una Argentina católica, apostólica, romana e hispánica no luchan contra personas, sino contra estructuras; no contra compatriotas, sino contra modelos de disolución nacional. Son herederos -con menos recursos y menos poder- de aquel orden que Rosas intentó preservar: la centralidad de la soberanía, el valor del territorio, la primacía de la fé como principio ordenador.
Caseros, leído desde el presente, no fue sólo una derrota política: fue la imposición de una matriz cultural que hoy se expresa en la aceptación pasiva de agendas ajenas, en la subordinación económica, en la pérdida del sentido del límite. El nuevo “ejército” no viste uniforme: habla de progreso mientras fragmenta, de libertad mientras disuelve, de derechos mientras vacía deberes.
La Patria no cae de golpe:
se rinde por partes,
se firma en papeles,
se explica en tecnicismos.
Rosas, con todos sus errores, entendió algo que hoy se vuelve urgente recordar: la Nación no se administra como una empresa ni se gobierna como una colonia. Se defiende. Se ordena. Se ama. Y, llegado el caso, se padece.
La Argentina actual vive un nuevo Caseros, silencioso y extendido. Pero la historia enseña que las derrotas no son irrevocables cuando la memoria despierta. Revisar Caseros no es nostalgia ni revancha: es acto de lucidez. Porque los pueblos que no comprenden su caída están condenados a repetirla, una y otra vez, con distintos nombres y las mismas consecuencias.
Caseros no terminó en 1852. Nos sigue ocurriendo.
