Por Thiago Battiti
No se puede vestir de púrpura el escándalo ni perfumar con incienso lo que hiede a mundanidad. Lo ocurrido en la Plaza de la Victoria y del Fuerte -ese espectáculo de ruido, de desorden y de profanación estética promovido bajo amparo eclesial- no es un simple desliz pastoral: es un síntoma grave de una enfermedad más antigua que las piedras del templo, una claudicación del espíritu ante el siglo.
El sacerdocio católico no es entretenimiento. No es espectáculo. No es escenario. Es sacrificio. Es altar. Es sangre. Es silencio que escucha a Dios y palabra que lo transmite con temblor. Cuando un ministro consagrado abandona el ámbito sacro para convertirse en operador de distracciones, no sólo desciende de su dignidad: arrastra consigo la percepción misma de lo sagrado hacia el abismo de lo banal.
DESVIACIONES
La historia de la Iglesia, madre y maestra, ha sido inexorable con estas desviaciones. No por crueldad, sino por amor a la pureza del depósito recibido. La decretal Vox in Rama de Gregorio IX no dudó en denunciar con palabras ardientes las prácticas que, bajo apariencia de culto, ocultaban la inversión de lo sagrado en lo demoníaco. Allí donde el rito se pervierte, donde el orden es sustituido por la excitación sensorial, la Iglesia ha sabido discernir con claridad: no todo lo que convoca multitudes edifica almas.
Asimismo, la bula Apostolicae Servitutis de Benedicto XIV condena sin ambigüedad la inclinación del clero hacia actividades seculares que desfiguran su identidad. El sacerdote no es un animador cultural; es alter Christus. Y cuando el alter Christus se diluye en la masa, cuando se vuelve indistinguible del ruido del mundo, la luz que debía guiar se convierte en sombra que confunde.
MUNDANIDAD CLERICAL
No es nueva esta lucha. La Reforma Gregoriana, en el siglo XI, se alzó como espada contra la mundanidad clerical. Gregorio VII, en sus decretos de 1074, no sólo excomulgó la corrupción visible, sino que denunció la raíz: el abandono de la vida sacra. El Dictatus Papae (1075) afirmó con vigor que el clero no puede someterse a lógicas ajenas al Reino. León IX depuso obispos que habían traicionado su estado. Y más tarde, Paulo IV, en Cum ex apostolatus officio, estableció que quien se aparta de la fe o de las costumbres pierde autoridad, porque la autoridad no reside en el cargo, sino en la fidelidad. ¿Dónde queda hoy ese celo? ¿Dónde arde ese fuego?
La bula Supernae dispositionis arbitrio (León X) intentó contener el lujo y la disolución; Pío V, en Horrendum illud scelus, castigó con severidad los desórdenes morales del clero. Incluso en épocas de decadencia, la Iglesia supo mirarse con rigor y corregirse. Hoy, en cambio, se asiste a una peligrosa inversión: lo que antes se corregía, ahora se promociona.
Se dirá que es “pastoral juvenil”. Se dirá que es “lenguaje contemporáneo”. Se dirá que es “acercar la Iglesia”. Pero el Evangelio no necesita disfraces. Cristo no sedujo con artificios: habló con autoridad. Murió en una cruz. Fundó una Iglesia sobre la roca del testimonio, no sobre el ruido de las plazas. “Si sal evanuerit, in quo salietur?” (Mt 5,13)
La juventud no necesita ser entretenida: necesita ser elevada. No necesita estímulos: necesita sentido. No necesita ruido: necesita Verbo. Y el Verbo no se mezcla con la confusión sin perder su claridad.
Cuando el sacerdote adopta formas que nacen de una cultura desordenada, no la redime: se somete a ella. El techno, la electrónica -esa “a-música” desprovista de proporción, de armonía, de elevación- no es neutra. Es expresión de una estética fragmentada, de una antropología sin centro. Introducirla como vehículo pastoral es, en el mejor de los casos, una ingenuidad; en el peor, una traición.
El Derecho Canónico actual, en su canon 1380, aún conserva el eco de aquellas antiguas condenas: la simonía y la corrupción no son sólo actos materiales, sino disposiciones del alma que convierten lo sagrado en mercancía. Y cuando el ministerio se convierte en espectáculo, ¿no se corre el riesgo de una nueva forma de simonía, más sutil pero no menos grave?
INTEGRIDAD DEL CULTO
Excelencias: no se trata de una cuestión estética menor. Se trata del honor del sacerdocio. Se trata de la integridad del culto. Se trata de la fidelidad a Cristo.
Los mártires no entregaron su sangre para que el altar se convierta en escenario. No murieron para que el silencio de Dios sea reemplazado por la estridencia de los hombres. Murieron para que la verdad permaneciera indivisa, pura, luminosa. La Iglesia no necesita reinventarse: necesita recordar quién es. Por ello, con el debido respeto a la dignidad de sus cargos, pero con la firmeza que exige la verdad, se solicita: 1) Una revisión inmediata de los criterios pastorales que permiten tales manifestaciones. 2) Una reafirmación clara de la identidad del sacerdocio como realidad sacra, separada del espíritu del mundo. 3) Una exhortación pública que restituya el sentido de lo sagrado ante los fieles.
No es tiempo de ambigüedades. Es tiempo de claridad.
“Zelus domus tuae comedit me” (Jn 2,17)
Que ese celo, que consumió al Señor en el templo, consuma también toda forma de profanación, venga de donde venga.
Para que la Casa de Dios vuelva a ser lo que siempre fue: lugar de adoración, no de espectáculo. Ad maiorem Dei gloriam.
No se puede vestir de púrpura el escándalo ni perfumar con incienso lo que hiede a mundanidad. Lo ocurrido en la Plaza de la Victoria y del Fuerte -ese espectáculo de ruido, de desorden y de profanación estética promovido bajo amparo eclesial- no es un simple desliz pastoral: es un síntoma grave de una enfermedad más antigua que las piedras del templo, una claudicación del espíritu ante el siglo.
El sacerdocio católico no es entretenimiento. No es espectáculo. No es escenario. Es sacrificio. Es altar. Es sangre. Es silencio que escucha a Dios y palabra que lo transmite con temblor. Cuando un ministro consagrado abandona el ámbito sacro para convertirse en operador de distracciones, no sólo desciende de su dignidad: arrastra consigo la percepción misma de lo sagrado hacia el abismo de lo banal.
DESVIACIONES
La historia de la Iglesia, madre y maestra, ha sido inexorable con estas desviaciones. No por crueldad, sino por amor a la pureza del depósito recibido. La decretal Vox in Rama de Gregorio IX no dudó en denunciar con palabras ardientes las prácticas que, bajo apariencia de culto, ocultaban la inversión de lo sagrado en lo demoníaco. Allí donde el rito se pervierte, donde el orden es sustituido por la excitación sensorial, la Iglesia ha sabido discernir con claridad: no todo lo que convoca multitudes edifica almas.
Asimismo, la bula Apostolicae Servitutis de Benedicto XIV condena sin ambigüedad la inclinación del clero hacia actividades seculares que desfiguran su identidad. El sacerdote no es un animador cultural; es alter Christus. Y cuando el alter Christus se diluye en la masa, cuando se vuelve indistinguible del ruido del mundo, la luz que debía guiar se convierte en sombra que confunde.
MUNDANIDAD CLERICAL
No es nueva esta lucha. La Reforma Gregoriana, en el siglo XI, se alzó como espada contra la mundanidad clerical. Gregorio VII, en sus decretos de 1074, no sólo excomulgó la corrupción visible, sino que denunció la raíz: el abandono de la vida sacra. El Dictatus Papae (1075) afirmó con vigor que el clero no puede someterse a lógicas ajenas al Reino. León IX depuso obispos que habían traicionado su estado. Y más tarde, Paulo IV, en Cum ex apostolatus officio, estableció que quien se aparta de la fe o de las costumbres pierde autoridad, porque la autoridad no reside en el cargo, sino en la fidelidad. ¿Dónde queda hoy ese celo? ¿Dónde arde ese fuego?
La bula Supernae dispositionis arbitrio (León X) intentó contener el lujo y la disolución; Pío V, en Horrendum illud scelus, castigó con severidad los desórdenes morales del clero. Incluso en épocas de decadencia, la Iglesia supo mirarse con rigor y corregirse. Hoy, en cambio, se asiste a una peligrosa inversión: lo que antes se corregía, ahora se promociona.
Se dirá que es “pastoral juvenil”. Se dirá que es “lenguaje contemporáneo”. Se dirá que es “acercar la Iglesia”. Pero el Evangelio no necesita disfraces. Cristo no sedujo con artificios: habló con autoridad. Murió en una cruz. Fundó una Iglesia sobre la roca del testimonio, no sobre el ruido de las plazas. “Si sal evanuerit, in quo salietur?” (Mt 5,13)
La juventud no necesita ser entretenida: necesita ser elevada. No necesita estímulos: necesita sentido. No necesita ruido: necesita Verbo. Y el Verbo no se mezcla con la confusión sin perder su claridad.
Cuando el sacerdote adopta formas que nacen de una cultura desordenada, no la redime: se somete a ella. El techno, la electrónica -esa “a-música” desprovista de proporción, de armonía, de elevación- no es neutra. Es expresión de una estética fragmentada, de una antropología sin centro. Introducirla como vehículo pastoral es, en el mejor de los casos, una ingenuidad; en el peor, una traición.
El Derecho Canónico actual, en su canon 1380, aún conserva el eco de aquellas antiguas condenas: la simonía y la corrupción no son sólo actos materiales, sino disposiciones del alma que convierten lo sagrado en mercancía. Y cuando el ministerio se convierte en espectáculo, ¿no se corre el riesgo de una nueva forma de simonía, más sutil pero no menos grave?
INTEGRIDAD DEL CULTO
Excelencias: no se trata de una cuestión estética menor. Se trata del honor del sacerdocio. Se trata de la integridad del culto. Se trata de la fidelidad a Cristo.
Los mártires no entregaron su sangre para que el altar se convierta en escenario. No murieron para que el silencio de Dios sea reemplazado por la estridencia de los hombres. Murieron para que la verdad permaneciera indivisa, pura, luminosa. La Iglesia no necesita reinventarse: necesita recordar quién es. Por ello, con el debido respeto a la dignidad de sus cargos, pero con la firmeza que exige la verdad, se solicita: 1) Una revisión inmediata de los criterios pastorales que permiten tales manifestaciones. 2) Una reafirmación clara de la identidad del sacerdocio como realidad sacra, separada del espíritu del mundo. 3) Una exhortación pública que restituya el sentido de lo sagrado ante los fieles.
No es tiempo de ambigüedades. Es tiempo de claridad.
“Zelus domus tuae comedit me” (Jn 2,17)
Que ese celo, que consumió al Señor en el templo, consuma también toda forma de profanación, venga de donde venga.
Para que la Casa de Dios vuelva a ser lo que siempre fue: lugar de adoración, no de espectáculo. Ad maiorem Dei gloriam.
