LA OBRA REVELA LA FORMACION ECLECTICA DEL POETA Y CRITICO LITERARIO
Calixto Oyuela y un texto de moral de 1907
Hubo un tiempo en que se estudiaban Urbanidad y Moral en los colegios secundarios. Muchos lo hacían con el "Manual de Urbanidad y Buenas Maneras", el que más que un compendio de cortesía, contenía una enumeración de deberes morales. Lo redactó en 1853 el venezolano Manuel Antonio Carreño, una destacada figura intelectual, artística y pedagógica quien ocupó, entre otros cargos públicos, el Ministerio de Relaciones Exteriores en su patria.
En la biblioteca del médico porteño Honorio P. Gómez Langenheim, se conservaba un ejemplar correspondiente a una posterior edición neoyorquina de 1868, por lo visto muy leído dado su estado, como que sin duda debió ser texto de estudio de don Honorio Pastor -mi abuelo materno- en sus primeros años de bachillerato cursados en el Colegio San José de los padres bayoneses (la orden fundada por San Miguel de Garicoits) o durante los cursos finales en el Colegio Nacional de Buenos Aires, al que Bernardino Rivadavia durante su gestión ministerial bajo el gobierno de Martín Rodríguez, influenciado por la ideología del iluminista Antoine-Louis-Claude Destutt, marqués de Tracy, hizo denominar de Ciencias Morales.
Sucede que el suaviter in modo de Quintiliano, el buen trato a dispensar a los semejantes, se entendía varias generaciones atrás como la envoltura de la moral, su exterior no menos indicador, por lo general, del virtuoso comportamiento humano. Propiamente de la moralidad que de acuerdo con la concepción positivista decimonónica, era algo así como la ciencia de las costumbres a cuyos principios solo podía accederse en forma experimental.
A su vez, el comtiano optimismo en el progreso entendía que los horizontes de justicia y solidaridad cesarían un día en su desplazamiento y serían alcanzados como uno de los frutos de la civilización en su ineludible avance.
Lejos quedaba la ética de la felicidad aristotélica y lejos la revelación intelectual de la idea del bien de la escolástica. En cambio, aquellos estudiosos de la urbanidad y la moral como lo fueron Manuel Antonio Carreño o el dramaturgo y político español Francisco Martínez de la Rosa, autor de La moralidad como norma de las acciones humanas (Madrid, 1856), tomaron por modelos a Kant con su formalismo ético y su normativismo, y a Jeremías Benthan y su deontología, por ello se esmeraron para presentar reglas del buen actuar destinadas al aprendizaje de ambos sexos.
Algunos otros manuales incluso, se ocupaban más que de resumir la moralidad en los planos individual o familiar en trasladar sus postulados al ámbito comunitario. Así por ejemplo el humanista puertorriqueño Eugenio María de Hostos, que visitó la República Argentina entre los años 1873 y 1874 y el que, como dan cuenta sus libros Mi viaje al sur y Temas sudamericanos, exploró diversos aspectos de nuestra sociedad, sus instituciones y sus figuras, en especial las de su admirado Sarmiento y su amigo José Manuel Estrada, redactó una Moral social en 1888, de gran influencia entre la intelectualidad del Continente Hispanoamericano y cuya publicación antecedió en varias décadas a Las fuerzas morales de José Ingenieros -una reunión de sermones laicos que constituye su obra póstuma de 1925-, más tarde anotada por Aníbal Ponce. Aquí según la inicial Advertencia del propio Ingenieros, prevalece un idealismo ético en función de la experiencia social completando en sus páginas "la visión panorámica de una ƒtica Funcional", dado que, a juicio suyo: El Hombre Mediocre es una crítica de moralidad; Hacia una moral sin dogmas, una Teoría de la moralidad; Las fuerzas morales, una deontología de la moralidad.
REFINAMIENTO
Entre otras curiosas aproximaciones a la moral y la ética concebidas ad usum delphini, o sea para el conocimiento de los estudiantes de la escuela media y normal a principios del siglo XX, cabe mencionar el libro de Calixto Oyuela Elementos de moral, publicado originalmente en 1907 por la Editorial Angel Estrada y Cía. y que alcanzó al menos catorce ediciones.
El porteño del barrio de San Telmo Calixto Oyuela (1857-1935), un abogado, doctor en Derecho, docente, crítico literario, poeta cultor de formas clásicas, modélico traductor de Giacomo Leopardo, hispanista inapelable -del que se llegó a decir que en su invectiva contra el simbolismo francés cumplió el papel de un Cristóbal de Castillejo adversario del renacentismo italiano o de un Gaspar Núñez de Arce lanza en ristre contra los poetas beckerianos de influencia heineriana-, fue presidente de la Academia Argentina de Letras desde su creación en 1931.
A su muerte La Prensa lo llamó "el arquetipo del clasicismo entre nosotros". Después, en el centenario de su nacimiento, en la edición del 3 de febrero de 1957, ponderó sus condiciones de "devoto de la belleza, su espíritu de refinamiento cultural, (y su) personalidad entregada al ideal de la formación y del progreso intelectual de su país".
Fecundo publicista e interesado desde la juventud por todas las disciplinas sociales, ya en agosto de 1887 le había señalado a su frecuente interlocutor epistolar Marcelino Menéndez y Pelayo, cierta contrariedad porque "los estudios de jurisprudencia me han obligado a sacrificar un tanto las vivas aficiones literarias".
No obstante esos forzosos paréntesis en sus tratos con Melpómene y Erato resultaron igualmente productivos como que dio a la imprenta en 1888 los títulos jurídicos: Sociedades anónimas y Derechos de autor, tema éste que en 1900 retomó en el ensayo Derechos de autor: su reconocimiento internacional en la República Argentina.
Para 1907, cuando publicó Elementos de Moral, era catedrático de Filosofía en la Escuela Normal de Profesores de la Capital Federal y de Literatura Castellana en el Colegio Nacional de Buenos Aires.
Su formación filosófica se revela algo ecléctica en las páginas del libro. De modo tal que junto a claras influencias neokantianas y al lejano eco de un krausismo mixturado con evolucionismo, bien a tono con el ideario de algunos representantes de la Generación del Ochenta como Wenceslao Escalante, su profesor de Filosofía del Derecho en la Universidad de Buenos Aires, se insinúa cierta simpatía suya por el Iusnaturalismo.
ECLECTICISMO
Así define al comienzo del primer capítulo: "La moral es la ciencia de los deberes del hombre", en afirmación del antedicho kantismo. Pero en el párrafo siguiente habla de la noción de licitud e ilicitud como algo grabado en la conciencia e innato en el ser humano, en otras palabras no otra cosa que la ley natural según la clásica definición de Cicerón.
Sin embargo, algo más adelante, vuelve a sustentar la moral en el puro deber con clara apelación al imperativo categórico del pensador de Königsberg: "El fundamento verdadero de la moral es el deber, el cual consiste en la armonía de nuestra voluntad libre con los principios necesarios, inmutables, absolutos e imperativos de la ley moral, alcanzados por la razón y grabados profundamente en la conciencia del hombre".
En otros sucesivos capítulos Oyuela desarrolla como deberes elementales el respeto por la vida, la honra, la libertad como atributo esencial de la naturaleza y los bienes materiales o sea la propiedad, punto este último sin discusión para él al mejor estilo Locke, por lo que no descendió de su torre de marfil cuando arreciaba la cuestión social en el mundo para: "discutir los diversos fundamentos que se han dado al derecho de propiedad, ni a rebatir las extraviadas escuelas socialistas o comunistas que lo desnaturalizan o lo niegan".
Algo o bastante de espaldas a la realidad, quizá por abuso de esteticismo, el año de publicación de Elementos de moral sacudido por el asesinato a manos de marineros de la Armada de siete obreros portuarios en huelga en el puerto de Ingeniero White y el del inicio del movimiento de los inquilinos en la Ciudad de Buenos Aires, apenas le indujo a mencionar, como si fuera un casi un rasgo de benevolencia a cargo de los patrones: "pagar con exactitud el salario mientras dure el contrato libremente celebrado", bajo la errada presunción, en pañales aún la legislación laboral protectoria, que hubiera sido libre por igual la voluntad de obreros y empleadores en los contratos de locación de servicios y de obra tipificados en el viejo Código Civil.
Calixto Oyuela, con su magisterio literario formador de generaciones, su poética casticista sobria y despojada como "la túnica sencilla y elegante/ con que se adorna y viste la hermosura", por decirlo con sus propios versos, sus enciclopédicos conocimientos y hasta su perspicacia para valorar antes que muchos el poema Martín Fierro, aunque sin elevarlo a epopeya nacional como lo propuso Lugones en El Payador de 1916, pecó no obstante en ocasiones de rigor formalista y de elitismo conservador en actitud defensiva del ciertamente amenazante e iconoclasta cosmopolitismo.
Y resulta que tales posiciones las adoptó no sólo en el plano ideológico y político, sino también en el área de su principal dominio, cual fue la crítica literaria, género que enriqueció con obras como Apuntes de literatura castellana: siglos XVIII y XIX: España y América, Elementos de teoría literaria, Estudios literarios, Antología poética hispanoamericana.
No le hace mucho honor al especialista que fue, su incomprensión del genio de Rubén Darío y el movimiento modernista, llegando a llamar al nicaragüense: "un gran talento artificial, producto de la refinadísima destilación de los zumos más raros, exóticos y excitantes de las floras más diferentes", en uno de sus "filosos juicios" que le conoció Fermín Estrella Gutiérrez, secretario rentado de la Academia Argentina de Letras, al fundarse la institución con la presidencia de Oyuela.
Cierto que en la justificación de Arturo Marasso: "su época era todavía de polémica y había que combatir en puestos de ataque y de defensa". Y polémicas memorables las tuvo con Paul Groussac. E incluso no disimuló las diferencias con su tan valorado amigo Rafael Obligado, que preconizaba un lenguaje poético nacional a lo que oponía Oyuela que la lengua española no podía considerarse "como ropa que pueda sacarse y cambiarse a voluntad".
En una carta dirigida al creador del Santos Vega, publicada como opúsculo en 1885, llegó a cuestionarle "la exageración de su americanismo" adelantándose en eso al recelo de Juan Valera, que en 1888 elogió calurosamente la poética de Obligado: "a pesar de cierto americanismo, que tal vez a algunos de los habitantes de esta vieja España nos parezca sobrado".
Pero Oyuela fue más allá y a renglón seguido con estrechez racista, más propia de un lector del conde de Gobineau y en demostración de que su proclamado repudio al afrancesamiento no lo era en los prejuicios y sí en cambio en el plano ideológico como al arremeter contra Esteban Echeverría, que galicismos aparte fue de los primeros en América en pronunciar la palabra "socialista", le recomendó al Poeta Nacional, al notar que había pronunciado "con orgullo, cual si se tratara de cosa propia" el nombre de Atahualpa -lo que es de advertir en la composición "Al poeta americano Numa Pompilio Llona", presente en el libro de Obligado "Poesías"-, "que ese amor que Ud. malgasta en los indígenas americanos acumulara Ud. al que ya siente por su tradición y por su raza".
Oyuela, un refinado esteta, puliría con tal consejo sin modificar el contenido de desprecio por las razas autóctonas, aquellos exabruptos de Sarmiento contra Colocolo, Lautaro y Caupolicán, a los que consideró "indios asquerosos, a quienes habríamos hecho colgar".
CONDICION FEMENINA
Volviendo a Elementos de moral, el capítulo VII lleva por título: Deberes de Familia y allí aborda no sin recelos patriarcales las obligaciones de la mujer.
No avizoró como sí lo hace el salteño Joaquín Castellanos en su réplica a Ortega y Gasset de 1916, el "cambio inevitable" que se avecinaba en cuanto a los roles a desempeñar por el género femenino en un futuro próximo. Y ello al aferrarse Oyuela en su rigor tradicionalista al hecho que históricamente "ha sido indispensable, para constituir sólidamente la familia: confiar esa autoridad legítima al hombre, como más apto, por sus condiciones naturales y los actos sociales en que interviene, para investirla y desempeñarla". Con la única salvedad que tal autoridad debe ser "limitada a la necesidad que la crea".
Lo curioso y hasta paradojal es que cuando escribió estas líneas con explícitos reparos a la aptitud femenina para las empresas de la inteligencia, estaría lejos de imaginar que pocos años después y luego de enviudar de su primera esposa, Carmen Molino Torres, iba a contraer enlace con una ex alumna suya en la Facultad de Filosofía y Letras: la salteña María Clotilde Bertolozzi (1884-1967), 27 años menor que él.
Gregorio A. Caro Figueroa, que con la profesora Lucía Solís Tolosa fueron precursores en estudiar su biografía y difundirla, da cuenta que se trata de "la primera salteña historiadora doctorada en Buenos Aires en 1912, precursora de la historia social, escritora desde los 17 años, excelente narradora y autora -en 1928- de un proyecto de ley para reconocer los derechos de las mujeres escritoras".
Esta notable intelectual argentina en 1910 participó en el XII Congreso Internacional de Americanistas al que asistieron entre otros Florentino Ameghino, Juan Bautista Ambrosetti, Miguel Lillo, Otto Krause, Paul Groussac y Adolfo Saldías.
Y sobre todo estuvo a la vanguardia aquí de sus congéneres dadas a contradecir en los hechos aquel generalizado recelo, del que por lo visto tampoco quiso desprenderse Oyuela al juzgar a las mujeres tal como surge de la letra y el espíritu de sus Elementos de moral, menos aptas que los varones y en consecuencia, concederles poco más que la accesoria función de adornos del hogar.
Precisamente en la provincia natal de su esposa, da cuenta la tradición a la que tanto apeló el arquetípico académico como tabla de salvación, que en diferentes momentos históricos y ante ingentes desafíos patrióticos, empresariales o profesionales, estuvieron lejos de contentarse con tan decorativo papel asignado en su libro, Martina Silva de Gurruchaga, María Magdalena Dámasa Güemes de Tejada -Macacha Güemes-, Cesárea de la Corte Carvajal de Romero González, Juana Manuela Gorriti, Ascensión Isasmendi de Dávalos, Lola Mora o María Torres Frías.
Cabe imaginar a la doctora María Clotilde Bertolozzi exhibiendo al marido esos y otros ejemplos tan estudiados por ella. Y cabe la duda de si habrá podido disipar de Calixto Oyuela sus aprehensiones sexistas.
