Buenos Aires enferma: la historia de los primeros médicos en estas tierras

La Argentina es un país que supo formar excelentes profesionales de la salud, si bien no siempre nuestro sistema sanitario puede calificarse de exitoso. A pesar de sus limitaciones, la formación médica en el país ha sido resiliente al espíritu no siempre constructivo de las autoridades, gerenciadores y, por qué no decirlo, de los mismos efectores. Nada existía en las vastedades del Virreinato del Río de la Plata; todo se fue haciendo de acuerdo con las necesidades imperiosas que los asolaban.
Al ser un puerto abierto a las naves del mundo y las pestes que traían, debía tener profesionales sólidos para combatirlas. Tal fue el caso de los primerísimos médicos y asistentes que acompañaron al adelantado don Pedro de Mendoza y Luján, hombre de noble estirpe. Paje del rey, caballero de la Orden de Alcántara y de la Orden de Santiago, hizo junto a Carlos I la campaña de Italia y se destacó durante el saqueo de Roma que, si bien lo benefició económicamente, siempre le quedó como una espina en su alma de cristiano. El nombre de su médico era Hernando de Zamora, asistido por el práctico Sebastián de León y el boticario Blas de Testanova.
Poco pudieron hacer en esta gesta condenada al fracaso desde su comienzo. Algún vendaje, algún entablillado, alguna pócima de esas que hacían para calmar el dolor y consuelo para soportar el hambre que ellos mismos también sufrían; distraído el apetito con un estofado de algún roedor famélico o la carne fresca de los ajusticiados, de algo debían servir. Entre los acompañantes de don Pedro estuvo presente Rodrigo de Cepeda y Ahumada, quien, a pesar de ser el hermano de santa Teresa de Jesús, le resultó imposible intercesor ante su hermana y otros santos del cielo para menguar las penas del adelantado.
Don Pedro, para colmo, había sido víctima de sus prácticas galantes contraídas durante el sitio de Nápoles y estaba padeciendo este mal francés que lo había postrado, con úlceras en su cuerpo deformado por la hinchazón. ¡Pobre don Pedro! Un hidalgo que supo ser tan sobrio y elegante, reducido a la condición de una piltrafa. Urgido por atenuar los males del señor de Mendoza, Hernando de Zamora se puso a buscar en esas soledades el árbol de guayabo, planta que obraría milagros sobre el adelantado. Sin embargo, esta no aparecía por lado alguno.
Hostigados por los indios y las fieras, Mendoza dirigió a sus reducidas huestes a Sancti Spiritus, aldea fundada por Sebastián Caboto, donde residían los primeros tres profesionales del arte de curar que posaron sus pies en esta bendita tierra: el cirujano Pedro de Mesa y los médicos Alcázar y Molina. Nunca ha quedado claro si la presencia de estos galenos se debió a una previsión del avezado piloto o a una inconducta de los susodichos que generó este castigo de permanecer en tierra hostil. Cansado por tanto infortunio y agravada su enfermedad a punto tal de impedirle levantar la pluma para firmar documentos, decidió don Pedro volver a España, último deseo que no pudo cumplir, pues falleció en alta mar, cerca de las islas Canarias, en junio de 1537. Su cuerpo fue entregado al océano y la ciudad de los Buenos Aires, al olvido.
Durante este triste viaje de retorno, vencido y enfermo, Mendoza se debe haber preguntado más de una vez si su triste suerte no era un castigo por la soberbia de haber agredido a la Santa Iglesia católica y los Estados Pontificios de Clemente VII (Julio de Médici), papa venal, inescrupuloso, un infeliz dueño de un inmenso poder que no sabía administrar. Entre sus muchos errores políticos, Clemente (que de esa virtud tenía poco) había tomado bando contra Carlos I, el señor de don Pedro de Mendoza. El emperador, harto de las injerencias del papa, se alzó contra su autoridad y don Pedro, leal a su señor, entró a Roma a sangre y fuego. Al final, todo se arregló como debía, con oro, mucho oro pasando de mano en mano. Y ese oro en manos de don Pedro, más la bendición de Carlos I de España, lo hicieron soñar con ser amo de grandes extensiones en América. Los sueños de don Pedro se diluyeron con sus huesos, no así los rumores de riquezas que brotaban como canto de las sirenas en las turbias aguas del Plata.
Lo siguió como adelantado Álvar Núñez Cabeza de Vaca, hombre de menos prosapia que Mendoza, pero más determinación. Al igual que don Pedro, peleó en Italia y, vuelto a España, participó reprimiendo las exigencias de los comuneros. Enviado a América, se ganó el apodo del Gran Caminador, ya que recorrió Alabama, Misisipi, Luisiana y Texas y terminó en Asunción, la ciudad de Mahoma, donde cada hombre convivía con docenas de mujeres. En su largo caminar descubrió las cataratas del Iguazú. Lo acompañó en gran parte de este largo trecho el cirujano italiano Nicolás Fiorentino, aunque el adelantado, a pesar de no haber estudiado, se había convertido en un experto en el tratamiento de úlceras, picaduras, heridas de flecha, serpientes venenosas y fracturas de miembros. Sin embargo, ni toda la paciencia ni su osadía y perseverancia pudieron evitar las acusaciones contra don Álvar, que estaba comprometido en evitar la vergonzosa convivencia poligámica de españoles y hasta sacerdotes en esas tierras alejadas de la mano de Dios, pero tan cercanas a la lujuria. Terminó mal Cabeza de Vaca, defendiéndose en España de las maledicencias que habían difundido.
Fundada, una vez más, Buenos Aires por don Juan de Garay, se destinó un predio de la aldea para construir un hospital que habría de llamarse como el patrono de la ciudad, San Martín de Tours, y ubicarse en la actual manzana de 25 de Mayo y Corrientes, pero no se concretó porque no había médico para atenderlo. Así fue como nuestra ciudad nació sin médico, boticario ni cura, y tampoco abogados, porque a uno que intentó instalarse en el predio lo expulsaron por considerarlo fuente de los litigios que malquistaban a los vecinos.
En las próximas entregas veremos los problemas de los galenos y cómo enfrentaban las pestes que asomaban a la Gran Aldea.