Buenos Aires enferma: historia de los primeros médicos en estas tierras (II)

El primero en instalarse en la aldea a orillas del Río de la Plata, que decía ser médico, fue el portugués Manuel Álvarez. Algunos estudiosos sostienen que ya andaba por estos lares un tal Pedro Díaz, quien no debió haberla pasado nada bien, ya que Antonio López, uno de los primeros habitantes de la nueva Buenos Aires, fue condenado por herirlo fieramente. Quizás haya sido este el primer litigio por praxis médica en estas tierras que no se resolvió por los intrincados caminos de las leyes, sino por vía directa de los puños. 
Manuel Álvarez tuvo más suerte (o quizás más conocimientos) y el 31 de enero de 1605 firmó un contrato con el Cabildo, en el cual dicha institución se comprometía a pagarle 400 pesos en frutos de la tierra a cambio de sus servicios. Sin embargo, era tan miserable la aldea que, escasos meses después, el pobre maese Álvarez reclamaba los honorarios que no le habían sido abonados aún. Al año, debió renunciar, cansado de tantos reclamos insatisfechos. Le cabe al maese Álvarez ser el primer médico de Buenos Aires en recibir un “paga Dios” como honorarios por sus servicios. Muchos más engrosarían esta lista que hoy parece no tener fin... En 1605 se instaló en Buenos Aires otro médico, el portugués Juan Fernández de Fonseca, y al año siguiente, otro de la misma nacionalidad. Esta proliferación de galenos lusitanos obedecía a la simple razón de que, por esos tiempos, los inquisidores portugueses visitaban las colonias del Brasil. No es extraño suponer que muchos cristianos nuevos hayan buscado otros horizontes para no sufrir viejos tormentos eclesiásticos. 
Corresponde a un tal Miranda el honor de figurar con el primer recibo por honorarios médicos otorgado en Buenos Aires. Consta que el galeno asistió a doña María de Bracamonte, viuda del gobernador Valdez y de la Banda, aunque no se especifica la suerte de doña María, que no debió haber sido tan funesta, ya que, al menos, saldó sus deudas. En 1608 apareció don Francisco Bernardo Xijón, el primer médico español con título habilitante y reconocido. Comienza con el Dr. Xijón un problema que hostigará por largos años la práctica de la medicina nacional: la legitimidad de los diplomas que certificaban tal condición. Como cinco galenos para este villorrio era un exceso, el Dr. Xijón solicitó que el Cabildo les exigiera a los demás médicos (o supuestos médicos) que mostraran sus títulos habilitantes. Mutis por el foro, silencio en la noche. Los galenos truchos recogieron sus petates y, de la noche a la mañana, nada más se supo de ellos. 
Don Xijón quedó como único prestador en toda la ciudad, pero no por mucho tiempo, ya que, acompañando a don Ortiz de Zárate, llegó a estas orillas el italiano Lorenzo de Menaglioto. Este decía ser médico, al igual que el cirujano portugués Juan Escalera de la Cruz, quien arribó junto al nuevo gobernador, don Diego Marín de Negrón, a fines de 1609. 
El Dr. Xijón, envalentonado por su exitoso reclamo, exigió una vez más la exhibición de títulos a los recién llegados. El Cabildo le dio largas al asunto, pero, ante la insistencia de Xijón (por lo visto, un tipo perseverante), se procedió a reclamar la presentación de sus habilitaciones. Para entonces, el espectro político había cambiado y las cosas eran más complicadas, ya que cada uno de los médicos cuestionados estaba apadrinado por las nuevas autoridades. El tema se politizó y Xijón debió soportar nueva competencia, con el holandés Nicolás Xaque y el barbero y cirujano Andrés Navarro y Sampaio. 
En 1624, el Dr. Xijón fue nombrado mayordomo del Hospital San Martín de Tours, aunque la escasez de enfermos le permitía ejercer la profesión en su hogar de la calle La Merced (actualmente Reconquista). Cabe aclarar que la manzana originalmente adjudicada por Garay para convertirse en hospital había sido trasladada al actual cruce de las calles Balcarce y México. Permítaseme una digresión etimológica, ya que vale recordar que la palabra hospital deriva del latín hospes, que significa huésped o visita. Y en esa nueva ciudad, todos lo eran. Este nosocomio (del griego: cuidar y enfermedad) hacía las veces de asilo de inválidos. Respetando las Leyes de Indias, contaba además con una dependencia para dementes. 
Pasados los años, los padres betlemitas se hicieron cargo del hospital y, como primera medida, le cambiaron el nombre de San Martín de Tours por el de Santa Catalina. Un santo francés había sido reemplazado por una italiana, una variación con implicancias políticas, ya que Francia, periódicamente, se trenzaba en alguna guerra contra España, mientras que el Imperio hispano se extendía a tierras napolitanas. 
Para 1630, ya eran varios los médicos que vivían en Buenos Aires y pocos los recaudos que se tomaban para confirmar su condición, a pesar de los periódicos reclamos del Dr. Xijón, que ya tenía cansados a los honorables miembros del Cabildo con tanta litigiosidad. Muerto el Dr. Xijón, el vizcaíno Alonso Garro de Aréchaga tomó la antorcha de la legitimidad, aunque, para ese entonces, las falsificaciones de los títulos estaban a la orden del día. Don Garro propuso a los cabildantes que lo importante era demostrar la idoneidad del profesional. “¿Cómo?”, preguntaron los legisladores. “Pues, hombre: ¡con un examen!”, contestó Garro. “¿Y quién sería el examinador?”, interrogaron los cabildantes. “Pues, ¿quién otro que Alonso Garro de Aréchaga?”. De esta forma fue como el Dr. Garro se autoproclamó primer examinador del Río de la Plata. Secundado por el médico Francisco Navarro, escudriñaron los conocimientos de Pedro de Silva y de Antonio Pasarán. Este último fue admitido como médico, mientras que de Silva fue reprobado. La historia de los médicos de la Gran Aldea continuará la semana próxima con la descripción de las pestes que asolaron a esta Buenos Aires enferma.