Benjamin Franklin, domando las furias del cielo
Cada día se producen en el mundo más de 40.000 tormentas que provocan más de 8.000.000 de rayos. Cada rayo es potencialmente catastrófico y de tal envergadura que Santo Tomás de Aquino escribió en su ‘Suma Teológica’ que “era dogma de fe que los demonios pueden producir vientos, tormentas y lluvias de fuego de los cielos”.
A los rayos los carga el diablo y, como prueba contundente, argumentaban: “¿Pues cuáles son los edificios más dañados por los rayos? ¡Las iglesias!”. ¿Qué mejor prueba de que solo el demonio podía estar detrás de estos desastres?
Lo que no sabía Santo Tomás es que los rayos se producen por la separación de cargas eléctricas dentro de las nubes (no cualquier nube, solo los célebres cumulonimbos). Allí chocan partículas de hielo y granizo, acumulando cargas positivas en la parte superior y negativas en la inferior. En cierto momento, la diferencia es tal que se libera energía en forma de electricidad... y no por los demonios.
Quien se encargó de demostrar que era una carga eléctrica fue Benjamín Franklin, y lo hizo durante una tormenta el 15 de junio de 1752. En la oportunidad elevó una cometa con estructura de metal atada a un hilo de seda que, en el otro extremo, tenía una llave de bronce.
Cuando la cometa recibía un rayo, el señor Benjamín acercaba la mano a la llave y saltaban chispas. Don Benjamín tomaba el recaudo de no tocarla porque, de haberlo hecho, hubiese terminado sus días chamuscado y así perdido a una persona muy valiosa.
A Franklin no solo le debemos los pararrayos (que desde entonces han evitado cientos de miles de muertes), sino también los anteojos bifocales, la creación de cuerpos de bomberos, la estufa que lleva su nombre, el descubrimiento de que los resfriados se contagian, que el color negro retiene el calor y el blanco lo repele, y hasta un instrumento para eliminar los cálculos del riñón (catéter urinario flexible), además de un reloj de precisión y el armónico de cristal.
Y cuando no estaba inventando, pensaba en mejoras en el diseño de los barcos u observando cómo nadaban los delfines (creó las aletas de natación), discutía con los demás congresales la redacción de la Constitución de los Estados Unidos o representaba a su país ante el rey de Francia y observaba los adelantos de la ciencia en Europa, que transmitiría minuciosamente a su país.
Sin embargo, no cobró patentes por sus inventos; creía que eran para el bien de la humanidad y no debía lucrar a su costa.
Sin embargo, y al igual que otros congresales norteamericanos como Washington y Jefferson, declarantes de que “todos los hombres son iguales”, era esclavista.
Su fortuna la logró como imprentero, ya que fue el primero en acuñar papel moneda, el dólar. En un homenaje que lo convertiría en el hombre más deseado del mundo, se estampó su rostro en el billete de 100 dólares.
No solo nos dejó objetos que nos recuerdan su gesta, también sus gestos adquieren valor simbólico. En su viaje a Europa, a esa Francia dominada por una aristocracia que lucía una indumentaria rebuscada, llena de puntillas y grandes pelucones blancos, Benjamín Franklin se paseaba vistiendo trajes de una simpleza ascética, transmitiendo un mensaje que iba más allá de la moda: una época estaba cambiando y con ella se dejaba de lado el brocado y el rebuscamiento.
Se abrían los tiempos de la burguesía, la nueva clase dominante que no necesitaba abolengo para mostrar su superioridad, simplemente su inteligencia.
El pararrayos mostró su eficiencia y muchos edificios lo adoptaron, el primero de ellos el Palacio del Louvre.
Sin embargo, las iglesias fueron las últimas en aceptar su utilidad. Recién a fines del siglo XIX dejaron de lado la teoría demoníaca y pusieron una estructura metálica que recuerda a este señor de edad remontando un barrilete, un 15 de junio tormentoso.
