SUPLEMENTO ANIVERSARIO. EL ENCANTO DE LA CLASE MEDIA

Barrio de ayer, hoy y ¿siempre?

"Clase mierda", nos ofendió el periodista de inconfundible voz cavernosa en uno de sus editoriales donde destilaba furia e "incomprensión" ante el triunfo electoral del diabólico "neoliberalismo".

¿No identificó al tan democrático y progresista autor del agravio? Va otra pista. Su primogénito, embriagado de esa genética y altruista preocupación por los pobres, sacó a pasear por la Panamericana a un humilde vigilador privado. El problema es que lo llevó incrustado en el parabrisas de su automóvil.

No es la única descalificación de las que somos objeto. Como el segundo hermano en un trío de hijos de cualquier matrimonio, estar en el medio parece condenarnos a recibir menos atención. Si hasta nos despojan de la categoría de "pueblo", reservada con exclusividad a quienes menos tienen y a esas "multitudes" que cada tanto, con motivos valederos pero también con consignas ridículas, copan la Plaza de Mayo.

Pero no podemos dedicar demasiado tiempo a lamentarnos por semejante destrato o a refutarlo. ¿Por qué? Simplemente porque todos los días tenemos que salir de nuestros barrios a trabajar, rogando que no nos toque la ruleta rusa de la inseguridad.

Sin custodia privada ni garitas de vigilancia, de manera paulatina pero sin pausa, fuimos cediendo espacio: perdimos las plazas donde jugábamos de chicos. Hoy, los niños solo pueden disfrutarlas en determinados horarios, puesto que cuando empieza a caer el sol se enciende el malandraje.

Entregamos la calle debido al incesante crecimiento del parque automotor y de motos. Tal boom vino acompañado de los pichones de Schumacher y Valentino Rossi a los que ni siquiera los craterísticos (permítaseme el neologismo) asfaltos los convencen de aminorar la velocidad. Luego resignamos la vereda, donde en el verano mateábamos en cuero, un "lujo" al que tuvimos que renunciar por la imperante "sensación de inseguridad".

Hasta que, como crónica de un final anunciado, debimos, literalmente, enjaularnos, colocando rejas en cada abertura de nuestras viviendas para defendernos de los malos que siguen ganando la batalla, sin que la clase política siquiera se sonroje. Paralelamente, fue creciendo en tamaño la mascota canina adoptada por cada hogar, al punto que no sería de extrañar que en algún momento, en un frente aparezca un "tierno tigrecito".

RECUERDOS

Hace más de 4 décadas que vivo en la misma zona de Morón, siempre de clase media. Gente de trabajo que gastó pares y pares de zapatos yendo a su empleo y, con esfuerzo, consiguió tener su casa. Y con todavía más esfuerzo, adquirir algún pequeño vehículo o dotarse de un aire acondicionado para no achicharrarse en el verano (y no intenten persuadirme que el calentamiento global es un invento).

A todos los vecinos se les conoce actividad, por supuesto lícita, y ninguno se aprovecha de la famosa "teta del estado" (los que se desempeñan en el sector público lo hacen a conciencia). Un retrato que puedo extender a esos pasajeros del Sarmiento con quienes, a la ida o a la vuelta, coincidimos en andenes de rostros cansados.

Ninguno de ellos transitó la política, por lo cual tampoco devino en millonario de la noche a la mañana. Ese suculento incremento patrimonial que sí es Magia, señora Cristina.

OTRAS FISONOMIAS

Nuestro "maracaná", una cancha de tierra para 9 jugadores en donde era muy difícil encontrar un tronco, cedió paso a una canchita de papy fútbol que además funciona como escuelita. Viendo los partidos, surge claramente que las pantallas, en sus diversas formas, están quitándole "plasticidad física" a nuestros niños, por decirlo de un modo no hiriente.

Otra fisonomía que ha cambiado es la inmobiliaria. Las viejas casas, a cuyos moradores la cruel cronología fue llevándose, se transformaron en varios dúplex por cada uno de esos terrenos. La metamorfosis hace que uno no termine de conocer completamente a todos los "forasteros".

La modificación trajo consigo la desaparición de los cuidados jardines que adornaban aquellas casonas, plagados de rosas multicolores, malvones y jazmines. Y con su extinción, comenzaron a "evaporarse" las abejas, casi confinadas a los cajones de uvas en las verdulerías, y a desteñirse las mariposas.

A pesar de los sablazos en los servicios, que con sangre sudor y lágrimas logramos pagar, porque la clase media se destaca por honrar sus deudas -legado de nuestros padres y abuelos inmigrantes-, continuamos sosteniendo el tan mentado consumo interno, comprando en supermercados, usufructuando las ofertas especiales, pero también en los comercios del barrio.

En este rubro se observa otra notoria mutación. Los almaceneros y verduleros argentinos acabaron siendo reemplazados por chinos y coreanos en el primer caso, y por los infatigables bolivianos en la venta de verduras, vegetales y frutas. Entre los autóctonos que se resisten a la "extranjerización" sobresalen los ferreteros. ¿Motivo? Creo que son los únicos capaces de comprender el desesperado pedido de clientes que buscan "el cosito ese redondo que va en el cañito ese finito que .....!. Ma, sí, lo atamos con alambre!.

CHANGAS

Cuando sobra algún pesito y el pasto asoma más de la cuenta en las "áreas verdes" del hogar, somos "dadores de changas" a aquellos que no se resignan a esperar que el Estado venga en su auxilio y salen a pelearla, no con una pistola en la cintura ni con una pancarta lista para desplegar en la 9 de julio, sino con una cortadora de césped a veces más grandes que sus frágiles cuerpos. Cortan pasto sí, pero les florece su dignidad. 

Esto sin contar a representantes de oficios cada vez más complicados de conseguir (los buenos, obvios), como plomeros, electricistas, gasistas, pintores y albañiles, tarea esta última acaparada por trabajadores paraguayos.