Balzac, la comedia humana que termina en tragedia
Honoré de Balzac decía que el amor es una historia eterna donde los hombres creen recibir un juguete y las mujeres creen entregar un tesoro.
Sin saberlo, se anticipó a las circunstancias que rodearon su muerte.
Lector entusiasta, pensador independiente, fue el hijo de un acomodado comerciante que lo hizo criar por una nodriza hasta que tuvo edad suficiente para ingresar a un internado. Allí su desempeño fue pésimo, lo que le ganaba castigos físicos propios de la época.
Por fin logró recibirse, pero se encontró con la obstinada frialdad de la madre. Esa fue una de sus épocas más oscuras, cuando por decisión propia quiso suicidarse. Por suerte, solo fue un intento fallido.
En 1816 ingresó a la Sorbona e hizo la carrera de notario, actividad que comenzó a ejercer en sociedad con un amigo de su padre.
Sin embargo, la monotonía del trabajo lo abrumaba; él quería ser escritor y un buen día anunció a su familia que estaba dispuesto a dejarlo todo para emprender la que era su verdadera vocación.
Sus padres pensaron que había enloquecido.
Se fue a París sin el apoyo de la familia y comenzó a desplegar lo que sería una de sus características más notables: una capacidad de trabajo extraordinaria, que creó la sospecha de que sus obras contaban con el apoyo de otras plumas corsarias... y quizás fue así hasta 1835, cuando escribió ‘Les Chouans’, una novela ambientada entre los monárquicos franceses en tiempos de la Revolución. Este libro, si bien no fue un éxito editorial rotundo, llamó la atención del mundillo literario.
Balzac se impuso la titánica tarea de crear una obra integral, donde a lo largo de 150 libros se desarrollan historias paralelas donde se cruzan personajes que aparecen en distintos relatos con sus características psicológicas particulares, que pretenden trazar un perfil sociológico de Francia. La llamó ‘La comedia humana’, como la obra de Dante, pero, a diferencia del poeta italiano, esta era una comedia profundamente humana, un relato realista de 5.000 personajes que viven, se aman, odian y finalmente mueren en esta obra.
¿Cómo podía llevar un registro de esos personajes que entraban y salían de sus novelas? ¿Cómo podía mantener el hilo de las personas que se cruzaban por su obra? Este es uno de los grandes misterios de la literatura.
Hoy se duda de que Shakespeare, una persona sin educación formal, haya concebido las tramas de sus 38 obras de teatro donde desfilan grandes personajes de la historia. ¿Cómo lo pudo hacer Balzac, que publicó 91 novelas y cinco obras de teatro?
Cada cual es libre de opinar, pero en mi caso me cautiva la idea de creer que los humanos somos capaces de tener esa enorme capacidad de creación que, en el caso de Balzac, pasó a llamarse realismo, arte basado en sus experiencias y conocimientos del alma humana.
A pesar de su capacidad de trabajo, tuvo pésimas aventuras financieras ligadas al mundo editorial que lo obligaron a tener deudas que lo apremiaban. Todo esto lo empujaba a sostener un forzado ritmo de trabajo: pasaba más de 15 horas trabajando, manteniéndose a fuerza de café negro.
El éxito literario llegó de la mano de ‘La piel de zapa’ o ‘La piel de chagrín’ (título que juega con la doble acepción de la palabra chagrin, que también significa “tristeza”), obra fantástica que mereció el elogio de Goethe. Fue esta novela la que llamó la atención de Evelina Hanska, una condesa polaca, casada con un noble ruso dueño de extensas propiedades en Ucrania. La primera carta que ella le envió alabando su obra estaba firmada como “La extranjera”, pero la redacción y las alabanzas llamaron la atención del escritor, que le escribió una carta apasionada. Así se estableció una relación epistolar entre la condesa y el escritor que culminó cuando finalmente se encontraron durante un viaje a Suiza del matrimonio, en 1833. De allí en más se volvieron a ver en cada uno de los viajes de los Hanska por Europa. Nuestro fogoso escritor logró intimar con la condesa. Aludiendo a la metáfora inicial, ella entregó su tesoro.
Vale aclarar que, a pesar de las varias amantes como Laure de Berny, que lo introdujo a la sociedad parisina, y Madame de Castries, sus opiniones sobre las relaciones conyugales volcadas en la ‘Fisiología del matrimonio’ (1829) reflejan las “pequeñas miserias de la vida en pareja”, que había evitado hasta que conoció a Evelina. A ella le dedicó largas cartas de amor durante 16 años. A ella le rogó casarse después de la muerte de su esposo, a lo largo de ocho años y, a pesar de las reticencias de Evelina y hasta la oposición del zar, finalmente la convenció de llevarla al altar en una boda consagrada en la finca de los Hanska, en Ucrania.
Sin embargo, el matrimonio duró poco, apenas cinco meses.
Balzac había llevado una vida de excesos: el sobrepeso (era un gourmet y un gourmand), su trabajo agotador y el exceso de café lo llevaron a una insuficiencia cardíaca.
El escritor estaba consciente de las consecuencias de su ritmo de vida, tenía sorprendentes conocimientos de medicina —que expuso a lo largo de su Comedia humana— y especialmente de farmacología, más específicamente de estimulantes naturales como el café.
Su salud se deterioró durante los primeros meses de matrimonio y decidió volver a París, a su mansión en las afueras de la ciudad.
Sus médicos trataron de mejorar sus dificultades respiratorias y el edema en la pierna que le ocasionaron una dermatitis por estasis.
Para evacuar este edema utilizaron un primitivo “tubo de Southey” con cierto éxito. Pero las sucesivas incisiones, sin respetar las condiciones de asepsia necesarias (y que entonces se desconocían), llevaron a una gangrena que terminó con la vida del escritor en apenas horas.
Durante su agonía fue visitado por su amigo Víctor Hugo.
Evelina se mostró fría e indiferente y, con la excusa de estar cansada, se retiró a sus aposentos.
La única presente al momento de la muerte de Balzac, el 18 de agosto de 1850, era la madre del escritor.
Años más tarde, Octave Mirbeau reveló que mientras Balzac agonizaba, Evelina estaba en una habitación vecina con su amante, el pintor Jean Gigoux, como éste le contó a Mirbeau en el taller de Rodin.
Mirbeau relató esta circunstancia en un libro llamado ‘La muerte de Balzac’, que fue retirado de la venta ya que la hija de Evelina inició un juicio por difamación. Mirbeau no tenía pruebas para demostrar lo que decía: los vértices de este triángulo amoroso estaban muertos.
El entierro de Balzac fue multitudinario y el principal orador fue Víctor Hugo, quien le dedicó una inolvidable oración fúnebre.
“El nombre de Balzac se mezclará con la luminosa traza de nuestros tiempos… Desenmascaró el vicio, diseccionó la pasión, buscó al hombre en su alma, su corazón, sus entrañas y su cerebro”.
“Balzac nos ha demostrado que el abismo de cada uno está en su interior. Este no es su final sino su principio, no es su extinción sino su eternidad. ¿Acaso esta tumba no es la demostración de su inmortalidad? En presencia de éste, nuestro ilustre, sentimos la divinidad del destino de esta inteligencia que atraviesa el mundo para purificar a aquello que llamamos humanidad”.
